El escritor mexicano Eduardo Ruiz Sosa. Foto: Kala Madriz.

“Eliécer

cuántos de los tuyos murieron en la vaguada

cuántos arrastrados por las aguas

fueron a dar en cuerpo y alma

contra las rocas del juicio final”

José Barroeta

 

Una interpelación directa: “Cuántos de los tuyos murieron”. Una respuesta aséptica: “Todos han muerto”. A partir de entonces, la convicción reiterada: Nadie nos queda. El escritor mexicano Eduardo Ruiz Sosa propone una nueva obra: Cuántos de los tuyos han muerto. Un libro cuyo título es la unión de dos versos del poeta venezolano Pepe Barroeta; el resultado de un impulso que, ante la primera mirada, acerca a una suerte de conteo: la cantidad de muertos que llevamos a cuestas, pero es mucho más que eso.

Conversamos con él a propósito de su participación en La Cháchara, el próximo 4 de noviembre, en los espacios de Casa Amèrica Catalunya, donde hablará sobre muerte, identidad y aculturación, junto a Cristina Falcón (Venezuela) y Sergio Galarza (Perú), una iniciativa de Transeúnte, Candaya, Casa Amèrica Catalunya y Diplocat.

Eduardo Ruiz Sosa expresa que la intención es que el lector se involucre con la idea de que estos cuentos no tratan de “sus muertos”, sino de la comunidad que en concreto se produce en torno a la muerte, como el suceso que cualquiera atraviesa en un momento determinado. Historias en las que no mueren nada más personas, también ideales y épocas. Cuerpos, seres, objetos y conciencias, perdidos a lo largo del tiempo.

“Siempre son demasiados para contarlos”, advierte. “Cuando hablamos de la muerte de cosas abstractas, la consideramos necesaria, como parte del proceso cíclico de maduración, de crecimiento, de cambio de piel; como una serie de circunstancias que van transformando al individuo. Es diferente si estamos ante la muerte de alguien; deja de ser un fenómeno sin forma o un evento abstracto que no se puede aprehender”.

El inesperado —e inexplicable— fallecimiento de su madre fue el disparador de Cuántos de los tuyos han muerto. Durante los dos meses que Eduardo Ruiz Sosa escribió estos relatos —unos en Cualiacán, otros en Barcelona— experimentó esa agitación cardiopulmonar que desata el pulso de su prosa, una sensación que conoce muy bien. Los días transcurrían en una terraza donde hacía mucho calor. El cuerpo sudado, el ritmo cardíaco y la respiración descontroladas, permitieron que las imágenes y las voces de los personajes se encadenaran. “Si no aparece ese ritmo, esa respiración, no puedo seguir escribiendo”.

“Las madres que esperan a sus hijas en Ciudad Juárez o las familias que buscan en fosas comunes pierden su propia vida, porque son arrastradas a la desaparición de una manera colectiva”

 

Estos cuentos hablan de ausencia, desaparición, quietud. Escribiste para acotar el acontecimiento de la muerte…

Toda obra de arte tiene una intención de darle cuerpo a lo intangible: una emoción, una idea, para que sea aprehensible. El acontecimiento es una cosa definida, ocurre en un determinado momento y determinado lugar. Lo que hacemos con el arte, con la literatura, es dibujarlo, ponerle límites y fronteras, porque de otra manera, su peso y su paso, que son continuos, no los podemos soportar, comprender, digerir. Por tanto, ponerle una acotación nos permite aproximarnos a ellos, no fríamente, porque no creo que eso sea posible, pero sí reaccionar y enfrentarlos de una forma menos grave para convertirlos en algo palpable.

 

Es decir, en una historia…

Sí, porque la muerte o el amor o la alegría o la bondad son intratables como fenómenos; nos vemos arrojados a ellos a través de un inicio-desarrollo-fin, que más que eso es persona-espacio-tiempo. Esa idea determinará las reacciones o maneras de enfrentar los hechos. No es lo mismo la muerte en México que en España, no es igual ahora en México que hace cien años. Esos son para mí los puntos cardinales: el qué, el quién, el cuándo y el dónde, las mismas direcciones que uno puede encontrar en la tragedia griega, en Shakespeare, en Cervantes o en cualquier texto narrativo.

 

¿Crees que la muerte —y escribir sobre ella— acerca a los otros?

