Es prácticamente imposible que se recupere: Sebastian Vettel. Han sido dos puñaladas brutales, y en heridas que ya estaban abiertas y salvajemente supuraban.

Con lo bien que salió en Bahrein. Y mira que lo tenía difícil: el maldito niñato, su brillante y jovencísimo compañero: Charles Leclerc, le había humillado sin piedad ni pausa en los entrenamientos; para a continuación crucificarlo en la clasificación. Crucificarlo.

“Ambos tenemos el mejor coche, Sebastian. Pero hay uno de nosotros que es mejor piloto que el otro”.

¿Uno mejor que otro? El mejor es él, Sebastian Vettel, tiene que ser él. Es el poleman más joven de la historia. Tiene cuatro títulos mundiales. Ganó su primer Gran Premio con un coche de segunda.

“El mejor soy yo, niñato. Y te lo voy a demostrar en la salida”

Y en efecto, Vettel le demuestra en la salida a Leclerc quien es el mejor piloto, quien es el más grande. Se callan todas las bocas, las cada vez más numerosas bocas que lo criticaban escupiendo mala baba. ¡Qué pedazo de salida! Se cayó el mundo y se calló el mundo. Estábamos todos equivocados: Vettel es un superpiloto de raza y este año es perfectamente capaz de meterse el mundial en el bolsillo.

¿Qué pasó luego? ¿Dónde estaba ese Vettel grande como un dios de la salida?

No estaba. Ya no estaba. Desapareció de la imprescindible realidad mágica cuando Charles Leclerc, apenas habían pasado un par de vueltas, le recuperó el segundo que le sacaba de ventaja, y a continuación le adelantó como si su coche fuera un Williams.

-¡A mí! ¡Me ha adelantado a mí! ¿Cómo se atreve? Pero ¿cómo lo ha hecho?

No lo entiende, no puede entenderlo, y ese querer entenderlo sin conseguirlo es lo que le saca de la magia; de la magia y de la vida. Porque si no puede achacarlo a nada significa que el segundo piloto de Ferrari, es mejor que el primero. Que Sebastian Vettel ya no es la estrella del firmamento rojo.

Cómo duele la primera puñalada.

Pero aún queda la segunda. La segunda puñalada. Van a volver a adelantarlo. El mil veces maldito mulato. Pero no. No lo va a consentir. No lo va a consentir de ninguna forma ni manera. Antes se mata.

Y en efecto se mata. Sebastian Vettel se mata. Y si alguien lo duda que mire el plano de la carrera en el que su alerón estalla. ¡Estalla! No recuerdo haber visto en mi vida nada igual en la F1. Estalla el alerón porque quien ha estallado por dentro es Vettel. Ya nada queda en él: sólo miedo, desasosiego infinito ante el terrible futuro que le aguarda.

Tigre tigre.

 

Sebastian Vettel: a-te-rro-ri-za-di-to

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