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La muerte de un amigo

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He leído una esquela en El País relativa al fallecimiento de Pablo Méndez, médico. Tenía noventa y dos años, era viudo y le sobreviven tres hijas, diez nietos y varios bisnietos.

Conocí a Pablo el lunes, tres de octubre de mil novecientos cuarenta y nueve, en la secretaría de la Facultad de Medicina de San Carlos en la Calle de Atocha, a ciento cincuenta metros de la Plaza de Carlos V. Era el último día de matrícula y me inscribí en el primer curso, cuarenta y ocho horas después de mi llegada a Madrid.

Ambos éramos miembros de familias de clase media.

Compartimos buenos ratos en aquellos tiempos en que había racionamiento y restricciones de agua y había que tomar clases de religión en los tres primeros años de la carrera. Sufrimos un profesor de moral o ética médica, sacerdote jesuita, el padre P.

El doctor M, catedrático de bacteriología y parasitología, antes de empezar su clase a las doce en punto, nos mantenía a todos los alumnos en pie y teníamos que acompañarlo en el rezo del ángelus, santiguarnos y seguirlo con un padrenuestro, tres avemarías y un gloria Patri, todo en voz alta.

El profesor de bioquímica, el doctor C, muy germanófilo él, se pasó todo el año hablando de la molécula del ciclopentanoperhidrofenantreno.

Teníamos la asignatura de educación física en cada uno de los tres primeros años, clases a las que nadie asistía, pero debíamos enfrentar un examen final en una mañana de mayo o primeros días de junio. Este consistía en correr el redondel de atletismo en la Ciudad Universitaria, con un esfuerzo cronometrado en los últimos cien metros, al final de los cuales casi todos vomitábamos el desayuno. Pablo era el único que no vomitaba; a veces seguía corriendo y daba dos o más vueltas al circuito.

Me eché novia a los treinta días de llegar a Madrid y me casé a mis veintidós años, siendo estudiante, a comienzos del tercer año de mis estudios. Pablo fue mi padrino de boda. También fue padrino de mi primer hijo.

Adelanté a mis compañeros matriculándome como estudiante libre y logré terminar la carrera en un año menos.

Pablo fue como uno más en mi familia, esto es: como un hermano mayor.

De regreso a Puerto Rico, seguimos nuestra amistad por correo. Pablo nos escribía y nos daba a saber sobre sus avances profesionales, el desarrollo de su familia y nos mantenía informados de nuestro querido Madrid.

Cumplí el contrato con el gobierno de Puerto Rico que consistía en trabajar para el gobierno de la isla el mismo número de años que fui becado.

No lo volvimos a ver, aunque sí intercambiábamos felicitaciones de Navidad y de vez en cuando nos escribía dándonos noticias sobre su familia y su desarrollo profesional. También, esporádicamente, nos informaba sobre España en general, especialmente sobre Madrid, ciudad que bien sabía él yo tanto amaba y añoraba. Esta comunicación postal fue disminuyendo gradualmente y desde hace quince o veinte años no volvimos a intercambiarnos más cartas o llamadas.

Al leer esta mañana su esquela mortuoria, me ha dado una pena profunda. He sentido un nudo en mi garganta, opresión en el pecho y he llorado. Siento mucho la muerte de mi amigo.

Deseo que seas feliz en el cielo, Pablo.

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