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La insoportable soledad del autónomo… y de todos

Guillem Tusell
Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."
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El autónomo es aquel trabajador que se responsabiliza a sí mismo de su fuente de ingresos. Un asalariado, comparte esta responsabilidad entre él (su esfuerzo, su rendimiento) con la empresa que le contrata. Un funcionario, la comparte con el Estado, gobierno autónomo o institución pública que lo contrata. Pero esto no es exactamente así. Por un lado, porque hay autónomos que lo son por obligación, y dependen básicamente de una sola empresa, la cual los fuerza a hacerse totalmente responsables cuando no es así. Ahora se les llama “falsos autónomos”, pero han existido siempre. Por otro lado, la responsabilidad de los “verdaderos” autónomos, requiere de unas condiciones externas (donde ejerce su libertad de movimiento y de decisiones laborales) que le permiten soportar esta misma responsabilidad en solitario. Es decir, un pintor puede trabajar más horas pintando más techos y paredes; un comerciante puede modificar precios o innovar (unas tapas diferentes en un bar) para atraer a más clientes; un guía turístico puede dedicar horas libres a formarse para aportar un plus a sus explicaciones y ser mejor profesional. Etcétera. A día de hoy, las condiciones externas que posibilitan al autónomo hacerse responsable de su economía, no se dan. Recluido en su casa, si no es de los pocos que pueden adaptarse al teletrabajo, ha perdido toda su autonomía. Ya nos es autónomo, es dependiente de un vacío inmenso.

El autónomo, ha perdido sus fuentes de ingresos; no obstante, no puede cerrar el grifo de los gastos: desde el alquiler de un local, las letras de un coche necesario o de créditos para una Pyme, hasta los gastos ligados a la vida familiar y que son subsidiarios de su vida laboral (hipoteca o alquiler, gastos de alimentación, energía de la vivienda, etcétera).

Es cierto que algunos sectores, el día que acabe el estado de alarma, empezarán a facturar, ni que sea tímidamente. Pero hay bastantes sectores que no, que cuando la gente empiece a normalizar sus vidas, todavía estarán sin ingresos, necesitando hasta dos o tres meses para que todo regrese a la normalidad. Estos últimos, todavía serán más invisibles. Todavía estarán más solos.

Los autónomos, al apoyarse enteramente en la singularidad de cada individuo, son muy diversos, con muy diferentes necesidades cuando las condiciones externas son las normales.

Por ello, usualmente van por libre, y la debilidad que ello comporta implica que su problemática esté, la mayoría de las veces, desatendida por los gobernantes (por ejemplo, pagar las cuotas de la SS en función de los días trabajados). Ahora, que la condición externa es la misma para todos, se unen en la desgracia.

Los gobernantes han salido en los medios a ofrecernos grandes discursos, algunos con un paternalismo entre churchillista y castrista. Con cierta solemnidad, han hablado de ayudas a la población. Pero los autónomos van como locos leyendo la letra de los decretos ley, llamando a sus gestores, para intentar dilucidar qué es exactamente lo que van a percibir… y durante cuánto tiempo.

Muchos autónomos de los sectores relacionados con el turismo (bastante importante en este país) empiezan a plantearse si, una vez pasado el estado de alarma, la temporada turística de este año va a existir. Una vez perdida parte de la primavera y Semana Santa, ¿habrá trabajo durante la temporada turística? ¿Se atreverá a venir algún extranjero si España acaba batiendo el récord europeo de coronavirus? ¿Hay alguien ahí arriba que mire a medio plazo? ¿Que tenga en cuenta una gran cantidad de personas que sobrevive en otoño e invierno gracias a la temporada turística anterior?

Uno puede entender (hasta cierto punto) la improvisación en la reacción sanitaria. Como mínimo, aplicando el “mal de muchos”: como vamos viendo, casi todos los países improvisan. Pero es inexcusable que se improvise o no se tenga en cuenta el panorama laboral, en este caso, de los autónomos (pero el mundo laboral es más ancho), a medio plazo, para de aquí unos meses. La reacción sanitaria no tiene porqué obviar que habrá un después.

