La noche es lluviosa y oscura, hace frío y para llegar hasta el coche ha tenido que protegerse la cabeza con un trozo de cartón.

-Pon la radio a ver.

Su marido no se da cuenta de nada, piensa que la vida sigue su curso como de costumbre, que el planeta tierra gira del mismo modo previsible y exacto de cualquier otro día.

-No puede ser.

-¿Qué te pasa?

Hay una tristeza infinita en los ojos zarcos, dos pequeños oasis contraídos y asustados como si el desierto se hubiera lanzado sobre ellos dispuesto a robarles hasta la última gota de agua.

-Qué cerdos.

¿Cerdos? ¿Quienes son los cerdos?

-Mi emisora..

Señala la lista de las radios en la pequeña pantalla que corona el salpicadero del Audi A1.

-¿Qué le pasa a tu emisora?

-No está.

¿Cómo va a desaparecer una emisora, qué estupidez! Pero sí. La cadena favorita de Dulce, su mujer, ha desaparecido. Ha muerto. La han borrado del mapa, su lugar en el dial lo ocupa RadioHorteraEnInviernoyPrimavera.

-Llevaba años escuchándola.

-Tal vez haya que sintonizarla de alguna otra manera.

-No… ya me ha pasado esta mañana en la radio de casa, pero no me lo podía creer. La han borrado del mapa.

La han matado, piensa León imaginando a Emeochenta como algo vivo, quizá no con ojos y oídos pero sí con corazón. Su mujer es una enamorada de la radio, encontrará otra emisora que le guste, que se convierta en su favorita, pero no esta noche. Esta noche se siente como si el mundo hubiera asesinado, aniquilado por puro capricho, a un amigo, al bueno de Emeochenta, que tanta compañía la ha hecho a lo largo de su vida en muchísimos momentos, algunos de gran soledad y desazón: nada de lo que él le diga su marido, ni siquiera envolviéndolo en el azúcar de un cuento, podrá exorcizar su desolación.

(Sucedió una noche, en el Audi de Dulce, mi mujer. Íbamos al Canoe a nadar, como es nuestra costumbre, cuando me ha hecho notar que la emisora, su emisora, ya no estaba. Y era tan hermosa su mirada de niña pequeña perdida en mitad de la obscuridad, conmigo como única compañía e interlocutor, que no tuve más remedio que escribirle un relato; aunque quizá habría sido más oportuna una canción:

 Como un disparo
hecho con silenciador
que le atravesara la frente
rompiera su corazón
cae Emeochenta
y antes de llegar al suelo
lo borra de la vida el dios:
 
Ya nunca cantarás
ni a la alegría ni al amor.
No eres rentable
tienes nombre de robot
A nadie le importas
al menos a nosotros no
queremos beneficios
no calidad ni ilusión
 
Muere Emeochenta
nadie te va a decir adiós
apenas se darán cuenta
de tu desaparición
no habrá ceremonias
ni lágrimas
nadie te escribirá una canción
nadie dirá tu nombre en voz alta
Emeochenta Emeochenta
sólo yo
tan sólo yo
te voy a cantar
y quizá una sola vez
esta canción de adiós
de adiós
Emeochenta
pequeño dios
adiós.)
EXTRAIDO DEL DIARIO DE LEÓN SALGADO, EL CAZADOR DE CUENTOS
 

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