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La nómada que soñaba con trabajar

Con la difícil situación laboral actual en nuestro país, muchos jóvenes tienen que ir cambiando su ubicación de residencia para poder acceder a ofertas de empleo e ir encadenando trabajos temporales para poder ganar algo de dinero. Su sueño: conseguir un empleo indefinido.

Javier Rojas
Javier Rojas
Periodista alicantino graduado por la UMH. Ha colaborado en otros medios como El Televisero o El Periódico de Villena. Ha sido director de gabinetes de prensa de organizaciones públicas como FAAVV Elche y ha trabajado como presentador del programa matutino de radio Despierta UMH. Su formación no cesa y actualmente se encuentra preinscrito en un máster sobre las Nuevas Tendencias en la Comunicación. Ha colaborado en otros medios nacionales como Radio Bost. Siempre dispuesto a crecer y a seguir aprendiendo.
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análisis

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Paula, de 24 años, nació en un pequeño pueblo de la provincia de Alicante. A sus 18 años recién cumplidos, y tras haber hecho la anteriormente conocida PAU, y sin expectativas de poder estudiar lo que ella había soñado, llenó en unos días una maleta con algo de ropa y mucha ilusión, cogió un vuelo y pisó de nuevo la tierra en Villerupt, una pequeña población al norte de Francia.

“Necesitaba ganar dinero y trabajar para poder estudiar”, afirma la protagonista. Y eso es lo que hizo. Como Au Pair (cuidadora de niños y del hogar), empezó a ingresar sus primeros ahorros y, además, pudo mejorar su nivel de francés. “Volví a España con el doble de dinero que tenía cuando me fui”, cuenta Paula, que asegura que la experiencia le permitió “conocer mundo y desarrollarme interiormente”.

Y del norte de Francia, al sur de España, concretamente a Granada. Se matriculó en Antropología y, tras cuatro años de estudios, encadenándolo con algún que otro trabajo temporal, tuvo que volver al pueblo, ya sin casi ahorros, y, de nuevo, con la esperanza truncada. “Pensé que no iba a ser capaz de tener un trabajo estable para garantizarme un futuro”, dice la alicantina.

Sin embargo, y aunque ella no pensaba tener que volver a cambiar de país por trabajo, lo tuvo que hacer. De nuevo al país galo, pero esta vez, al este, en los Alpes franceses, muy cerca de Mont Blanc. Una nueva oferta laboral le esperaba, esta vez, gracias al nivel de francés aprendido unos años antes.

Durante casi el año que estuvo trabajando como camarera de buffet, llegó la pandemia, y, afortunadamente, parecía que mantenía su puesto de trabajo. Sin embargo, los días se hacían largos en soledad. “Me empecé a acostumbrar a la tristeza de levantarme sin ver a mi familia, de estar sola y no saber cuándo y cómo iba a poder volver a España”.

Cuando la COVID-19 nos mostró su peor cara, Paula se quedó sin trabajo. El hotel en el que trabajaba cerró por no tener turistas a los que alojar en sus instalaciones. La joven volvía a España esperanzada por ver a su familia, pero triste, por tener que dejar, una vez más, un trabajo. Otra experiencia frustrada para poder construir un futuro.

Tras muchos meses de desesperación común por poder abandonar la pandemia, ya en enero de este año, Paula recibía una llamada: “Mañana empiezas a trabajar con nosotros como teleoperadora”. Su ilusión volvía claramente a sus ojos, achinados y humedecidos en lágrimas. Dos meses después de trabajar en el sur de la provincia de Alicante, el periodo de formación acababa y, por tanto, también lo hacía su contrato y el de otra treintena de jóvenes que habían firmado el mismo empleo.

Otra vez la poca esperanza, los miedos, y el temor por no saber cómo afrontar las deudas. Otra vez la sensación de no saber cuándo podrás firmar tu primer contrato indefinido, aquel que te deje ser y soñar. Pero ella no tiraba la toalla, lo seguía intentando, aunque la gran mayoría de respuestas rezaban lo mismo: “no encajas en nuestro perfil” o “actualmente no estamos realizando contrataciones”.

A finales de mayo recibía, a través de una recomendación, una oferta de empleo, en Palma de Mallorca, como camarera de hotel. “Están empezando a venir turistas y necesitamos gente joven como tú”. Aunque tenía que cambiar de lugar de residencia, lo hacía con gusto, pues era empleo, y “no se puede decir que no al trabajo en estos momentos”.

Y, actualmente, la vida de la alicantina que cambió cinco veces de casa y ciudad sigue en la isla balear. Quién sabe cuándo, quién sabe cuánto. Es algo a lo que, tristemente para algunos, tienen que hacer frente muchos jóvenes. Cambiar de residencia para poder tener un trabajo, no importa en qué provincia, ni en qué país, solo quieren ser contratados y, si es posible, con algo de estabilidad.

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