Irlanda y Estados Unidos, Dublín y Nueva York. En esa dualidad geográfica y emocional transitó siempre la escritora irlandesa Maeve Brennan (Dublín, 1917-Nueva York, 1993). Así lo atestigua el volumen recopilatorio De Dublín a Nueva York, publicado por Malpaso con traducción de Isabel Núñez, donde se recogen los relatos de su etapa irlandesa y las ya míticas crónicas agudas e incisivas sobre la metrópoli estadounidense después de residir en ella desde su juventud.

Brennan nació en el seno de una familia irlandesa republicana y de fuerte raigambre nacionalista. Tanto es así que su padre llegó a salvar una condena a muerte por su decisiva participación en los hechos de la Rebelión de Pascua de 1916. Posteriormente fue el primer embajador en Washington de la naciente República de Irlanda. Desde entonces, y pese a que su familia regresó a Irlanda, Maeve ya nunca más abandonó Nueva York, y más en concreto la isla de Manhattan, que tan magistralmente retrató en sus crónicas.

Brennan dibujó un catálogo de instantáneas de la metrópoli bajo la atenta mirada de su señora Prolija, un repaso periódico al pulso vital de la ciudad por excelencia que nunca duerme

Su infortunado matrimonio con un británico depresivo y alcohólico le llevó a ella misma al agujero de la depresión y el abandono, que repercutió decisivamente para que su obra literaria fuese olvidada durante décadas. Sólo después de su muerte, su trabajo literario, publicado casi siempre por entregas en las famosas revistas Harper’s Bazaar y The New Yorker, fue gradualmente recuperado.

La edición presentada ahora por Malpaso recoge tanto sus Cuentos dublineses como sus Crónicas de Nueva York. En estos textos podemos encontrar desde autoficción, lacerantes retratos de las miserias de una decadente clase burguesa, así como sus míticas crónicas urbanas de Nueva York que incluso sirvieron para que Truman Capote se inspirase en ellas para perfilar el personaje de Holly Golightly de Desayuno con diamantes.

Los responsables de The New Yorker cayeron rápidamente rendidos ante su maestría y sus 47 crónicas neoyorquinas publicadas entre 1953 y 1968 se publicaron en su sección The Talk of the Town –aún activa en la actualidad–, todas ellas introducidas con una frase prácticamente invariable de un número a otro: “Hemos recibido otro comunicado de nuestra amiga, la señora Prolija”. Bajo este pseudónimo, Brennan dibujó un catálogo de instantáneas de la metrópoli bajo la atenta mirada de su The Long-Winded Lady, una suerte de repaso periódico al pulso vital de la ciudad por excelencia que nunca duerme.

Como relataba la propia Brennan, “es como si ese personaje de la señora Prolija mostrara fotografías tomadas durante un largo y lento itinerario, no a través, sino por el interior de la más temeraria, ambiciosa, confusa, cómica, triste, fría y humana de todas las ciudades”.

Para la autora irlandesa, Nueva York tenía en su seno “un Caballo de Madera luchando desesperadamente por salir”, aunque la mayoría de los días pensaba que era “una ciudad volteada, medio inclinada, con sus habitantes colgados, la mayoría de ellos aún capaces de reírse mientras se aferran a la peligrosa isla para no caer”. Y pese a todo ello, pese a esa relación de amor-odio con su ciudad de acogida, Brennan consideraba que su señora Prolija aún no era una auténtica neoyorquina después de un cuarto de siglo paseando entre sus calles. El eterno complejo de la “viajera residente”, una sensación que de un modo u otro la propia autora acabó sufriendo en sus carnes, ya que terminó sus días prácticamente en la indigencia, alcoholizada y sumida en problemas mentales.

De Dublín a Nueva York

Maeve Brennan

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