La muerte, como un acto que se comparte en comunidad, viene de mi infancia. Cuando era pequeño, mientras mis padres trabajaban y mi hermana mayor iba a la escuela, mi bisabuela era quien me cuidaba. Pasaba todo el día junto a ella hasta que se hacía de noche, me quedaba dormido y mis padres me recogían para llevarme a casa. Lo mismo sucedía una y otra vez. Por eso no tengo recuerdos de mis padres hasta que ella muere. Para mí, la familia nace cuando mi bisabuela fallece. Creo que en torno a la muerte los otros se hacen presentes. Esa conciencia viene de un hecho concreto y comienza el proceso de hacer resistencia colectiva, ante la certeza de: un día le tocará a cualquiera de nosotros.

“Toda obra de arte tiene una intención de darle cuerpo a lo intangible: una emoción, una idea, para que sea aprehensible”

 

Es el acontecimiento que, por excelencia, nos marca e incluso nos une.

Diría que más que el nacimiento, porque se produce un quiebre o un ajuste de una nueva la línea de tiempo, porque ante la muerte somos testigos. Quizás es la razón de que cuando los padres padecen la muerte de los hijos, el modo de entenderlo es más complejo. Hay una suspensión del tiempo que se asume natural: que los progenitores mueren antes. En ese sentido surge una ruptura, una dificultad para entender el orden de las cosas. Empieza la ausencia de motivos, de intereses. La muerte es el único momento del ser humano en el que su sitio es inocupable por alguien más. Nadie va a morir en nuestro lugar.

 

¿Y qué pasa con los que se quedan? ¿No se marchan con los que mueren?

Una persona que busca un desaparecido en México prácticamente también desaparece de su vida cotidiana, de sus vínculos familiares. Las madres que esperan a sus hijas en Ciudad Juárez o las familias que buscan en fosas comunes pierden su propia vida, porque son arrastradas a la desaparición de una manera colectiva. Eso es en realidad un producto directo de la injusticia social que hay no solo en México sino en otros países. Las fosas de la Guerra Civil española, las dictaduras latinoamericanas, el estado actual del Apartheid. En ese sentido sí. En términos generales, es cuestión de pensar en casos concretos: Hay gente a la que le da exactamente lo mismo, esto depende de un grado de empatía, de relación, de vínculos, de establecer lazos, que uno puede hacer —o no— con los demás.

 

Para ti no es indiferente. Después de fallecer tu madre, inició la gestación de este libro, desde el arrebato, porque era necesario…

La necesidad era justamente escribir. Supongo que habrá a quien le da por reír a carcajadas, golpear gente, llorar, encerrarse, beber o no beber. A mí me dio por escribir, que además es lo que hago habitualmente. Lo que ocurrió es que luego de los dos primeros cuentos, algo se ordenó estructuralmente en cuestión de ideas y de percepción, permitiendo que los siguientes textos salieran. Aunque ese momento de escritura fue un arrebato, también fue una pausa, una suspensión en el tiempo. El aislamiento que quizás necesitaba. Esa pequeña burbuja para establecerme, para tranquilizar mi situación.

 

Luego, a pesar de que la muerte arraiga, regresaste a España. ¿A qué órdenes habituales has tenido que renunciar al haber emigrado?

Cierta perspectiva vital se establece cuando uno nace y crece en un sitio, se espera un determinado proyecto de futuro. Lo que la migración hace es que uno empieza de cero, pero nunca es así porque hay una carga pesada a cuestas y una manera de entender el mundo que choca con el nuevo destino, generando una grieta, una brecha. Me pasó cuando vine la primera vez y en el regreso lo mismo: porque se pierde el contacto y la linealidad, toda vinculación natural con ese orden. Es como si constantemente hubiese que comenzar. Pero creo que, en cierto modo, esa movilidad o esa versatilidad es para mí, al menos en términos vitales, necesaria para no acomodarme. Desde mi perspectiva la escritura es una cosa de resistencia, una cuestión de oponerse justamente a la calma, a la comodidad.

 

En ese ejercicio de resistencia, despojas a la muerte de épica…

La cosa más simple: se muere alguien y se convierte en un ángel, así haya sido un tirano, como si la muerte lo perdonara todo. Yo no creo que sea la expiación de los pecados. Creo que es una especie de autoengaño pretender que la épica reconstruya la vida de los muertos. Más bien, a partir de ellos, estoy inventando la mía. Al no dotar de épica la muerte, nadie se convierte en héroe, ni en villano, tampoco se redime. La épica de la muerte es la historia que necesitamos contar para poder reinventar la propia.

 

¿Cómo la reinventas?

Dándole sitio a personajes que siempre estuvieron apartados, porque era bastante bruto para darme cuenta de que ellos debían tener un lugar especial en esa épica que yo requiero, en esa historia que yo construyo para seguirlos necesitando.

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