Hay escritores que afirman que toda novela es un acto político. ¿Está usted de acuerdo?

Bueno, la afirmación tiene que matizarse. En primer lugar, toda novela es un acto de la imaginación, vocacional, el deseo irreprimible de construir un artefacto literario, una obra de arte y de “comunicarla”, de trasladarla a los lectores. Eso es lo esencial, lo que lleva al escritor a meterse en esa tarea. Pero es evidente que el autor opta: por un tema, por un escenario, por una etapa histórica, por unos personajes, por una perspectiva. Desde ese punto de vista, toda novela tiene una lectura política y, por tanto, esa lectura es consecuencia de la voluntad del autor (aunque no siempre). No es lo mismo que el autor proyecte una mirada crítica que acomodaticia, que muestre los aspectos más duros de la realidad o los oculte, que muestre simpatía por unos u otros personajes. Desde ese enfoque, sí es un acto político.

 

La literatura ayuda a comprender el mundo, ¿también existe literatura hecha a conveniencia del poder?

Sí. A veces, la literatura que se pretende “neutral”, algo así como la concebida como un “lujo cultural por los neutrales” a los que se refiriera Gabriel Celaya contribuye a afianzar el poder establecido, o al menos a no cuestionarlo. A veces hay literatura hecha desde la perspectiva propia del poder: la que no cuestiona la realidad y no bucea en sus contradicciones, la que sintoniza con ideas dominantes o las justifica. Y a veces, autores nada críticos con el poder pueden producir, gracias a la autenticidad de la obra y de su ética literaria, obras que traicionen sus propias ideas. Ejemplo: La colmena, obra de un autor conservador, es una crítica radical a la sociedad del franquismo en la inmediata posguerra. O La tierra baldía, una incursión en las turbulencias y contradicciones de la Europa de entre guerras, del católico ultra conservador T. S. Eliot.

 

¿Por qué “El lento adiós de los tranvías”?

Porque la época que en ella recobro, en la que yo era un adolescente que empezaba a despertar al mundo, estaba muy vinculada a los viajes en tranvía. Madrid, a la altura de 1966, era una ciudad con muchas líneas de tranvía que en muy pocos años, al contrario de lo que ocurrió en otras ciudades europeas, desaparecieron. En la novela el tranvía es una suerte de personaje que lleva a Mario Ojeda a su oficina, que preside los movimientos del resto de los protagonistas, que recorre las calles comerciales, las avenidas, que lleva a los estudiantes a la Universitaria. Era parte de la vida de la vida cotidiana. Curiosamente, ocho años después, el Nobel Claude Simon publicó una novela, titulada El tranvía, en la que ese medio de transporte era convertido en depositario de su memoria infantil y adolescente, A mí me ocurrió algo parecido. En el tiempo en que discurre la novela, seis o siete años, se fueron levantando, poco a poco, las líneas de tranvías. Fue un lento adiós…. En los años en que el Régimen quiso mostrar otra cara sin dejar de ser dictadura.

 

¿Hay diferencias en la mirada del poeta y en la del narrador? ¿Cómo observa el mundo actual uno y otro?

El poeta y el narrador, en mi caso, comparten mirada. Lo que no comparten es cómo ésta se traslada al texto literario. La del poeta intenta trasladar la esencia, el instante en fuga, la proteína de una meditación, de una experiencia, con la mayor contención lingüística posible. La del narrador busca el desarrollo, la transformación en historia, en argumento, en un mundo complejo en el que la vida cobra una nueva forma a través de las vivencias, pensamientos y acciones de sus personajes… El mundo actual, acosado por el neoliberalismo y la posverdad, asaltado por los populismos y la mentira, amenazado por la crisis climática, lo ve con la misma mirada el poeta y el narrador. Rebelarse contra su deriva es lo esencial. Pero con lenguaje, recuperando el sentido verdadero de palabras como democracia, libertad y solidaridad. Sea mediante el poema, sea mediante el cuento o de la novela. Con buena literatura.

 

¿Hay demasiada literatura de entretenimiento?

Hay una invasión, determinada por la presión comercial, de tramas vaticanas, historias medievales, novela histórica de encargo o narrativa de usar y tirar que rinde tributo, esencialmente, a lo que llamas entretenimiento. Se trata de leer, pasar el rato y olvidar el presente y sus conflictos. Todo lo contrario de lo que ha significado la literatura, especialmente la novela, desde El Quijote.

 

¿Un lector es siempre un individuo incómodo o depende de qué lea?

El individuo incómodo es aquel que busca en la lectura mucho más que entretenimiento. El que busca reflexión, memoria íntima y colectiva, comprender el mundo y sus malestares, acercarse con la lectura a imaginarios que apuntan mundos mejores, que niegan las ruinas y desmanes del presente y esbozan senderos de felicidad. En la memoria de cada escritor está parte de la identidad de los lectores de hoy y de los lectores del futuro. Podríamos hacer nuestra una variante del refranero: “dime lo que lees y te diré quién eres”. En buena media esa es una verdad incuestionable.

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