Lo escrito y lo dibujado a mano no deja de ser un esbozo, que implica una evolución basada en una idea general, y que puede ser modificada por los detalles. Saltarse lo hecho a mano mediante la técnica (escribir en Word, dibujar en la pantalla) le otorga “conclusividad”, ya nace asentado. La contención, inseparable de las limitaciones de la mano, esa lentitud e imperfección, permiten al pensamiento ir unos pasos por delante, y esta distancia es una libertad que va ofreciendo distintas alternativas, incluso la de regresar hacia atrás mediante correcciones. Estas correcciones no “eliminan” el error, sino se sobreponen, mediante tachaduras o sobre escrituras, al contrario que la corrección informática (Control Z, “deshacer”) que eliminan aquél paso dado como si nunca hubiera existido. La imagen concluyente en la pantalla, encerrada en un marco que proyecta luz (y no que la recibe, como el papel) da prioridad a lo acabado, lo completo: a gran velocidad todo va siendo definitivo. La gestación es irrelevante, como algo aparte del resultado. El esbozo, precisamente, es determinar esta gestación como parte imprescindible de la evolución del contenido, que dará lugar al resultado como una consecuencia.

Pero, la mano, se cansa. La necesidad física del descanso manual, nos ofrece dos posibilidades: por un lado, el pensamiento puede aprovechar este descanso, “desconectarse” del objetivo, un acto que proporciona la capacidad de adquirir perspectiva. Por otro lado, el pensamiento puede “liberarse” de la misma realización manual cediéndose a lo plenamente abstracto: imaginar, proyectar, plantear utopías, en definitiva, “jugar”.

La escritura a mano es, en cierta manera, un dibujo (dibujar letras, palabras), y la continuidad en el uso del esbozo conecta diferentes proyectos entre ellos. El punto de conexión, al ser el esbozo hecho por la mano, es la persona misma. Hay una continuidad humana. Una continuidad que implica, también, aprendizaje, que está determinado por el recuerdo de la relación entre esbozos pasados y sus resultados. La relación basada entre la mano (esfuerzo físico) y el pensamiento (esfuerzo mental) hace que el recuerdo sea más vívido, confirmando esa relación entre distintos proyectos. Así, poco a poco, se va forjando una línea coherente donde se reconoce la persona, con sus logros e imperfecciones, y nace el estilo, propio, de cada uno. Y es esta línea coherente, ligada a la persona, quien permite el nacimiento de una emotividad casi ética: la vocación.

La vocación no solo es gratificante al establecer una relación de sentido con lo hecho, sino con “el mismo procedimiento del hacer”. Es causa, y no efecto, de la pretensión de hacer las cosas bien por el mero hecho de que estén bien hechas. Es, en este sentido, in-encajable en el sistema consumista, que busca el beneficio en el deseo efímero. El consumista (podemos hablar de consumir noticias, novelas, películas, dar una clase, cocinar un menú o servirlo…) busca sentido y alimento en el consumo mismo, y ello reporta beneficio y nutre el sistema, mientras que lo vocacional se convierte en una disidencia rebelde. A veces, ocurre que lo vocacional se puede compartimentar e inserir en el sistema, y este le puede extraer sus resultados beneficiosos. En este caso, suele suceder que tal vocación acaba por ser una especie de esclavitud posmoderna y consentida.

La gratificación que comporta lo hecho bien por el mero hecho que esté bien hecho, aunque pueda parecer lo contrario, subraya más la relevancia del procedimiento que el resultado final. La durabilidad del esfuerzo previo, es un antídoto contra la fugacidad de la satisfacción final: esta satisfacción ya latía durante el procedimiento, y el resultado final es su colofón. Por ello, la satisfacción está asentada en el individuo, no en el resultado. Esto no resta valor al resultado, sino que implica que tal valor es una relación entre el resultado y uno mismo como hacedor. Da, pues, valor a la persona, a la vida (cuando miramos el resultado de los otros teniendo lo anterior presente), y es fuente de significado. Incluso da valor a la naturaleza, la gran maestra en esbozos y procesos mediante la evolución y sus descartes. Y, dando continuidad a la vida del individuo hacedor, aparte de significado también es fuente de sentido. Proporciona un valor íntimo y personal de dignidad, que se retroalimenta con el valor de vocación. Este sentimiento de dignidad, nos sirve para afianzar otro concepto: la lealtad a uno mismo. Una lealtad que, nacida de algo complejo, lento y difícil, no es individualista sino individual, y comporta un respeto por aquello “hecho por los otros”, pues uno es consciente de su valor. Esta lealtad a uno mismo, es fuente de desobediencia (obedecer la lealtad propia, y no la que impone el Sistema). Compárese con la lealtad que puede surgir de un individuo que recibe el valor como consumista: la lealtad de éste solo será hacia la capacidad del sistema de ofrecerle productos para el consumo. Y esto es lo que le exigimos al sistema, que renueve constantemente su oferta: nuevas apps, nuevas series, nuevos modelos tecnológicos, actualizaciones constantes de lo que sea… En esta lealtad de consumidores, el otro no es un competidor como era en el capitalismo antiguo (pues el capital o propiedades son finitas), simplemente es algo irrelevante, cuya ausencia o presencia no nos afecta para nada. No es uno exactamente individualista, sino indiferente: la indiferencia hacia el otro como hacedor.

