La crisis ocasionada por la pandemia del COVID-19, tanto sanitaria como socioeconómica, ha puesto en evidencia, entre otras cosas, las diferencias económicas en la sociedad española, lo cierto es que en toda Europa queda claro que los ricos y los pobres, una vez más, no sufren de la misma manera las vicisitudes. El ejemplo en España, que ha cruzado fronteras y es publicado en la prensa internacional, es José María Aznar y, su esposa, Ana Botella.

El New York Times se hace eco de la “escapada” del expresidente del Gobierno, José María Aznar, “que hizo las maletas para su villa de vacaciones en Marbella, un famoso complejo turístico en el Mediterráneo, dejando Madrid el mismo día que la capital cerró todas las escuelas y universidades. La medida alimentó la ira en las redes sociales, así como las llamadas para monitorear a Aznar y encerrarlo dentro de su villa” publica el diario neoyorkino.

En Francia y en toda Europa, los habitantes ricos de las ciudades escapan de los epicentros del COVID-19 a sus segundas residencias, donde la proximidad del mar o las montañas disminuye la incomodidad del confinamiento y permite el trabajo remoto.

Este huída, precisamente de los que presumen de patriotas, al margen de dar una espantosa imagen, que también, es una medida irresponsable y carente de empatía con los “pobres mortales” ante la posibilidad nada remota, de poder propagar el virus a zonas con pocos hospitales para manejar un aumento de los enfermos, poniendo en mayor riesgo a los residentes locales que tienden a ser mayores y tienen ingresos limitados.

Frente a esta cobarde actitud del poderoso matrimonio Aznar y algunos otros poderosos “patriotas”, están los ciudadanos de a pie, la grandísima mayoría, que, confinados en espacios reducidos, cumpliendo, en su mayoría, las medidas que el Gobierno aplica por seguridad de todos además de ver, desde sus casas que cómo se pone en peligro, vida, trabajo y futuro.

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