La VII legión de Lutón fue fundada antes incluso de que el valle diera origen al imperio nuevo. Fue disuelta y rearmada en tres ocasiones, dependiendo de la necesidad de tropas, sin llegar a destacar realmente en ningún conflicto. Solo cabe mencionar su apodo, ya que es la única legión que porta el nombre de una deidad; Lutón, dios antiguo al que se le atribuye la caída del imperio viejo. Además a esta divinidad se la asocia con la destrucción y la calamidad, razón por la cual los hombres de la VII le eligieron como patrón, para sembrar el terror entre sus enemigos, sin demasiado éxito hasta el inicio de la guerras pálidas.

Fue en el frente de la Estepa donde la VII empezó a acumular grandes victorias con una velocidad y facilidad encomiables. No tardaron en descubrir que todo se debía al símbolo de sus estandartes; tres ojos negros en forma de rombos. Resultaba que el equivalente de Lutón entre los estepanos era Sanal-Im, la deidad a la que más temían, y al ser los nómadas de la Estepa un pueblo muy supersticioso, creían que los legionarios de la VII eran portadores de grandes males.

Esto a los legionarios les hacía mucha gracia, y decidieron aprovecharse. Comenzaron a rendir culto a Lutón y ha realizar sacrificios en su honor, pese las quejas que aquello provocó entre las sacerdotisas del Panteón. Luego cambiaron sus juramentos por promesas a su protector, sin que les importasen las sanciones militares que ello conllevaba. Y finalmente tintaron sus ropas y armaduras de negro, y comenzaron a usar pinturas de guerra en sus rostros.

Para ellos todo era un juego, una broma que les daba ventaja frente a sus enemigos, pero para el resto del mundo era algo siniestro que cada década se volvía peor. Los etepanos temblaban con solo mencionarles, rezaban oraciones al verles de lejos, y realizaban gestos de protección si los tenían delante. Muchos ni se atrevían a alzar la mirada en su presencia, y las madres resguardaban a sus hijos ante su llegada. Los hombres de otras legiones tampoco se sentían cómodos con su compañía, los consideraban demasiado brutales en sus métodos, sádicos en sus luchas, y siniestros en la extraña hermandad que habían formado. Por su mala fama ninguna otra legión usó sus métodos. Las autoridades y demás altos cargos toleraban la mayoría de sus formas y excesos, solo por permanecer invictos en la frontera, y por ser de gran ayuda al mantener sumisa a la población, ya fueran estepanos, o colonos, a los que infundían más terror que respeto o admiración.

Su buena racha terminó durante el Invierno Negro.

Antes de la llegada de las nieves, el gobernador les envío a disolver una alianza que se estaba formando entre los nómadas, una tarea a la que estaban acostumbrados. Sin mucha resistencia disolvieron a las tribus, y como dejaron colocados una docena de altares y demás amuletos a su dios, los estepanos consideraron ese lugar como profanado, y se alejaron.

La repentina ventisca, que arrastraba consigo la ceniza de un volcán, les pilló a cien millas de la frontera, y para mayor colmo muchas tribus les culparon de que cayera nieve negra del cielo, pues según ellos ese fenómeno vaticinaba el regreso de Sanal-Im. Fueron a por ellos, y durante tres días con sus noches combatieron sin pausa, y con el cese de la oscura nevada, se vieron rodeados por otras diez tribus recién llegadas. No tuvieron más remedio que bajar las armas, y dejar su destino en manos de las gentes que habían atemorizado durante dos siglos.

Nada se volvió a saber de ellos de manera oficial, tan solo quedaron historias de que les torturaron y mantuvieron con vida, para así extraer su sangre, con la que purificaron todo los lugares que habían profanados en pos de los tres ojos.
El ultimo registro sobre ellos data de dos décadas después, cuando el general al mando de la frontera del imperio se enfrentó a la alianza de cientos de tribus. Aquella guerra quedó en tablas, el imperio reconoció a los nuevos soberanos más allá de sus fronteras, y a cambio estos devolvieron todos los estandartes, condecoraciones y demás símbolos que tenían acumulados de las legiones derrotadas. Fue grande la sorpresa al ver que entre ellas estaban las de la VII.

Al preguntar sobre el destino de aquellos hombres, los amos de la Estepa contaron que tres eclipses después de su captura, algunos legionarios escaparon, y en vez de dirigirse al este, hacía su hogar, marcharon en dirección contraria, al mar del Desasosiego, donde según testigos se zambulleron en las aguas, y nadaron hasta que se perdieron de vista. Mas pese a ello muchos aseguraban haberlos vuelto a ver, en forma de ejercito espectral.

Los altos mandos del ejercito dieron ese tema por sanjado, y no se molestaron en organizar una investigación al respecto. Oficialmente la Lutón fue registrada como legión perdida, y el numero VII jamas volvió a ser usado, debido por la mala fama que arrastraba.

Pero pese a todo, la leyenda negra de la VII perduró durante siglos en la Estepa, y en algunas partes de las montañas Escarlata. A los niños se les advertía que si se portaban mal, uno de los legionarios malditos vendría por la noche. Y en las versiones más macabras se añadía que les cortarían la lengua para que no gritasen, les llevarían a arrastras hasta Sanal-Im, el cual les engulliría, para luego vomitarles, corrompiéndoles en el proceso, y así pasarían a engrosar las filas de la legión fantasma.

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Cristian Clemente es escritor, desde hace ocho años trajaba constante y metódicamente en la ambiciosa saga Tulah, un mundo propio que resulta inolvidable para cualquier lector que se adentre en él. Escritor, autor de La Canción de un Mentiroso (Tuláh)

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