Esta gratificación personal “compleja” a la que hacía referencia, es causa de otro puntal: la motivación. Al que hace las cosas vocacionalmente, no es necesario alimentarle la motivación. Esta sale de sí mismo. Es inherente a la vocación. Y, ¿cuál es la búsqueda desesperada de tantas empresas hoy en día? “Motivar”. Motivar un conjunto de gente, pasando de lo individual a lo común.

Todo lo anterior parece muy personal, individual, pero hay un aspecto social en ello que es relevante: tanto esta motivación como gratificación personal en la vocación, es contagiosa. Si son o han sido estudiantes, ¿cuál es el profesor o profesora que mejor recuerdan como “maestro”? ¿El simpático o “compañero guay de los alumnos” o el que transmitía algo especial que hacía disfrutar de sus clases? Por ello el mejor maestro no es aquél que tiene más conocimientos, sino el que despierta, contagiándola, la motivación por aprender… por el mero hecho de aprender. Ser profesor es una profesión, un trabajo; ser maestro, es una vocación. Y ello es extensible a un compañero en el trabajo, a un jefe, a un barman o un cocinero (¿a un político?). Es parte del tejido social. El consumismo no crea un tejido, sino lo deshace en consumidores indiferentes entre sí.

Una de las bazas del sistema consumista es la superficialidad. No me refiero, ahora, en un sentido de vacuidad o frivolidad, metafórico, sino casi físico: la relación, la conexión entre las cosas, las basa en su superficie, en el mínimo detalle que permite darle mayor valor a una cosa sobre otra: un móvil sobre otro móvil, un coche sobre otro coche, etcétera, se distinguen básicamente por detalles (que muchas veces ni utilizamos) para determinar diferencias de precio exorbitantes (e injustificables racionalmente). Pero la verdadera conexión entre las cosas, se da en profundidad. Esta profundidad puede ser vertical, pero también extensiva, horizontal. Es decir, un tejido, social, por ejemplo, es profundo en su extensión: la cantidad de individuos que lo forman. La superficialidad del sistema consumista, que convierte el tejido en puntos aislados, ya sea un tejido social (personas), laboral (puestos de trabajo), de mercado (cosas, objetos) etcétera, trata de evitar el pensamiento que interrelaciona los aspectos más diversos: “hay” una conexión, por ejemplo, entre un sistema judicial y uno económico, entre un sistema de información y uno político legislativo. También entre los problemas de vivienda, desigualdad, emigración. Y, si lo desean, incluso entre el futbol, las series, los videojuegos, el machismo. Esta conexión existente, supongo que evidente para muchos, el sistema intenta evitar que se perciba. Las conexiones, la raíz de donde surgen muchos problemas relacionados con la dignidad y oportunidades de los individuos, yace en esa profundidad: ya sea vertical (en el conjunto social, cada individuo es un fondo de la sociedad) o en el interior de su extensión horizontal (la relación entre los distintos individuos, y entre los individuos y las cosas).

