domingo, 28noviembre, 2021
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“La intolerancia está ganando adeptos a pasos de gigante, y no solo en España”

Mario Cuenca Sandoval refleja en LUX en toda su dimensión un presente que supura demasiada bilis como para no mancharse por mucho que intentemos evitarlo

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En la historia de la literatura hay ucronías y ucronías, más o menos tangenciales con la realidad que les circunda a sus autores. Pero LUX (Seix Barral), la nueva novela de Mario Cuenca Sandoval (Barcelona, 1975), no se anda con chiquitas ni rodeos y toca en su plena dimensión posible un presente que supura demasiada bilis como para no mancharse por mucho que intentemos evitarlo. Ese runrún de intolerancia, agresividad y mensajes enrocados en los instintos más primarios de la noche de los tiempos es el hilo conductor que lleva a Cuenca Sandoval a plantear la historia de Marcelo Mosén, un hombre que toca fondo personal en su trayectoria vital al tiempo que también todo un país hace lo propio tras salir de la pandemia. El odio que supura el discurso populista de una nueva formación, LUX, pondrá el resto…

¿Quién dijo que la literatura no debía implicarse con un compromiso ético abordando la realidad más mundana y cercana?

Yo creo que cualquier discurso literario se realiza desde un posicionamiento ético, por cuanto extrae conclusiones sobre lo que somos, lo que podríamos llegar a ser, sobre lo repudiable y lo deseable. En LUX he intentado extraer las consecuencias más radicales de cierto clima, cierto estado emocional colectivo de ira y resentimiento que se presenta al comienzo de la novela y del que creo que no andamos demasiado lejos; quiero decir: no es que ese clima nos aguarde en nuestro futuro inmediato, es que está en un mundo paralelo no demasiado alejado al nuestro, y en un país que se parece mucho al nuestro y que también se llama España. Por eso creo que el relato nos interpela de una forma tan directa, porque habla de nosotros, de aquello en lo que podríamos convertirnos.

¿Cuándo tuvo la necesidad de novelar sobre el auge de la extrema derecha en la sociedad?

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Supongo que en el origen de la novela está la perplejidad ante el avance de los discursos y de los “modales” de una nueva derecha a la que algunos llaman “fascismo de baja resolución”, una especie de versión democrática y no totalitaria del fascismo que dice alzar su voz precisamente en nombre de la libertad y la democracia. La perplejidad y también el desasosiego que provoca el blanqueamiento de prejuicios contra colectivos tradicionalmente discriminados, como si ellos fueran los verdugos y no las víctimas. Mi impresión es que la intolerancia está ganando adeptos a pasos de gigante, y no solo en España.

“El odio necesita objetivos de carne y hueso, y en la novela son los homosexuales y transexuales, los inmigrantes, las ‘mujeres histéricas’…”

¿Por qué el odio se vende bien y se compra aún mejor?

Supongo que lo que se vende y compra bien es un discurso que permite ponerte en paz con tus miedos e iras, con las trazas de xenofobia, de clasismo… que hay en todos nosotros. Es lo que le sucede a Marcelo, el protagonista de la novela: LUX le ofrece una explicación sencilla, y en términos conspirativos, de su tragedia personal y de la tragedia de todo un país. Le dice que está bien detestar a los que considera detestables, que no debe experimentar ningún complejo por sentir lo que siente. Y Marcelo mismo es consciente de que resulta muy difícil dirigir la indignación contra realidades abstractas, organismos internacionales, en definitiva: contra el sistema. El odio necesita objetivos de carne y hueso, y en la novela son los homosexuales y transexuales, los inmigrantes, las ‘mujeres histéricas’…

¿Por qué cuesta tanto llamar fascismo o neofascismo a esta política xenófoba, machista, homófoba y defensora de dictaduras que practican formaciones bajo el paraguas de la legalidad vigente?

La palabra fascismo no se menciona en todo el libro. Fue una de las premisas que asumí antes de empezar la composición de la novela: escribir sobre el fascismo sin mencionar este fenómeno, escribir un libro más bien sobre los preámbulos del fascismo. El problema es que, al utilizar esta categoría, reconocemos la herencia genética de estas nuevas formaciones, sus raíces profundas, pero no tanto lo que tienen de novedoso, sus mutaciones. Si nos limitamos a llamar fascistas a los militantes de Vox, o del Frente Nacional en Francia, o de Alternativa por Alemania, no solo cometemos una burda generalización sino que oscurecemos lo que de novedoso tienen estos grupos, si bien es cierto que algunos de ellos acogen en su seno a agrupaciones de neonazis que encajarían en la noción tradicional de “fascismo”.

¿Por qué sus tesis son abrazadas sin contemplaciones y a primera vista por ciudadanos de clase media-baja que tienen mucho más que perder que ganar con su aplicación en la vida real?

Una de las razones, creo, es que la izquierda no está sabiendo responder a las inquietudes que generan fenómenos como la inmigración, o a las consecuencias de la globalización económica sobre el empleo y sobre el nivel de vida de los ciudadanos. Entender estos fenómenos requiere amplitud de miras. Tanto los procesos migratorios como la economía en la era de la información son complejos y las teorías de la conspiración ofrecen una explicación muy simple, identifican a culpables concretos (las élites políticas y económicas, las mafias que trafican con inmigrantes, la acción de magnates internacionales…), fijan la atención sobre individuos a los que se puede culpar, y no sobre el sistema, como te decía antes. Otra forma de resolver esa complejidad es reducirlo todo a la polarización entre “ellos” frente a “nosotros”, lo que al mismo tiempo refuerza el sentimiento de pertenencia a una comunidad, en este caso un sentimiento nacionalista extremo: los buenos españoles frente a los demás.

¿No tiene la democracia resortes para evitar que este populismo ramplón atrape a las masas y vuelva a convertirse en una reedición de desagradables experiencias históricas no tan lejanas en el tiempo?

El periodismo y la educación son dos herramientas clave para contrarrestar el populismo de todo signo. Son dos instituciones que pueden contribuir al desmantelamiento de la maraña de tergiversaciones históricas, noticias falsas y falacias argumentativas que el populismo pone en circulación y viraliza con enorme facilidad. La democracia necesita de ciudadanos autónomos capaces de detectar todos estos elementos que enturbian el debate público, porque es imposible tomar decisiones racionales, escoger una u otra opción política, tomando como premisa la subinformación.

“Lo que se vende y compra bien es un discurso que permite ponerte en paz con tus miedos e iras, con las trazas de xenofobia, de clasismo… que hay en todos nosotros”

Cuando el protagonista de LUX repasa los aspectos más sobresalientes de su declive personal, en paralelo a la crisis que vive su país, ¿qué conclusión principal extrae de su deriva?

Marcelo Mosén, contra el tópico de una ultraderecha de personas iletradas, es un hombre culto e inteligente, un profesor de derecho que será arrastrado por su pendiente deslizante personal. Una serie de circunstancias lo conducirán al resentimiento, y toda su labor será justificar su resentimiento, volverlo legítimo. Nadie quiere sentir esa escisión, esa contradicción entre sus ideas y sus sentimientos, esa especie de disonancia. Y por eso Marcelo necesita ponerse en paz con su ira, su resentimiento, su rencor. Por otra parte, es un hombre que se describe a sí mismo como “sensible a la belleza», y tiene la percepción de que no es ya su vida sino el mundo entero el que se está desmoronando, un mundo de valores y de modales en declive. Para él, LUX aparece como la curación de todos estos males, individuales y colectivos.

Como en cualquier religión, donde la fe se presupone anterior al nacimiento de sus instituciones, ¿qué fue antes en el pensamiento neofascista: la irrupción de LUX o el descontento ciudadano generalizado que se abraza a estas siglas como si de un dios salvador se tratara?

La novela arranca con una cita de Céline: “En el principio fue la emoción”. Los grupúsculos de extrema derecha ya existían, pero eran minoritarios y residuales, y la adhesión masiva a LUX, que conduce a la formación hasta el gobierno del país, se debe a una gigantesca ola emocional que mezcla la ira, el sentimiento de humillación y la esperanza en partes iguales. LUX alcanza el poder capitalizando todos estos sentimientos y presentándose contra la única cura posible para el país, los únicos capaces de romper las reglas del juego, cosa que no están dispuestos a hacer los partidos tradicionales.

Como cualquier populismo que se precie, ¿tienen estas corrientes políticas extremas los días contados, igual que nacen mueren sin más, más pronto que tarde, o dejan un rastro de desolación a su paso?

Me temo que el populismo no es un rasgo exclusivo de estas o aquellas formaciones, sino un ingrediente con cada vez mayor presencia en la vida pública. Estamos viendo cómo incluso los partidos tradicionales adoptan propuestas, estilos de comunicación y modales populistas. Y tienen en sus propias filas a representantes tan o más populistas que los de partidos de nueva creación, a los que se les cuelga habitualmente el epíteto de populistas. Cierto que este peligro está en los orígenes de la democracia, y que ya Aristóteles distinguió entre la democracia y la demagogia, pero en nuestro tiempo disponemos de herramientas (las redes sociales) que se han convertido en una especie de turbina del populismo.

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