Los primeros escritos que llegaron a mis manos fueron en forma de versos. Había escuchado hablar muchas veces de él, porque en las ciudades pequeñas, como esta, eso es fácil, y más si eres conocido, y él, como poeta, ya lo era. Me lo recomendaron y como buena lectora hice caso a la recomendación descubriendo el porqué de la musicalidad de las palabras, el cómo vuelan, el cómo se cuelan, mientras se leen, hacia el interior de uno mismo para, casi al lado del alma, remover todo y hacerte sentir. Versos tan hermosos como tristes, llenos de fuerza y sensibilidad, como los que recogió en el poemario Calendario de Sombras que publicó Visor, en un año que no recuerdo o que quizá prefiero dejarlo ahí, reposando en mi memoria, tras más de una década, mientras sí recupero algunos de sus versos: Las sombras, otro modo/distinto y oscuro de llamar a las ausencias/otra manera de ir coleccionando,/serenamente, a solas, las heridas.

Sombras, ausencias, heridas…Y llegaron otros libros, más poemas, artículos, proyectos, nuevas recomendaciones…Y también pasaron los años, hasta que el destino, o esas casualidades que no existen, hizo que coincidiéramos en la presentación de otro libro, Cántiga, coordinado por la también poeta Nieves Fernández, cuyo esfuerzo, trabajo y desvelos, serán recompensados, antes de que acabe este mes lluvioso, en la Casa de Castilla-La Mancha en Madrid. Más versos al aire llenos de emoción en aquel acto, y un acercamiento que buscaba protección para ocultar cierta timidez. Y de ese encuentro nació otro que hablaba de cariño, de admiración hacia el también poeta Valentín Arteaga, maestro y amigo al que tanto debo, por su apoyo, por su bondad. Y en esta ocasión, mis manos se llenaron de su prosa, una prosa poética maravillosa que nos lleva Más allá de la llanura, por estos paisajes manchegos impresionantes que funden tierra y cielo, que embrujan, que enamoran. No creo que exista una sola persona que al leer este libro de viajes no haya deseado recorrer esos caminos por donde este escritor nos lleva.

Hablo de Pedro A. González Moreno, con quien me reencuentro una vez más a través de la lectura. En esta ocasión, con su novela La mujer de la escalera, publicada por Siruela y tras recibir el Premio Café Gijón. Confieso que aún no la he terminado, pero me queda poco para llegar al final de una historia que comienza con dos muertes y que está llena de intriga y emociones que te trasportan al mundo de la universidad, del teatro, de la literatura, de los libros antiguos, de las ambiciones, de la búsqueda, de los amores y desamores, de una guerra y de sus recuerdos, incluso bellos, que durante una vida, se pueden guardar, de ambiciones, de sueños rotos, de reencuentros, de hermosos lugares como El Escorial o Sigüenza… Podría decir muchas cosas de La mujer de la escalera pero solo diré que es mucho más que una novela policíaca y que ustedes me darán la razón cuando la lean.

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