lunes, 20septiembre, 2021
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La libertad y la escuela catalana

Inmigración, integración e inmersión

Guillem Tusell
Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."
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En general, se habla mucho de integración, pero ¿integración en qué? ¿En dónde? Hay que ser muy cautelosos. Integrar o integrarse es hacer que alguien pase a formar parte de un todo, pues, según la RAE, utilizar esta palabra comporta la existencia de un “todo”. Entonces, es necesaria la existencia de ese todo y, si hablamos en el sentido que el nacionalismo suele darle (he opinado en anteriores artículos que vivimos en Estados- nacionalistas), hablaríamos de un todo identitario. ¿Existe un todo identitario? ¿Existe una identidad colectiva? Para el nacionalista (español, catalán o francés), rotundamente sí. Uno opina que esto es muy difuso. Es más, no tengo tan claro que exista tal identidad como algo fijado, sino que se trata, más bien, de una relación: una relación de uno mismo con aquello con que se identifica, y el mirar de reojo si el otro se identifica con lo mismo para intentar encontrar esa identidad colectiva. Del hecho de plantearse si existe un todo identitario o no, se derivan muchas posturas ideológicas.

Cuando se le pide a un inmigrante que se integre, ¿qué se le pide, exactamente? Nunca sé si nos referimos, simplemente, a que cumpla las leyes de la sociedad a la que llega, o si se le pide más. Si solamente fuera que cumpla las leyes, no hablaríamos de “integración”, sino de un cumplir. Así que le requerimos algo más.

Un servidor cree que la identidad se forja desde la ética de uno mismo, pero, también, desde la cultura en que uno vive si la entendemos como un vehículo de transmisión (de pensamiento, de tradiciones, de “simpatía” en el sentir). Si la identidad es de uno mismo, la integración del inmigrante en la sociedad a la que llega, más allá de cumplir las leyes, ¿es un deber o es una posibilidad?

Pienso que un inmigrante no tiene ninguna obligación de integrarse, más allá de conocer la lengua vehicular del lugar (que sería una respuesta a la hospitalidad). Entiendo que esto puede ser polémico o conflictivo, pero me gustaría que lo enfocasen, más bien, en “dónde tiene que integrarse”: si ese “dónde” es una identidad fija y establecida (vista desde una perspectiva nacionalista) o es algo más difuso (entonces, usted considerará que el inmigrante debe integrase en unos aspectos y yo, tal vez, en otros). Creo que al inmigrante (extranjero o interno a nivel nacional) se le deben ofrecer las máximas posibilidades de integración. Más que nada por si, libremente, desea ejercer este derecho. Esto sería la política de inmersión lingüística de la escuela catalana (a la que volveré más tarde). A mi parecer, la problemática reside en una mera cuestión de volumen.

Quiero confrontar dos situaciones:
1). La Feria de Abril en Santa Coloma de Gramenet (en la provincia de Barcelona).
2). En un viaje a México, vi un grupo de una veintena de catalanes de “el casal” bailando sardanas.

Ante estas dos situaciones, podríamos tener un catalán que se mire la Feria de Abril de Santa Coloma con cierta suspicacia (como un ejemplo de no-integración) y, en cambio, que se mirase la situación de México como un acto de nostalgia o salvaguarda de una identidad. Pero, antes de que acusen este catalán de nacionalista, ¿no son, ambas situaciones, intercambiables? ¿No son, en el fondo, lo mismo? ¿No las diferencia, solamente, una cuestión de volumen? Si en Santa Coloma empiezan a residir pakistanís (o chinos, o marroquís, lo que deseen) y, al cabo de unos años, se convierten en mayoría y recrean las fiestas de Islamabad, ¿cómo se lo mirará el catalán de origen andaluz? ¿Con cierta suspicacia?

No plantearse un problema o situación, simplemente porque es muy complejo o genera incomodidad, abre el camino a aquellos que proponen una solución fácil: por ejemplo, limitar la inmigración alzando muros, sean de piedra o las olas del mar.

