miércoles, 23junio, 2021
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La mirada y el conocimiento

José Repiso Moyano
Escritor español de larguísima trayectoria nacido en Cuevas de San Marcos, Provincia de Málaga, que ha publicado miles de obras en 50 años (literarias, de conocimiento,etc), y ha obtenido premios y reconocimientos por su participación en concursos, periódicos, revistas, recitales, programas de radio, acciones humanitarias y eventos literarios en todo el Mundo.
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análisis

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Un conocimiento no depende de una mirada de derivación o de doctrina social (lo que no existe en los seres vivos), sino de que exista primordialmente aquello hacia donde va la mirada. En el ser humano, concretemos, el concepto de «mirada» lleva siempre consigo «interés» (por demandas sociales) y, este «interés», tiene que asegurarse de que se corresponde algo a la realidad (y así debería ser por responsabilidad puesto que, luego, se informa a los demás).

Bueno, una vez que cualquier «mirada humana» se percata de una existencia (un algo, un hecho), y que la puede evidenciar la racionalidad fundamentalmente con y por leyes físicas, entonces, en ese proceso de aprehensión «se distingue» (se contiene mentalmente) a tal existencia: se le buscan sus diferencias, detalles y capacidades muy «propias». Pero no precisamente eso es el atribuirle solo «matices» o singularidades despegadas de la realidad (que equivale a dejarla sentenciada individualmente o subjetivamente), sino más bien es: un detectarle propiedades o «virtudes» o «caracteres» de acción o de condicionalidad propia, que ya equivale a… comprobarla, a verificarla, a reconocerla, a confirmarla con su condición propia, sí, con un contraste propio, con su diferencia, esto es, en un contexto real.

Pero analicemos la «mirada humana» más o menos subjetiva: 

Cuando una persona mira un cuadro, en realidad, ahí lo menos que ella hace es mirar puesto que, tan pronto como mira o incluso antes del acto de mirar (en cuanto que ella «ha ido a encontrar» un cuadro o al ambiente donde puede encontrarlo y en cuanto que el conocimiento busca realidad), ya sabe que hay allí un cuadro, ya sabe lo mínimo necesario de cómo se pinta un cuadro, ya sabe de algunos modelos o estilos de estética, ya recuerda o evoca o se “instala” en unas emociones en concreto a la primera impresión que le ofrece el cuadro, ya imagina su autor conforme a la atención que ha mostrado por aspectos de la realidad, o sea, en definitiva es evidente de que recurre a mucho de lo que sabía en el “a priori” mientras ahora mismísimo lo está mirando; por lo que, esto, deduce sobremanera que el mirar es una trascendencia o ejercicio inevitable de lo que sabemos, una utilización cognoscitiva, una aplicación, un uso bien o mal según la proporción atrevida que pongamos de subjetividad (porque ésta depende de la dejadez emotiva, claro, en tanto que siempre la voluntad subjetiva se desarrolla por un decidir totalmente ésa trascendencia o por el no decidirla). Cierto, tú decides reconocer más y ser, así, más racional en algo o, por el contrario, dejarte llevar por prejuicios o emociones.

En efecto, el ser humano ya lleva su pensamiento realizado antes de mirar; y ya el mirar puede o no ayudar a otro conocimiento en función del potencial mismo de esa capacidad del mirar propio, es decir, de que tenga asimismo disponible unas valoraciones de lo que es estrictamente probatorio, autocrítico o racional.

Por ejemplo, un buen arquitecto ya sabe cuáles son los elementos imprescindibles de cualquier casa y, antes de ver alguna, sabe que los tiene, en mejor o peor calidad, pero los tiene. En realidad, cuando mira alguna, ese mirar le ayudará a advertir ciertas mejorías o de cómo podrían ser eficazmente aplicados sus registros de conocimiento fundados, sobre todo, en leyes físicas de la arquitectura.

Cuando una persona mira a otra persona no mira su mirada, sino miran más bien sus conocimientos fundados o infundados (en realidad) o los que son estables socialmente y, claro, muchos de ellos son en verdad exactos a los que los demás poseen, idénticos (socialmente); por lo que no son solo propios, individuales en el sentido de independencia, o «descubiertos-adivinados» o atribuibles a un imaginario individual, sino son ya generales o comunes (habituales) en un contexto real, digamos «para todos».

Cuando una persona mira a otra persona, en sencillez lo digo, sabe entre otras cosas que tiene que alimentarse y, de tal conocimiento objetivo, deduce que es un organismo vivo que respira, se mueve por sí mismo y se desarrolla inevitablemente.


No obstante, aquí alguien puede decidir el tener muchas dudas irracionales, sí, aquí cabe la osadía o la locura de un intentar demostrar que no respira, algo que equivaldría a decir que, una persona, puede perfectamente vivir con las vías respiratorias tapadas (la piel, la boca y la nariz), al igual que alguno también pretendiese demostrar que un coche puede funcionar sin ningún tipo de energía o que, incluso, un burro puede llegar de inmediato a la velocidad de la luz.

“Tal cosa no puede ser así” advierte el conocimiento racional, que eso en la vida va trascendiendo, y «no es así» sencillamente porque no existe (no es real en suma) ni siquiera con una mínima prueba o pequeña evidencia o indicio razonable.

«Una sociedad no es una sola persona», ¡exacto!; puesto que no es una verdad tan solo por «lo posible», sino ante todo lo es por su sobreentendido real-coherente, por su intuición «desde siempre», sí, por su evidencia, por su lógica, por su entendimiento natural, o sea, por su consistencia natural.

Bien, c
uando Galileo defendió su teoría heliocéntrica, en ese momento, él contaba con que tal hecho advertido ya era posible (por demostraciones) pero, además, sabía que no contravenía a otras evidencias;  aunque sí contravenía a atavismos sociales (dirigidos o creados desde la voluntad subjetiva) con el único sustento de derivarse por creencias «sagradas» o por sentimientos individuales o atendidos o elegidos o convenidos para un agrado o para satisfacer a un poder social.


En fin, por ejemplo, su teoría no podría haber defendido lo siguiente: “El Sol no es el centro del Universo, por lo tanto no existimos”.
Así, su descubrimiento tan solo sumó otro conocimiento; que podría haber refutado algunas argumentaciones fáciles, claro está, pero no podría justificarse ni es posible racionalmente que un conocimiento (uno) pueda excluir a los demás, sobre todo cuando cada cual atiende a un aspecto particular de la realidad e, incluso, pueden estar en contextos muy… totalmente diferentes.


Nota 1: Nuestra percepción tiene una predisposición a todo lo que vaya a encontrar; así, cuando está en el campo, sabe cuáles son las probabilidades de encontrar una cosa y no otra. Es decir, «ahí», en el campo, está más preparada para ver un árbol que para ver una ballena: está predispuesta o enseñada en percepción a solo ser consecuente como algo primero, al margen de una voluntad más o menos consciente o inconsciente que se va aplicando.

Nota 2: Siempre hay que distinguir la «predisposición meramente biológica o instintiva» de la que es la «predisposición cultural» (donde ya interviene lo social) y, éstas dos, también de la «predisposición emocional» (que está sujeta siempre al instante como impulso, sí, solo al instante que un ser vivo en impresión vive: a la impulsiva experiencia).

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