No ha muerto porque sigue siendo indispensable y justa. Da igual cuántos haya dándola por acabada, tampoco importa desde qué espacio. Unos sólo intentan deshacerse de la que los disolverá tarde o temprano. Otros, por lo mismo, sólo intentan en vano jugar al adanismo y experimentar fórmulas transversales con escaso resultado. Pero conviene afrontar la realidad de frente. Vivimos tiempos duros que lo son porque los sistemas de opresión, especialmente el capitalista y el patriarcal los hacen duros. El neoliberalismo expande pobreza e injusticia por todo el mundo. Preveía Marx que las crisis y las contradicciones del sistema capitalista lo llevarían necesariamente a su extinción.

Quizá no predijo el neoliberalismo como posible vuelta de tuerca para que el sistema se mantuviera con cierta holgura y estabilidad temporal. Pero que no lo predijera no quiere decir que no se le pueda aplicar la receta marxista. Quizá incluso con más contundencia. De hecho, creo aplicarla es un deber que cada vez se impone con más fuerza y legitimidad: si el capitalismo no se destruye por contradicciones internas, la clase obrera tiene la obligación de acelerar el proceso. Y si esta destrucción hasta ahora se ha ralentizado, mayor motivo tenemos para ponernos a ello.

La izquierda no ha muerto. Tenemos mucho de ella, sobre todo en forma de legado pero totalmente vigente para solucionar problemas actuales. Tenemos la trayectoria del movimiento obrero, sus huelgas, sus manifestaciones, su fuerza de trabajo, su posibilidad de presionar, la militancia y el sindicalismo. Y la constatación de su efectividad, salvo, claro está, cuando se la abandona. La izquierda ha cometido fallos. Es inaplazable reconocerlo. Ha cedido demasiado y ha dado por seguros éxitos que han sido bien efímeros. Se ha ablandado. Pero quien crea que la izquierda puede avanzar sin la más mínima cesión, ni siquiera temporal, es simplemente un iluso. Y quien se sienta muy digno por abandonarla ante la mínima cesión, un ingenuo. (Y yo misma he cometido electoralmente esa tontería).

La izquierda no va de ensoñaciones particulares, no va de imaginar mundos felices de armonía inalterable y pasar a la inacción cuando las ensoñaciones que uno imagina en el sofá no se ven realizadas inmediatamente. La sociedad sin clases es posible, pero ni llegará mañana ni será fácil lograrla. De hecho, será necesario el duro ejercicio de comprender la situación de profunda miseria, material e intelectual que los sistemas de opresión han impuesto a la inmensa mayoría de la humanidad; estudiarlos en profundidad y combatirlos cueste lo que cueste. Trabajo duro, arriesgado, nada grato. Y siempre acompañado de la angustia de estar al tanto del peligro de retroceder y la nefasta necesidad de ceder en ocasiones para tomar mayor impulso, ejercicio bien peligroso si no hay suficiente fuerza para el contraataque. Sólo así dará fruto. El propio Marx, en el Manifiesto comunista, proponía algunas mejoras a conquistar por la clase obrera en el contexto del sistema capitalista, no como objetivo último sino como medio para abrir paso hacia la transformación radical de la sociedad sin clases.

Pero quien crea que la izquierda puede ceder a todo perdiendo cada vez más espacio y siendo cada vez menos radical cometerá un error mayúsculo. De él también nos previno. Los grupos oprimidos siempre se han visto obligados a ceder para ir avanzando posiciones. De lo que no nos tenemos que olvidar nunca es que después de cada cesión, que se debe procurar lo más mínima posible, hay que pasar de nuevo a la ofensiva y no tomar por aceptable lo que sabemos previamente que es el mal menor, es decir, un fracaso.

Creo que no es sólo legítimo sino un deber moral exigir a la izquierda que recupere radicalidad y contundencia. Es necesaria ahora que el neoliberalismo arrecia y la extrema derecha se une a él consiguiendo entre ambos una retroalimentación más que beneficiosa. Que traerá para ellos, tarde o temprano, mayorías estables si todo sigue igual.