Dicho lo anterior, no interpreten que considero nocivos los movimientos migratorios. Más bien lo contrario. Lo nocivo es cuando su volumen requiere planteamientos complejos y solamente se ofrecen soluciones “fáciles”. Supongo que está más que verificado que la llegada de inmigrantes ofrece una posibilidad de enriquecimiento, pero es cada individuo (consciente o inconscientemente) quien decide aprovecharla. Y, si son muchos los individuos los que optan por ello, pasamos del enriquecimiento personal al cultural o social.

Pero, ¿qué tiene todo esto que ver con la política lingüística en las escuelas catalanas? Pues creo que mucho, puesto que la política de inmersión lingüista en la escuela catalana (y que tanto enerva a PP y Ciudadanos y medios afines de Madrid) es producto de una cuestión de volumen.

Si lo que voy a tratar de comentar lo leen desde el convencimiento que “España es una”, y no piensan que Cataluña, a nivel cultural, “es otra”, ya les avanzo que, para ustedes, no es que esté equivocado, sino que voy a exponer un sinsentido.

En un artículo de El País de 1999, leo: <<El 60,3% de la población actual de Cataluña es fruto directo e indirecto de la inmigración. En otras palabras, de los 6 millones de habitantes que hay actualmente en Cataluña, 3,6 millones son efecto directo o indirecto de los flujos inmigratorios de este siglo. Esta es la principal conclusión del libro en el que la catedrática Anna Cabré ha materializado más de 33 años de estudio sobre la dinámica poblacional en Cataluña. Cabré también demuestra que incluso sin inmigración, la población catalana no habría decrecido>>. El 60%. Imaginen un 60% de la población española con origen en otra cultura, con otra lengua. Pero imagínenlo de verdad: en su ciudad, en su pueblo, o en su barrio y sus escuelas. El 60% de sus vecinos o colegas de trabajo. El 60% de sus amigos y amigos de sus hijos.

Siguiendo los datos de “Las migraciones internas durante el franquismo y sus efectos sociales”, trabajo académico accesible en internet de F. Andrés Burbano, Curso 2012-2013, de la Universidad Complutense De Madrid, Facultad de Geografía e Historia (y elijo como fuente de los datos un trabajo universitario y no un libro con muchísima intención), se pueden extraer cuantiosos datos de los que les resaltaré solamente algunos:

– En 1910 la población de Cataluña es de 2 millones de habitantes. En 1936, de 2,8 millones. De este crecimiento (800 mil), unos 600 mil son inmigrantes (mayoritariamente del sur de España).

– En 1960, la población ya es de 3,9 millones. De este crecimiento (aprox. 1,1 millones), unos 770 mil son inmigrantes (mayoritariamente del sur de España).

– En 1975 la población ya es de 5,6 millones. Entre 1950 y 1975 llegan aproximadamente 1,5 millones de inmigrantes (mayoritariamente del sur de España).

– En los años ’30, el 81% de la población era nacida en Cataluña. En los años ’70 los nacidos en Cataluña son el 62% (donde se incluye los hijos de la primera ola de inmigrantes).

– Santa Coloma de Gramenet (tomo esta población porque la utilicé antes como ejemplo), de 1960 a 1970 creció en 74 mil habitantes, de los cuales 4 mil fueron crecimiento vegetativo y 70 mil fueron inmigrantes. Nota propia: si en 1960 la población era de 32 mil, llegaron en 10 años más del doble de habitantes de los que había.

Lo anterior, creo que sirve, más o menos, para hacerse una idea del impacto en la cultura catalana de la inmigración proveniente de la cultura española, en concreto de la zona sur del país. A lo cual, sería una omisión flagrante no tener en cuenta el contexto político de una dictadura que impedía o coartaba el uso del catalán en la vida pública. Y esto hay que tenerlo constantemente presente. Una dictadura que duró 40 años (y omitimos, si quieren, el resto de la Historia sobre las injerencias del poder español sobre la lengua catalana, pues doy por hecho que conocen el Decreto de Nueva Planta, parte de la Historia de España).

Me gustaría resaltar dos impresiones que se pueden leer en este trabajo académico y que son bastante conocidas (al menos, en Cataluña). Una es la de Paco Candel, que señala que los inmigrantes “son catalanes hasta cierto punto” y que “no son catalanes, también hasta cierto punto”. Una complejidad identitaria que le sirve a Candel para acuñar el concepto de “los otros catalanes”. Cabe resaltar el significado de esta frase: Candel no les niega catalanidad, pero deja claro que la identidad ya no puede ser “una” (si es que alguna vez lo fue).

