La Lengua de las Mariposas es uno de los tres relatos del libro “Qué me quieres, amor”, escrito en 1996 por el gallego Manuel Rivas. Tres años más tarde, José Luis Cuerda, inspirándose en la temática y nomenclatura del citado relato, dirigió la exquisita película que a todos conmovió. Hablamos, en esencia, de una alegoría por la libertad de expresión, de un cántico por la cultura en cuanto instrumento para hallar la verdadera libertad. En circunstancias políticas y sociales muy hostiles, Don Gregorio anduvo interesado en transmitir conocimientos y valores más cercanos a la sabiduría que a la mera erudición.

La lengua, es decir, el idioma del que nos valemos para soñar, leer, escribir o comunicarnos se erige en el baluarte insoslayable de toda conquista cultural o bajada a los infiernos, en su caso. La lengua no está sola. La pintura, la escultura o la música son también arterias por las que las pasiones y emociones irrigan nuestras almas. Hoy les hablaré de la lengua, de su belleza y utilidad, de su custodia y sus escarnios.

Desde hace demasiado tiempo, esta España cainita, apasionada para bien y también para mal, discute por todo, también con sus lenguas y por sus lenguas. Castellano, vascuence,  gallego, catalán y aranés gozan de oficialidad el primero y cooficialidad los restantes. Un peldaño más abajo y daremos con los dialectos que, aún desprovistos de rango superior, son igualmente formas y maneras de comunicación entre gentes de nuestra tierra.

La lengua, como la cultura, es objeto de discordia. Les confesaré algo. En alguna ocasión he sucumbido a céfiros malolientes y no estoy muy orgulloso de ello. Quienes con más vehemencia dicen querer a su lengua son, por lo común, quienes más la zahieren. Las lenguas no deben ser jamás armas arrojadizas ni coartadas para provincianos y centralistas, en la peor de las acepciones de ambos términos. Las lenguas, hermosas y libres, sufren de acoso. De un lado nacionalistas periféricos, que no parecen entender el significado y alcance de un sentimiento legítimo, hicieron de sus lenguas blasones de una esperpéntica superioridad étnica. Otros, no menos temperamentales, quedaron (quedamos) atrapados en esta burda farsa por la que meros charlatanes fueron elevados a la categoría de mártires.  Junto a la hipérbole de España nos roba, se irían añadiendo nuevas desmesuras tras las que guarecer la propia incapacidad, canalizando la responsabilidad de todos los males a esa España chulapa, de gracejo andalú y que acostumbra a comerse las eses.

Pero estamos obligados a sacudirnos del polvo acumulado. La mayoría de españoles de aquí y de allá no somos así. Habremos de admitir que hay vascos, catalanes o gallegos que se sienten esencial o únicamente vascos, catalanes o gallegos. Los hay también de corazón partío, donde el amor por lo propio cohabita con una confesable españolidad. Como también hay españoles que son sólo eso: españoles.

Dicen que los políticos nos representan pero no siempre es así, pues la estupidez o la lucha por la propia supervivencia de éstos nada tienen que ver con el bien común que dicen defender. La lengua, los usos y costumbres y, en suma, las culturas locales no son un problema; nunca lo fueron. Más bien son el testimonio de una fecunda diversidad que va mucho más de allá de concertaciones políticas y jurídicas, tan necesarias como insuficientes para reglamentar realidades inabarcables.

Parece sensato que el país se dote de una primera lengua en la que todos podamos entendernos. Más allá de esta obviedad, que cada cual hable, eduque, evangelice, escriba o sueñe en la lengua o dialecto que le plazca.  Un día de estos los españoles habrán de ser oídos. Deberán decidir qué bandera izar o qué himno cantar. Más pronto que tarde habremos de optar entre cetros y cayados, entre Ley o contubernios. Por favor; dennos la palabra no escrita de antemano. Concédannos un guión por novelar y un futuro por soñar. 

Estoy cansado; lo admito, pero veo con mayor nitidez. Será suficiente que la tela de mi bandera esté libre de máculas y deshonras, y que las notas de mi himno sean débiles y apacibles. Imploro, casi exijo, que haya muchas escuelas y muchos don Gregorios que, en sus lenguas vernáculas, formen personas libres y buenas. Donde el olivo desplace a la guadaña y los libros a los manuales. Escuelas, universidades y paraninfos donde se aprenda y no se reprenda; donde el verbo fluya de espíritus sabios y decentes. Donde no haya censura y sí debate. Donde el ejemplo secunde al verbo.

Estoy cansado; es cierto. De políticos paternalistas y medios cautivos, de profetas virtuales y ausencia de modales. Del cinismo de tribunos  y de corderos esquilmados. De paraísos fiscales y barrios marginales…………………………; de lenguas bífidas y exégetas a sueldo.

Amo la lengua de Cervantes y en la diversidad no atisbo barreras sino oportunidades. Precisamente por ello y aún sin hablarlos, amo el euskera, el aranés, el catalán y el gallego. Me gusta el sonido del francés y del italiano y, como a muchos, me prenden los acentos canario y argentino. Como ven, nada tengo contra las lenguas, los dialectos o sus acentos. Pero sí contra los tontos contemporáneos que sueñan con una patria sin lengua o advierten en las lenguas de los Pueblos de España amenaza alguna.

Definitivamente, las lenguas y las mariposas son una misma cosa.

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1 Comentario

  1. Habría sido un bonito detalle una alusión al menos al asturiano y al aragonés, si el gallego, el vasco y el catalán son atacados imaginad el asturiano (y supongo que también del aragonés) que ni siquiera podemos utilizar en nuestra tierra

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