¡Oh, Muerte, venerable capitana, ya es tiempo! ¡Levemos el ancla! Esta tierra nos hastía, ¡oh, Muerte! ¡Aparejemos!

¡Si el cielo y la mar están negros como la tinta,

Nuestros corazones, a los que tú conoces, están radiantes!

¡Viértenos tu veneno para que nos reconforte!

Este fuego tanto nos abraza el cerebro, que queremos

Sumergirnos en el fondo del abismo, Infierno o Cielo, ¿qué importa? ¡Hasta el fondo de lo Desconocido, para encontrar lo nuevo! (Baudelaire, C. “Las flores del mal”. Cap. El viaje. VIII. 1859).

Tener la irrefrenable necesidad existencial de escaparle a las estructuras, debe ser una de las peores condenas espirituales esparcidas en los nodos vasculares de la humanidad. Sentir la disciplina de un orden escolar, laboral, o de las reglas de juego, dictadas o sostenidas por supuestas mayorías, sean estas en el ámbito de lo religioso, de lo ocioso, de lo cultural, de lo recreativo, o de lo que rayos fuere, como si se tratase de un taladro, que nos perfora, que nos veja, que nos sodomiza en cualquiera de nuestras sensibles partes, debe constituirse sin duda alguna en una de las más grandes calamidades que nos pueda haber tocado, en lo que sin ambages se convertirá en un espantoso calvario que concluirá cuando se extinga la finitud a la que estamos sometidos.

No hay respuestas, claro, no debería haber palabras tampoco. Ni logos disuelto ni poético. Ni olvidos de ser, ni tampoco el olvido democrático, de pretensiones vanas de que el hombre, puede ser todos los hombres en diferentes planos y tiempo.

Las líneas basales que sostienen la estructura, mediante la cual funciona nuestro pensamiento y de allí, la reproducción en la arena social, o colectiva, es ni más ni menos que la demostración más contundente y efectiva de que somos tan ajenos a nuestra propia humanidad que hemos inventado la muerte.

Somos la única especie que posee conciencia de esto mismo, y negamos que esto sea un disvalor, proponiéndolo como un valor. Es decir, todas las teorías o la mayoría de ellas, sostienen que conocer de nuestra finitud, es signo de algo bueno, llámese evolución, pensamiento abstracto, sensibilidad religiosa, reconocimiento de nuestros límites o lo que fuere.

Sin embargo, la muerte no es tal. La muerte sucede porque no somos capaces de aceptar hasta qué punto podemos ir más allá de los que nos imponemos nosotros mismos. La muerte es la comprobación de que no superamos el complejo de castración.

Nos creemos con derecho a la angustia existencial por descubrir que morimos, que alguna bendita vez, esta experiencia, fatua en su cabal sentido, acaba, así como comenzó, sin más a los únicos efectos que mediante esa supuesta aceptación, que en verdad nunca es tal, no reconozcamos límite alguno, preciso y taxativo que transidos nos impelen y demandan que armonicemos nuestro ser individual con la comunidad de la que necesaria como obligadamente somos parte y que sin embargo, tozudamente, no queremos escuchar ni mucho menos atender.

Este fallo, esta variación, este accidente, que se produce de tanto en tanto, no tiene otra finalidad que no sea la de ser rechazada, con abjuraciones, para sostenernos en la imbecilidad de lo humano.

Creemos, sin otra argumentación que la intuición de la que nada se sostiene, que como tantas culturas en diversas partes y momentos de la tierra (que hicieron cumplir como regla escrita o no escrita un precepto de tal magnitud y naturaleza), el humano per se, no debe aspirar a vivir más de una determinada cantidad de años expresa y expresada a tales efectos. 

Pretender y actuar en consecuencia, es decir vivir más allá de este límite fijado, como cualquier otro que implique incluso otro rango de edad o de exclusión (es decir no promover ni instar a que nadie muera o cese después de cierta, edad, sino que el estado del que forma parte no lo siga sosteniendo como hasta entonces, o que en su defecto pague una suerte de impuesto por la pretensión egoísta) no es más ni menos que atentar contra la única posibilidad real de tener un mundo mejor, real y posible.

La cantidad inusitada de argumentos para sostener con palmaria obviedad que si no tomamos conciencia que el fijarnos un límite semejante para vivir, social y grupalmente, en consonancia con nuestra razón de ser humanos, es de carácter imprescindible y urgente, no tiene límite ni parangón, ante el rechazo que generará, como sostuvimos, por nuestra propia incapacidad de reconocernos en nuestras limitaciones que percuden precisamente o que hacen imposible que seamos realmente humanos o con sentido colectivo o solidario.

La muerte es un fenómeno colectivo no solamente una costumbre individual. 

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