Por favor, ¿pueden dejar de meternos en la pantalla soldaditos de plomo (“sin novedad en el frente”), dejar a un lado las proclamas patrióticas del “unidos, venceremos”, abandonar el tono paternalista del sentirse “orgulloso de este pueblo”? ¿Pueden dedicarse a comparecencias cortas y técnicas, científicas, sin militares ni guerras, y empezar a hablar de cómo se enfocará el próximo futuro? “Unidos”, cómo gusta para levantar la alfombra y meterlo todo debajo. Los autónomos no están unidos a nada salvo a las condiciones externas. Si estas se rompen y desaparecen, están solos. Solos. Y si los miles y miles de autónomos quiebran, no solamente quiebran familias enteras, sino parte del motor económico de este país.

La mayoría de las propuestas del Estado, son avales, poco más. ¿Tal vez será que el Estado no tiene dinero suficiente para hacer frente a todo ello? Pero, en el caso que fuera así, y ni que sea por una vez, ¿no se puede sacar dinero del presupuesto de defensa? Porque aparte de los Jemads y variaciones orgullosas de sí mismas, desinfectar un aeropuerto lo podrían hacer gentes contratadas. Y si prescindimos de algunos cazas, no se acaba el mundo. ¿Se pueden reducir los salarios de los altos funcionarios? ¿Reducir las subvenciones a partidos políticos? ¿No se puede quitar la asignación de la Casa Real ahora que ya sabemos que disponen de fondos libres de impuestos en el extranjero? (Pido perdón de esta última desconsideración a los directores de los periódicos de Madrid, El País, ABC, La Razón, El Mundo, que hoy, 27 de marzo, todos, se han sincronizado colocando al rey en portada, como si este señor fuera a salvarnos de algo). Sigamos, ¿se puede recuperar una parte del rescate bancario, ahora que los bancos ya tenían beneficios y sueldos millonarios sus dirigentes? ¿O vamos a ir viendo cómo se improvisa sobre la marcha?

A lo largo de todo el país, a las 20h, mucha gente sale a los balcones y aplaude a los sanitarios. Políticos y medios, los llaman “héroes”. No se ofendan, pero no son héroes y debería darnos algo de vergüenza si estos aplausos sólo son una válvula de escape. Y esto lo veremos con el tiempo. Pero ahora, mientras tanto, no son héroes: son seres humanos haciendo lo mejor que pueden su trabajo en unas condiciones que ahora, y sólo ahora, la sociedad entiende precarias. Y esto es muy superior a ser un héroe. Pero sus condiciones no son precarias porque sí, sino porque así lo decidió la ciudadanía votando a partidos que destinaban nuestros impuestos a otros menesteres, y a hacer negocio, unos pocos elegidos, con ello. Los sanitarios, cada una de estas personas, también está sola y desprotegida ante el virus, porque así lo permitimos hace años, partícipes de una deficiencia de inversión que solamente ahora cobra relevancia. Como la poca inversión en educación que, algún día, también nos pasará factura (a no ser que ya esté relacionada con esta factura que pagamos hoy mismo: utilizar el voto como un látigo masoquista y dañarnos la propia espalda).

No, no hay ninguna guerra, ni siquiera una guerra metafórica: hay un virus que tiene un bajo porcentaje de mortalidad, pero una gran capacidad de expansión. Aunque la poca explicación sobre las causas de tantos muertos en Italia y España nos hagan dudar de ello, y tal vez una extensión de los test amplificaría el número de infectados poniendo en su lugar la estadística de muertes. Llamarlo guerra solamente permite chorradas como decir que “el rey, es el primer soldado”, y para que la prensa nacionalista de Madrid salive un rato. Lo que ocurre, es que esta rápida expansión pone en duda la eficiencia de nuestro sistema sanitario, pone en duda la solidez de nuestro sistema económico, pone en duda la escala de valores de los partidos que se votan, pone en duda si el sistema debe servir a los ciudadanos o servirse de ellos para el beneficio de unos pocos. Mejor colgar una bandera, la foto del rey, un militar con medallas y gritar “unidos, venceremos”. Aplaudan.

