La historiografía nacionalista la ha convertido en una heroína boliviana, por más que Juana Azurduy no se batiera contra los españoles en nombre de un país que todavía no se había inventado. Mas correcto parece compararla con Juana de Arco, porque, al igual que la doncella de Orleans, la guerrera americana también estuvo comprometida en una lucha de liberación. ¿Sería caer en un tópico decir que su vida fue una novela de aventuras? La realidad es la que es. Hija de una familia acomodada, la futura teniente coronel se apartó desde niña del prototipo de lo que debía ser una “dama”. Aprendió a montar a caballo y se acostumbró al trato con los indios. Conocía sus idiomas, el quechua y el aimara.

La vida salvaje se acaba cuando sus dos progenitores mueren. Aún no es mayor de edad, por lo que debe aceptar la tutela de unos parientes que la envían a un convento, convencidos de que las monjas domesticarán su carácter. Unos meses la convencen de que la vida religiosa no es lo suyo, así que regresa a su hogar. Se instala en el campo, donde conoce al que será su esposo, Manuel Ascencio Padilla, hijo de un hacendado local. Ambos apoyaran la independencia sin reparar en sacrificios.

En un principio, mientras Manuel combate en la guerrilla, Juana cuida a sus cuatro hijos. El pater familias imagina que va a luchar él solo porque la guerra no es un asunto femenino, sin saber que su esposa piensa muy diferente. Cuando se encuentre con que ha dejado a los niños con unos parientes para marcharse con él, cede a los hechos consumados.

La pareja actuará al frente de una fuerza guerrillera en la que se integrarán hasta 10.000 hombres, que constituirán un eficaz apoyo para el general argentino Belgrano. Se mueven en el este y el noreste de Chuquisaca. Dentro del contingente de su marido, Juana organiza su propio batallón, denominado “Los Leales”. Viste gorro militar, lleva pistolas y una espada al cinto.

Ante la presión de las tropas del general Pezuela, a nuestra protagonista no le quedará más remedio que huir. No le queda otra que adentrarse en la selva, donde perderá a sus dos hijos varones, víctimas del paludismo. Las dos chicas no tardarán en correr la misma suerte.

Juana regresa al combate con más energía que nunca. Será dura, incluso cruel. No quiere que se hagan prisioneros. La guerra es así, despiadada por ambos bandos. Continuará la lucha incluso durante el embarazo de una niña, Luisa, que nacerá en medio de un combate.

La vida viene y también se va. Su esposo, Manuel, muere en la batalla de La Laguna, en 1816. El enemigo exhibe en público su cabeza. Los patriotas conseguirán, al año siguiente, poner fin a esta humillación y rendir al héroe los honores debidos. Juana ha perdido a su hombre y con él su posición en el campo insurgente. A partir de ese momento se la tratará como a la viuda de un personaje ilustre, sin permitir que se mezcle en nuevas acciones guerrilleras. Ella, ansiosa por seguir en activo, se marchará a Salta para unirse al caudillo gaucho Martin Güemes. Este le brinda su protección, pero no desea verla combatir como un hombre.

Muerto Güemes, Juana quedó en la miseria. Solo tras muchas penalidades consiguió regresar al Alto Perú, donde se estableció en una finca que le habían entregado después de reclamar los bienes que le habían sido expropiados por los españoles. Pasará el resto de su vida, hasta su muerte en 1862, sumida en el olvido y las estreches económicas.

Apúntate a nuestra newsletter

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre