La inteligencia no se consigue, se practica. Las titulaciones otorgadas no indican, en ningún caso, ni en el anverso o en el reverso, ni en letra pequeña o grande, ni en una esquina o en el centro, que se haya atrapado la inteligencia, que uno sea dueña de ella tras adquirir dicha titulación, ni tampoco que, gracias a dicha titulación se vaya a adquirir en el futuro. La inteligencia, digo.

Dicho papelito propone que se tiene unos conocimientos, adquiridos durante años o meses. Solo eso, ni siquiera que se sepan gestionar dichos conocimientos. Todo es más complejo, solo el narcisismo y mirarse el ombligo continuamente es más fácil. Todo esto deberíamos de educarlo, mostrarlo. Las nuevas generaciones deben ser mejores, llevar el pensamiento más allá, entender que la inteligencia es una práctica constante, mientras que la titulación otorgada es un pauta obligada, una moneda de cambio necesaria en el sistema en el que reside la humanidad.

Tampoco, por otro lado, ninguna titulación otorgada nos redime de los errores. Estamos constantemente al borde de ellos. Los errores son el fundamento cotidiano de un enjambre de situaciones que constantemente nos abordan, y de ello, nadie nos redime. Nadie está exento. El verdadero error, sin embargo, se asienta y se acomoda en otros estantes. La creencia ciega y absurda de que toda titulación académica fundamenta, tras su logro, la consecución del hallazgo de la inteligencia, y de la innecesaria práctica de la misma a partir de ese instante.

La inteligencia es una práctica necesaria que nos encumbra a nosotros mismos, no nos encumbra ante los demás, y ese es otro error. El narcisismo siempre es un error. Nos encontramos en la inteligencia cuando la practicamos, y de esa práctica constante alcanzamos paisajes y miradas a los que es muy difícil llegar sin una asiduidad prolongada. La inteligencia nos fortalece, obvia toda evidencia y nos saca del letargo que disponen los días repetidos y la sociedad en que residimos. La práctica de la inteligencia es una variable que siempre va en aumento, y parece que no damos cuenta de ello.

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Escritor. En el 2003 publica el entrevero literario “El dilema de la vida insinúa una alarma infinita”, donde excomulga la muerte a través de relatos cortos y poemas, todas las muertes, la muerte del instante, la del cuerpo y la de la mente. Dos años más tarde, en 2005, sale a la luz su primera novela, “El albur de los átomos”. En ella arrastra al lector a un mundo irracional de casualidades y coincidencias a través de sus personajes, donde la duda increpa y aturde sobre si en verdad somos dueños de los instantes de nuestra vida, o los acontecimientos poco a poco van mudando nuestro lugar hasta procurarnos otro. En 2011 publica su segunda novela, “Historia de una fotografía”, donde viaja al interior del ser humano, se sumerge y explora los espacios físicos y morales a lo largo de un relato dividido en tres bloques. El hombre es el enemigo del propio hombre, y la vida la única posibilidad, todo se articula en base a esta idea. A partir de estas fechas comienza a colaborar con artículos de opinión en diferentes periódicos y revistas, en algunos casos de manera esporádica y en otros de forma periódica. “Vieja melodía del mundo”, es su tercera novela, publicada en 2013, y traza a través de la hecatombe de sucesos que van originándose en los miembros de una familia a lo largo de mediados y finales del siglo XX, la ruindad del ser humano. La envidia y los celos son una discapacidad intelectual de nuestra especie, indica el autor en una entrevista concedida a Onda Radio Madrid. “La ciudad de Aletheia” es su nuevo proyecto literario, en el cual ha trabajado en los últimos cuatro años. Una novela que reflexiona sobre la actualidad social, sobre la condición humana y sobre el actual asentamiento de la especie humana: la ciudad. Todo ello narrado a través de la realidad que atropella a los personajes.

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