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La insoportabilidad de Cuelgamuros

Francisco Javier López Martín
nací en la Sierra de Madrid, en Collado Mediano. Licenciado en Geografía e Historia. Maestro en la enseñanza pública. Ha sido Secretario General de CCOO de Madrid entre 2000 y 2013 y Secretario de Formación de la Confederación de CCOO. Como escritor ha ganado más de 15 premios literarios y ha publicado el libro El Madrid del Primero de Mayo, el poemario La Tierra de los Nadie y recientemente Cuentos en la Tierra de los Nadie. Articulista habitual en diversos medios de comunicación.
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Me asomaba a la pequeña terraza. Al fondo, a la derecha, una cruz se alzaba en el horizonte de la Sierra. Ha formado parte del paisaje de mi infancia y la infancia es la única patria reconocible. Así están las cosas. Así son si así os parecen.

No quiero decir que me parezca mal hacer caso a Gibson y realizar una voladura controlada. Ya he perdido muchos paisajes que vienen de las nieves de mi infancia,

-Los lobos han bajado esta noche, entre la nieve y han matado unas vacas en la dehesa,

La dehesa boyal, la de todo el pueblo, fue vendida hace muchos años a los constructores y ahora hay un montón de chalets sobre el pasto del ganado. Los lobos desaparecieron, luego han vuelto, pero no bajan por el momento hasta las urbanizaciones.

Santos Juliá pontifica que sólo las ruinas del monumento serían dignas de perdurar, como simbólicos despojos de la dictadura. La dictadura franquista, en realidad, nunca estuvo en ruinas. Como no lo estuvieron nunca las dictaduras comunistas del Este de Europa. Los viejos ricos siguieron siendo ricos y asimilaron, mediante la utilización de abundantes puertas giratorias, a muchos de los nuevos políticos democráticos que acabaron sentados en sus viejos consejos de administración, como nuevos ricos.

Los pobres corrieron la misma suerte de siempre y desde entonces siguen preparándose para desempeñar el papel de víctimas de uno u otro bando, cuando las guerras civiles vuelvan a declararse, aunque sean menos cruentas, más controladas, acotadas en el tiempo y en el espacio, más a la catalana.

Y añade el prestigiado profesor que los fusilados, una vez identificados, deben ser entregados a sus familias para ser enterrados dignamente donde ellos decidan. El problema es que muchos de esos asesinados se han fundido con la estructura del monumento, porque el monumento, en sí mismo, es un inmenso osario.

Baltasar Garzón parece que quisiera mantener el túmulo funerario y convertirlo en otra cosa completamente distinta a lo que ha sido. A lo que sigue siendo. No lo sé. Puede ser buena idea y la he defendido en alguna ocasión. Convertir el Valle de los Caídos en un gigantesco memorial contra las dictaduras.

Allí, en Cuelgamuros, entre arroyos, hayas, tejos, fresnos, granito, pinos, jaras, algunas encinas, enebros, retamas, helechos. Un cenotafio rodeado por algún que otro zorro, no pocos jabalíes, corzos, ardillas y toda clase de aves, del águila al zorzal y del halcón peregrino al papamoscas.

Un lugar laico para el encuentro de las ideas. Conferencias, exposiciones, congresos, bibliotecas, muestras de cine, teatro, centros de investigación, residencias. Pero no sé. No sé si aún es posible. Me gustaría, bien es cierto, no os engaño, pero ya no sé si tan siquiera es buena idea.

Sí tengo claro que el déspota tenía que abandonar aquel agujero. Era cruel para él y para sus víctimas, mantener allí al dictador, al que jocosamente el pueblo llamó Paco el Rana por su desmedida ambición de saltar de inauguración en inauguración, de pantano en pantano. Al que León Felipe denominó sapo Iscariote y ladrón. Nada de rana, sapo, traidor como el Iscariote Judas, y ladrón como todo el que roba la libertad, la subsistencia y la vida a su pueblo.

Hay que imaginar cada noche, bajo aquella cruz, a la luz de la luna y tras las enormes estatuas de Juan de Ávalos, en el campo de batalla de la enorme basílica construida con materiales humanos, un nuevo alzamiento, una nueva guerra civil, una discordia prolongada durante 44 años más allá de la muerte del tirano.

La muerte, fallecer, morir. Es mucho decir. Nadie lo sabe. Nunca se sabe. He visto morir a alguna gente, cada vez con más frecuencia, más cerca. No sé,

-Se está muriendo gente que antes no se moría

Y no me pidáis que os asegure de quién es la frase. La he visto atribuida al mitológico y legendario filósofo de Güemes, a Paulo Coelho y hasta en algún momento no sé bien si a Buñuel, o a Hemingway. A los dos les encaja bien.

Han pasado ochenta años desde que las tropas franquistas tomaron Madrid y dieron por concluida la Guerra Civil,

-En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.

Punto y final. Los muertos al hoyo de la basílica escavada en la roca de Cuelgamuros. Los vivos al bollo triunfal del negocio del estraperlo y a la ruina de los vencidos. De espaldas a la muerte, en una fratricida y suicida negación de la vida.

-Para los vivos, los muertos son únicamente aquellos que vivieron; mas en su propia gran colectividad los muertos ya incluyen a los vivos.

Berger de nuevo ayudándonos a entender, intuir al menos, que la guerra nunca terminará, los vivos nunca podremos reconciliarnos con nuestra propia vida, ni afrontar con dignidad nuestra propia muerte, los muertos nunca descansarán en paz, mientras no aprendamos a escuchar sus voces, entender sus lamentos, conjurar sus sufrimientos, aprender de sus errores, repudiar la barbarie desencadenada, recuperar sus mejores sueños de libertad.

Para esta tarea, el tirano en su mausoleo era ya insoportable.

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