La segunda impresión es del primer Pujolismo, el de los años ’70 (antes que la erosión del poder hiciera su trabajo corrosivo): “es catalán todo aquel que trabaja y vive en Cataluña y que hace de Cataluña su país, pero hay inmigrantes que nunca serán catalanes porque su voluntad está puesta en no serlo”.

Querría centrarme en este individuo cuya voluntad es “no ser catalán”.

Si me voy a vivir a Turquía, a Francia o a México, considero que he de tener el derecho a no ser turco o francés o mexicano, a mantener mi identidad cultural. Es decir, que, aunque me nacionalice (y, como son Estados-nación, para ello ya tendré que aprender su lengua), aun votando en ese país de destino, aun siendo políticamente turco o francés o mexicano, puedo no querer serlo a nivel cultural. Si la integración en una cultura supone, en parte, la disolución de la propia (si aceptamos que las identidades son totales), esto ha de ser una posibilidad, un derecho, y he de disponer de las herramientas que me posibiliten este derecho a querer integrarme, pero no puede ser una obligación. Y aquí reaparece la cuestión del volumen: un gran volumen inmigratorio dificulta enormemente la integración, incluso, para aquel que la desea. Es más, dificulta el simple contacto con la cultura de destino (y, por favor, no olvidemos, cuando hablamos de la migración llegada a Cataluña, la dictadura en España con 40 años de marginación de la lengua catalana). Y es el peso demográfico en la descendencia de ese volumen migratorio lo que conduce a la política lingüística de la enseñanza en Cataluña: “posibilitar” al niño de acceder a esta integración. Pues de no existir esta política, muchos hijos de castellanohablantes ya no hubieran tenido la oportunidad de acceder a este derecho. La política de inmersión lingüística en las escuelas, al contrario de lo que dicen PP y Ciudadanos, no limita la libertad del niño, sino que le da más. De la misma manera que obligar a aprender matemáticas no menoscaba su libertad. Por eso la enseñanza es obligatoria para el niño hasta cierta edad. Además, como se demuestra año tras año, esto no perjudica la capacidad del conocimiento del castellano (un servidor, y solamente a modo de ejemplo, ha ido toda su vida a escuela catalana en catalán, y no tengo problemas con el castellano. Naturalmente, mis primeros años, todavía en franquismo, esa escuela impartía las clases “oficialmente” en castellano). El muy reciente planteamiento, por parte de la Generalitat, sobre si en algunas zonas de Cataluña hay que potenciar más el castellano ante una deficiencia de la capacidad de expresión en esta lengua, demuestra que la Conselleria de Educación está alerta, y que sigue principios más culturales que políticos (otra cuestión es la polémica política que se pueda generar). Como ya me he tomado como ejemplo, les diré que uno habita en una zona de Cataluña donde la presencia del castellano no es mayoritaria (tal como sí ocurre en la provincia de Barcelona, donde viven la mayoría de habitantes de Cataluña). Y es cierto que hay un ligero déficit de capacidad expresiva en castellano… lo que ocurre es que uno opina que este déficit también existe en catalán: la carencia de expresión pienso que está más ligada a una falta del sistema educativo en potenciar pensar desde uno mismo, y no tanto en la calidad lingüística que se aprende de un idioma u otro.

No me gusta pretender ser objetivo. Tengo muy claro que lo que traslado a los artículos es una opinión más. Pero si repasan las cifras que les di antes, si tienen en cuenta la represión a la lengua catalana de aquellos años de dictadura en que se produjo una migración masiva, es casi un milagro que todavía sobreviva la cultura catalana. Supongo que a muchos les es igual, pues, al fin y al cabo, es cosa de catalanes; hoy en día, de algunos catalanes. Pero esta política es la que ha permitido que una pequeña cultura sobreviva en un ámbito bilingüe (para los catalanoparlantes, que son TODOS bilingües) pero como un adorno en la vida monolingüe de aquellos cuya voluntad, y con todo derecho, es “no ser catalán”.

Y, ahora, les pregunto: ¿dónde situarían a las señoras y señores de Ciudadanos en este contexto? ¿Dónde sitúan las mentiras de Rivera y adláteres respecto a la lengua catalana y su uso? Todo aquello de que el castellano está en peligro o está perseguido. De que te pueden agredir en Barcelona por hablar castellano. Entre los individuos que votan a Ciudadanos habrá muchos de aquellos cuya voluntad es “no ser catalán”, pero no sé si son la mayoría. A mi parecer, hay mucha reacción a un miedo que, estratégicamente, desde Ciudadanos se encargan de alimentar. Por ello les trasladaría una crítica a algunos políticos independentistas: si uno pretende que la gente del pueblo se involucre en la creación de un nuevo Estado, en una reivindicación tan compleja y atrevida, no se puede mirar solamente aquellos que consideran los suyos, se debe mirar el cómo está formado este pueblo. Y les decía al principio que, al menos en 1999, <<el 60,3% de la población actual de Cataluña es fruto directo e indirecto de la inmigración>>. El que tiene la voluntad de “no ser catalán”, naturalmente, siempre estará en contra de un estado catalán. Pero hay mucha gente en Cataluña que se siente española y catalana, y es una realidad, aunque haya algunos que no puedan entenderlo. Para un servidor, esto significa una cosa: “Cataluña sólo será independiente si no es nacionalista”. Y, para este servidor, que es independentista catalán, esto, es un alivio.

La cultura catalana es sobre todo una mezcla. No me refiero a las influencias a lo largo de la historia, sino a que, hoy en día, en las mismas familias se entrelazan modos de ver y tradiciones y lenguas diferentes. Seguramente habrá reuniones familiares donde se hable sólo catalán, y muchas más en las que se hable solamente en castellano, pero también muchísimas en las que se intercalan ambas lenguas en las conversaciones. A muchos puristas de uno u otro lado, esto no les gustará: tal vez prefieran una cultura (española, catalana) limpia, libre de impurezas. Pero lo puro es algo muerto: todo lo vivo es, en cierta manera, impuro. Y, para el que escribe, la riqueza, el valor de una cultura, reside también en su impureza. La problemática que pueda existir no es tanto que se deba salvaguardar una cultura catalana “ideal”, sino simplemente una cuestión de volumen: la cultura española o castellana es de tal volumen (y podríamos añadirle la hispanoamericana, a veces desdeñada en la península, pero inmensamente rica, y con sus mezclas), es de tal volumen, repito, que no se puede dejar la cultura

catalana al albur de un neoliberalismo cultural, como pretende Ciudadanos. Y es curiosa esta pretensión de los que piden no interferir en el devenir de la lengua catalana abogando por una “naturalidad”. Que la naturaleza siga su curso. Son los mismos que no deben considerar una interferencia las migraciones masivas del sur de España a Cataluña durante el siglo XX, los que no deben considerar una interferencia 40 años de dictadura con la lengua catalana arrinconada, los que, en el fondo, solamente quieren ver lo natural en aquello que su volumen les da superioridad. Siguen, en el fondo, la ley del más fuerte. Eso es lo que consideran natural a conveniencia. Pero el hombre hace siglos que no vive en lo natural.

Para expulsar el nacionalismo de la reivindicación catalana uno ha de aceptar que, aunque uno mismo se sienta solamente catalán, su vecino, tal vez no. Y si quiere que se involucre en algo tan conflictivo, no es suficiente con explicarle el “por qué” (unas necesidades o carencias que a lo mejor al vecino no le interpelan) sino “para qué”: cómo será, qué significará, para uno mismo y su vecino. Y que, así, al menos le entren ganas de querer debatirlo, de votarlo, de decidirlo como individuo. Ahí es donde no quieren entrar a argumentar los partidos “constitucionalistas”: los que supeditan querer tomar una decisión individual (ya sea un referéndum de independencia o sobre la monarquía) a la antaña decisión que tomaron hace muchos años otros individuos coaccionados por sus circunstancias (una guerra civil y 40 años de dictadura fascista). Y se debe insistir, insistir e insistir. Y también insistir en que Cataluña sólo será independiente si no es nacionalista.

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