Por eso, teniendo enfrente una amenaza tan notable, conviene no experimentar demasiado intentando descubrir la pólvora y no embaucarse con proyectos cuyo éxito nace muerto. Conviene profundizar en lo que ya ha dado resultado y mejorarlo, mejorarlo mucho, someterlo a examen exhaustivo, pero no abandonarlo, porque no tenemos nada mejor. Esa mejora ha de ser radical y profunda. Pero la receta ha de ser esencialmente la misma: sindicalismo y militancia nítidamente de izquierda, sin florituras, sin absurdos, sin la trampa de la transversalidad en un mundo de dos clases nítidamente opuestas y diferenciadas: la opresora y la oprimida. Sólo conseguirá el éxito una militancia consciente, que lee a Marx, a Lenin, a Zetkin, a Kollontai, que está al tanto de la polémica con Kautsky y que de ella obtendrá argumentos suficientes para denunciar la trampa de la moderación de la izquierda. Militancia que lee, que lee mucho, que investiga, que pone al marxismo en relación con el feminismo, que rastrea la Historia para ver qué funcionó, qué no y mejorarlo. Militancia que lee para decirle a todo el mundo que es socialista y por qué lo es.

La estrategia de no llamarse socialista o comunista (ambos en el sentido marxista: colectivizar, estatalizar la propiedad privada de los medios de producción) para no asustar es una estupidez supina. Hay que convencer con argumentos, con datos, con explicaciones sólidas –de todo ello tenemos un cuanto– y con ejemplo de coherencia y honradez irreductible. No disimular la radicalidad intelectual y militante es indispensable. También resulta imprescindible militancia que se afilie a sindicatos para demostrar fuerza en número y en convicciones. ¿Que muchos sindicatos se han aburguesado? De acuerdo. Pero conviene no contribuir a reducirlos a la insignificancia para que tengan la justificación oportuna para seguir derechizándose; vayamos a su puerta, exijámosles coherencia, rotundidad y lucha por y para la clase obrera. Lo mismo con los partidos de izquierda.

Quizá convenga exigirles radicalidad y unidad, pero unidad sólo entre lo que sea igual o muy parecido, entre lo claramente de izquierda. Y entre tanto luchar con lo poco que hay, por malo que sea: no desmovilizarse, no abstenerse. Es mejor poner parches a los muros desgastados que contienen la injusticia mientras se construyen otros nuevos y más sólidos que derruirlos para que la derecha pase y arrase con lo que queda. Pero no sólo eso, claro. Esto es sólo el primer peldaño. Porque la verdadera lucha está en lo único que es de nuestra posesión: nuestra fuerza de trabajo. Huelgas. Pero huelgas de verdad. Huelgas largas. No de un día, ni de unas horas. Huelgas hasta conseguir objetivos dignos.

No hay nadie que no pueda permitirse una huelga. Nadie. Pero sí muchos millones que no pueden permitirse no hacerla. Mejor pasar hambre un mes que toda una vida. La receta ha de ser esta: que vuelvan las Casas del pueblo, que vuelvan los sindicatos a recorrer fábrica a fábrica, puesto a puesto de trabajo, que se comprometan proletario a proletario, sin desistir. Manifestaciones, mítines, afiliación sindical exigente y crítica. Decantarse por formaciones de nítida izquierda, exigir a sus líderes claridad y contundencia. No hay otra receta. O esto o Vox. O esto o el PP. O esto o Ciudadanos. O esto o Trump. O esto o Salvini. O esto o Le Pen. O izquierda republicana y feminista o el fascismo. Nada nuevo. A ver si para la próxima llegamos escarmentados.

Es decir, nada nuevo: ¡Proletari@s del mundo, uníos!

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1 Comentario

  1. la izda no ha muerto salvo para quien qiere que se muera a base de repetir que no hacen nada por ls obreros como sifuese cierto solo de repetirlo y repetirlo…
    Por ls obreros va a hacer el PP.-Vx C$ ? montan crisis, se suben susledos ns bajan ls demas,
    rescatan ricos privatizan, arruinarn el campo, ns cuecen a impuestos salvo a ls ricos, etc etc etc

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