Pablo Casado y Santiago Abascal ya manipulan la figura del rey a su antojo, como una de esas siluetas recortables a tamaño real que se exponen a las puertas de un centro comercial para captar clientes. A fuerza de llevar el personaje de espuma o cartón pluma de acá para allá, han terminado por devaluar la triste figura de Felipe VI, aunque tampoco es que el monarca se haya resistido demasiado a ser secuestrado por la extrema derecha. Su llamada telefónica a Carlos Lesmes de la pasada semana para comunicarle que le hubiese gustado asistir a la entrega de despachos a los nuevos jueces en Barcelona fue un gran error, si bien es cierto que nada es casual y quizá el monarca pretendía precisamente eso: hacerse notar. Al telefonear a Lesmes y mostrarle su gratitud, se puso indefectiblemente de lado del sector más conservador de la judicatura, lo cual es tanto como alinearse con el PP y Vox

Mal negocio cuando un rey se mete en política, como demuestra la historia de España en repetidas ocasiones. Cuando Fernando VII regresó tras la guerra contra el francés no se le ocurrió una idea peor que pisotear la Constitución de Cádiz, dando la espalda a los liberales y gobernando solo para los monárquicos en lo que fue la trágica inauguración de eso que llamamos “las dos Españas”. Aquel disparate convirtió nuestro siglo XIX en un sangriento e interminable western ibérico con pistoleros, trabucaires y matones entrando en el saloon del Parlamento a todas horas. Ya en el siglo XX, Alfonso XIII cometió otro enorme dislate, como fue tragar con el golpe de Estado de Primo de Rivera, un Franco anticipado que dio lugar a la instauración del nefasto Directorio militar. El gran acierto de Juan Carlos I, el denostado emérito que se ha ganado a pulso su propia desgracia, fue mantenerse alejado de las peleas de gallos de los políticos de uno y otro bando. Y así, fiel a su papel de garante y moderador de la democracia, la monarquía consiguió dar el pego a los españoles durante más de cuarenta años.

Es evidente que Felipe VI no está bien asesorado. Sin duda, le falta un Sabino Fernández a su lado que le afee las amistades peligrosas, que le pare los pies cuando le entra un calentón contra el Gobierno rojo y que le marque la senda correcta. Sabino es que fue el copón, el auténtico rey de España en la sombra en los años más difíciles de la Transición. Hoy se echa de menos un Sabino que le diga a Abascal eso de “el rey no está ni se le espera” y de esa ausencia, de esa orfandad del gran hombre y auténtico líder moral, provienen la mayoría de los males que aquejan a la Casa Real.

La última sesión de control en el Congreso de los Diputados ha puesto de manifiesto que Felipe VI se ha convertido en un motivo de disputa política entre las derechas y las izquierdas, algo que no había sucedido de forma tan descarnada en cuatro décadas de democracia. El líder del Partido Popular, Pablo Casado, ha llamado “desleal” a Pedro Sánchez por no impedir los “ataques” contra el rey de sus ministros podemitas y el presidente del Gobierno se ha defendido acusándole de “inventarse amenazas ficticias”. Ha sido entonces cuando ha lanzado contra la bancada popular un vaticinio que Casado debería tener muy en cuenta: “Vaya usted con cuidado en la defensa del rey porque antes ustedes se erigieron en los supuestos defensores de la unidad de España frente al independentismo catalán y ya ve cómo acabamos, señoría”. Touché.

Sin embargo, Casado es hombre tozudo que nunca da su brazo a torcer, ha visto el filón en la patrimonialización de la figura del monarca y ya piensa en nombrar a Felipe VI presidente de honor del PP, colocando su retrato junto al de Manuel Fraga Iribarne y consumando de esta manera la identificación entre el país y el partido, entre el Estado y la ideología tradicionalista y ultraconservadora, que es adonde pretende llegar Casado en una nueva reedición de aquella España una, grande y libre del franquismo. Por eso le dice al presidente del Gobierno eso de “usted prometió guardar y hacer guardar la Constitución con lealtad al rey pero una vez más mintió”. Por eso le ataca con el manido pretexto de que es un felón y un traidor a la patria: “Usted lleva dos años siendo desleal al tolerar los ataques al jefe del Estado”, espeta el líder de la oposición.

La idea de España que tiene Casado es sectaria, estrecha y refractaria a todo lo que huela a pluralismo y a democracia. De ahí que haya soltado otra frase para los anales del Congreso, esa estupidez de que la monarquía lleva garantizando la continuidad histórica del país desde hace cinco siglos, como si estuviéramos todavía en los tiempos de los Reyes Católicos o como si en 500 años no hubiera habido varias guerras carlistas, unas cuantas revoluciones liberales reprimidas, un rosario de pronunciamientos militares, una contienda civil y cuatro décadas de democracia liberal con alternancia en el poder entre las derechas y las izquierdas, otro intento fallido que ha terminado con el rey exiliado en el desierto árabe y un país en decadencia.

A Casado le hacen falta unas cuantas clases de historia para superar esa nostalgia de país que nunca fue y esa pueril idea que va pregonando por ahí de que nuestra nación es una historia de éxito gracias a la gloriosa monarquía borbónica cuando es precisamente todo lo contrario. España es un proyecto siempre a medias, un dolor incurable, la crónica secular de un descalabro tras otro. Casado ha hecho la carrera política demasiado deprisa y corriendo para llegar cuanto antes a la Moncloa y entre atajos universitarios y másteres de todo a cien se ha olvidado de reflexionar orteguianamente sobre la patria, que debería ser la primera misión de todo estadista. Esa carencia de libros e hispanistas, esa educación escolástica de internado benedictino, es la que le lleva a dejar sentencias sonrojantes, desaciertos históricos y despropósitos intelectuales como que los españoles eligieron democráticamente la monarquía como forma política del Estado mientras a Pablo Iglesias y a Alberto Garzón no los votó nadie. Ahí es donde aparece el Casado más iletrado políticamente y menos cultivado en la cultura democrática. Cuando un candidato al poder niega la legitimidad de los pactos poselectorales (en este caso entre PSOE y Podemos que dieron lugar al Gobierno de coalición) y los presenta como una estafa al pueblo, es que no entiende de qué va esto de la democracia. Mientras tanto, e incurriendo en constantes contradicciones, es capaz de acusar al Gobierno de “rebelde constitucional” mientras es él mismo quien bloquea la renovación del Poder Judicial, colapsando el sistema y dando muestras de un peligroso golpismo institucional. Pero Casado, que es en sí mismo una gran hipérbole, sigue a lo suyo, a sus cuatro frases populistas y a sus cuatro ideas demagógico-simplonas para calar en las masas. Puede que esa concepción banal de la política y esa idea de buenos y malos españoles, de héroes y villanos, de monárquicos y pérfidos republicanos, le dé para engañar a una parte del pueblo algún día (difícil por lo que dicen las encuestas). Pero el rompecabezas irresoluble de España seguirá sin ser resuelto. 

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