La mano nos demuestra la relación entre la capacidad y la voluntad. Hay quien cree que “todo es posible”, como esos motivadores que repiten que “no hay límites”, o que “los límites te los pones tú”. En el otro extremo, hay quien cree que las capacidades son innatas (que es decirnos, también, que todas las limitaciones ya vienen impuestas), y esta es una creencia muy peligrosa para la libertad del ser humano, pues dictamina las posibilidades del individuo menospreciando las capacidades que puede adquirir o aprender. Como juego, en este artículo, a usar la metonimia o sinécdoque (la parte por el todo, la mano por el ser) permítanme un ejemplo: muy pocos le hubieran vaticinado llegar a tan alta perfección y calidad a Michel Petrucciani como pianista de jazz, afectado de una enfermedad degenerativa, que le impidió llegar al metro de altura y le causó la muerte con apenas 37 años. Si no lo conocen o no lo recuerdan, miren este vídeo (https://www.youtube.com/watch?v=06_uCl_Bovs) de su interpretación de la “Caravan”. Es una muestra, empírica, de que a veces la voluntad y la técnica se sobreponen. Como dicta la ciencia, una sola excepción desmiente la regla. Petrucciani es la mano de la vocación: el tesón, la insistencia, la práctica y el trabajo. Sin embargo, el excelente sociólogo Richard Sennett (del que bebe mucho este artículo) era ya concertista de violonchelo de adolescente, pero una lesión en la mano le causó abandonar la senda de interprete musical. Hay veces que sí, que hay límites. Aunque, gracias a ello, Sennett varió su rumbo acabando en la sociología y filosofía, encontrando una nueva vocación. Cuando hay un límite infranqueable, uno puede buscar otro camino.

La mano establece un vínculo entre lo hecho y lo pensado, entre lo que “se está haciendo” y lo que “se está pensando”. El pensamiento suele ser más rápido que la mano, pues, aunque el cuerpo, es cierto, mediante la rutina adquiere velocidad, no hay que olvidar que el cerebro también es cuerpo, y que también aprende. Así pues, esta mayor rapidez del pensamiento sobre el cuerpo, le permite a la mente que moldee posibilidades en abstracto (imagine intentos, formas, frases, etcétera) y que decida cuáles plasma la mano. Esto produce un enriquecimiento mutuo, porque todo método supone, también, una teoría: por ello, un servidor considera que menospreciar la rutina, la práctica insistente, la memorización, en el aprendizaje (no me refiero solo a las escuelas, sino en general) es un error. La tan valorada creatividad, espontaneidad e, incluso, inspiración, suele necesitar un poso de muchísimas horas donde hospedarse. Horas, tiempo, lentitud, esfuerzo… qué anacrónico suena.

Si lo realizado a mano (y no piensen solo en un objeto, también puede ser una idea política, un mero pensamiento) es un reflejo aun incompleto o parcial de una persona concreta en un momento dado, tenemos que es único. Su valor, dada esta unicidad, reside también en sus imperfecciones, entendiendo que son estas, precisamente, lo que sustentan la valoración sobre lo realizado por sí mismo, no por comparación en una escala de productos. Ello nos acerca a contemplar las otras personas desde esta visión. El sistema de lo realizado en serie y despersonalizado, la mecánica capitalista, no era útil para el nuevo sistema consumista, que le añadió esa fina capa de decoración para personalizarlo en su superficie, y así engañarnos a todos. Pero continúa siendo lo mismo: algo es perfecto o imperfecto en relación a un modelo externo. En el producto artesanal (e insisto: vale aquí un pensamiento o la relación de uno con los demás y las cosas) ese modelo solamente existe en la persona que es origen, aunque luego se valore en tanto lo hecho y respecto a sí mismo.

¿Es incompatible la artesanía de lo manual en los objetos, en las ideas, la información, o la política en un mundo superpoblado, excesivo y rápido? La afirmación, no es tan clara: es incompatible con el sistema consumista que se basa en que todos anhelen tenerlo todo cuanto antes y por el mero hecho de adquirirlo. Pero esto no es una necesidad humana, sino un deseo impuesto por un sistema económico que se ha extendido como actitud o modo de comportamiento. Contra ello, la mano. Hasta se puede echar una mano, o dar una mano, estar a mano… e, incluso, darse la mano.

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Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."

1 Comentario

  1. Si todo es de todos (lo esencial: la Vida, la Tierra,la Verdad,etc) pues, en la parte que me toca, también es mío todo, claro, para que no me lo nieguen o me lo pisoteen.
    Telecinco es la cadena que más seudobienes utiliza para ganar dinero, audiencia, amigos de falsedad, seguidores de conveniencia, etc; pero, lo que va ocurriendo es que pisotean cualquier esencia, solo por lo que llaman ENTRETENIMIENTO y DIVERSIÓN. Eso es indignante e insoportable por la decencia mínima. ¿Por qué no le paran ya los pies?, esos que hablan del bien y de cosas bonitas.
    Por favor, ¡NO ME PISOTEEN MÁS LA LUZ!

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