En <<El Tratado de Saber Vivir…>> de Raoul Vaneigem (fíjense en lugar y fecha: Paris, 1967), el autor, dice: <<la economía no cesa de empujarnos a consumir más y más, a consumir sin tregua; el cambio de ilusión a un ritmo acelerado disuelve poco a poco la ilusión del cambio. Uno se encuentra solo, sin haber cambiado, congelado en el vacío producido por una cascada de gadgets>>. Han pasado más de 50 años, pero lo refiero porque se oyen y leen algunos pensamientos que señalan el confinamiento como una oportunidad de cambio. Algunos otros, van más allá y aseveran que vamos a salir de este confinamiento “diferentes”. ¿Alguno piensa, de verdad, que el sistema va a permitirlo? ¿Ven una indignación “efectiva” en el resultado de los recortes sociales, o ven resignación? ¿Creen que a la Casa Real le preocupa la cacerolada de un día? ¿Creen que los medios de la derecha y del statu quo piensan que van a salir diferentes de sus casas?

La vorágine consumista reinará de nuevo si las personas piensan que las cosas cambiarán solas, o si creen que pueden cambiar ellos mismos y nadie más. Los políticos del establishment están encantados diciéndonos que lo hacemos muy bien, incluso nos dan las gracias a menudo, se sienten “orgullosos” de nosotros (de los españoles, de los catalanes, de los franceses, de los americanos, por favor…). Están entusiasmados con nuestra inacción, de que confundamos confinamiento con silencio, obediencia necesaria por solidaria con sumisión. Están esperanzados que todo indique que no va a pasar nada. Y, con la crisis económica que va a venir (de la cual, el virus será el chivo expiatorio de todos los males), si los ciudadanos no bogamos hacia un cambio de sistema, si esto no se traslada en una reclamación mediante manifestaciones, desobediencias, pero, sobre todo, votos… ¿no será que tenemos lo que nos merecemos? ¿No será que nos resignamos a que este sea el único sistema posible? Cada sociedad construye sus líderes a imagen y semejanza de su propia caricatura, tal vez por ello, estos líderes semejan más un personaje de guiñol que un ser humano verdadero.

Nos dicen que <<este virus, lo vencemos unidos>>. Pero vemos que, en la “Unión” Europea, todo es desunión. Vemos que, a escala nacional, no cesan los politiqueos de una oposición que actúa como buitres… y un gobierno que intenta que desaparezca la crítica constructiva usando la unión cuasi-militar ante una guerra que no es tal. Un gobierno que no permite preguntas en directo de los periodistas cuando es técnicamente posible, algo que debería hacernos pensar si la situación justifica la constricción del derecho a ser informado, del derecho a realizar preguntas incómodas. Ah, claro, si estamos en guerra, sí. Cuidado si un día ya solamente salen militares en las comparecencias (¿del gobierno?), que igual les llaman a filas.

La política neoliberal que se hizo un hueco para, luego, extenderse por todos los países, nos hablaba con desprecio del “Papá Estado”, trampa en la que cayó la sociedad permitiendo que unos pocos se enriquecieran de este mismo Estado (recuerden las privatizaciones de las empresas públicas rentables, empezadas por Felipe González, pero llevadas al máximo por Aznar, permitiéndole un falso “milagro económico”). Ahora, que tanta gente necesita que este Estado les proteja, les ayude, les cuide, que sea “Papá”, deberían recordar que, con anterioridad, es necesario protegerlo, ayudarlo y cuidarlo como a un “hijo”. Y eso es lo que no se hizo. Se abandonó el Estado, entendido como la mano ejecutiva del conjunto de ciudadanos, dejándolo a merced del enriquecimiento de unos pocos. Y se dejó a la UE a merced del mercado y de las finanzas, por encima de los ciudadanos europeos. ¿Alguien recuerda la insolidaridad de todos nosotros con Grecia? Los griegos deben alucinar, sonreír o llorar, al ver la indignación de Italia y España con el resto de Europa. ¿Tenemos más derechos que los griegos?

No se me enfaden, pero los ciudadanos somos responsables: hay alternativas y, si pensamos que no las hay, debemos crearlas. Jamás la población mayoritaria tuvo tantas capacidades. Pensar que no somos responsables, que el único responsable es el gobierno de turno, nos hará cada vez menos libres. Tal vez, no confinados en nuestras casas, pero sí confinados a consumir continuamente como única posibilidad. Y, así, hasta consumirnos como sociedad ante la sonrisa de los dirigentes que nos merecemos. Los incompetentes, tal vez seamos nosotros.

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