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La inmersión lingüística en Cataluña

Jordi Sedó
Filólogo y maestro. Su formación es fundamentalmente lingüística. Domina siete idiomas y, profesionalmente, se ha dedicado a la enseñanza, a la sociolingüística y a la lingüística. Se inició en la docencia en un centro suizo y, posteriormente, ejerció en diferentes localidades de Cataluña. Hoy, ya jubilado de las aulas, se dedica a escribir, mayormente libros y artículos periodísticos, da conferencias y es el juez de paz de la localidad donde reside. Su obra escrita abarca los campos de la lingüística, la sociolingüística, la educación y el comentario político. También ha escrito varios libros de narrativa.
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No voy a entrar en si es o no pertinente obligar a una escuela de Cataluña a impartir un determinado porcentaje de clases en castellano, una lengua que, según afirmó solemnemente el rey emérito, nunca fue de imposición. En decisiones judiciales como la que recientemente obliga a una escuela de la provincia de Barcelona a hacerlo vemos que sí lo ha sido, que lo es y que me temo que continuará siéndolo.

En este artículo, sin embargo, quiero centrarme exclusivamente en por qué Cataluña necesita imperiosamente aplicar el modelo de inmersión y hacerlo además con mucho más rigor del que ha mostrado en las dos últimas décadas, independientemente de que ello no deba impedir que se enseñe también el castellano.

Y me voy a remontar al siglo pasado, cuando, en los primeros años ochenta, se tomó la decisión de optar por un modelo de escuela única que no discriminara a los alumnos por razón de lengua. Resulta que la experiencia comenzó a tomar forma en una ciudad muy próxima a Barcelona, Santa Coloma de Gramenet, donde residía y reside aún hoy un porcentaje altísimo de población inmigrada (alrededor del 50%) i donde el uso del castellano es absolutamente dominante puesto que incluso muchos de los que habían nacido en esa ciudad lo tenían y lo tienen aún hoy como lengua primera.

El consenso fue absoluto. Todo el mundo, inmigrante o no, vio con claridad meridiana que, cuando una persona va a una tierra donde se habla otro idioma, lo lógico es aprenderlo. En primer lugar, por interés propio, por un sentido práctico, para poder comunicarse con los vecinos en igualdad de condiciones con los demás; y, en segundo lugar, por un elemental sentido de la educación y el civismo, que parece aconsejar que, cuando te vas de tu casa a otra tierra, no puedes pretender que los ciudadanos que te acogen asuman tus costumbres y dejen de practicar las suyas porque has llegado tú, sino que lo más normal es que seas tú quien, de manera progresiva, vaya adaptándose a las suyas. Lo que no quiere decir, en absoluto, que tengas que renunciar a tu cultura, ni a tu lengua, ni a tus tradiciones. Es decir: a eso que tú les estás pidiendo que renuncien a los que te acogen si no te dignas a aprender su lengua y les obligas, así, a dejar de usar la suya cada vez que tengan que comunicarse contigo.

Así pues, los ciudadanos de Santa Coloma, llegados de todas partes de España y de fuera de ella, entendieron que lo mejor para sus hijos era darles las mismas posibilidades que a los autóctonos y quisieron que ellos también aprendieran catalán. ¿Pero cómo había que hacerlo en una sociedad como la de entonces, donde los autóctonos habíamos sido adiestrados a látigo por el régimen fascista anterior para expresarnos exclusivamente en castellano cada vez que necesitáramos hablar en público o con alguien que venía de fuera? Ese adiestramiento a la fuerza había creado entre los catalanohablantes el vicio de haber de renunciar a hablar catalán en cada una de estas ocasiones, por lo cual los catalanes habíamos adoptado la costumbre de usar siempre el castellano con los ciudadanos venidos de otras partes, incluso si éstos eran capaces de entendernos en catalán. Naturalmente, esta situación hacía muy difícil la integración de los castellanohablantes y se convino que la solución se podía dar a través de la escuela, máxima transmisora de conocimientos y lugar por el que obligatoriamente tenían que pasar todos los niños, que son siempre el futuro.

Así, el catalán se convertía en la lengua de la escuela y, a la vez, en una lengua de prestigio porque era de uso claramente preferente, aunque sólo fuera en el reducido ámbito escolar. De esta manera, los niños veían la importancia de aprender catalán. De otro modo, les era imposible porque muchos de ellos, en su reducido ámbito social, a menudo limitado exclusivamente a ciudadanos que no tenían el catalán como lengua de uso normal, no se veían jamás obligados a utilizarlo.

Pues bien, ese modelo, una vez comprobado que generaba adolescentes capaces de usar el catalán y el castellano, se fue exportando a todas las localidades de Cataluña y hasta recibió reconocimientos internacionales. Un modelo que, lejos de atentar contra los recién llegados como se quiere dar a entender torticeramente desde determinadas ideologías, les da la oportunidad de ponerse a la altura de los autóctonos para que, lo antes posible, puedan estar en condiciones de moverse con comodidad en cualquier ámbito, el laboral, el social, el estudiantil, el del deporte, el del ocio, etc.

¿Y por qué la inmersión prioriza el catalán como lengua de la educación? No es que se quiera echar el castellano de Cataluña. Ese sería un intento inútil y además injusto para los ciudadanos de Cataluña porque el conocimiento del castellano, igual que el del catalán, también suma y es un bien a preservar. Pero el castellano se aprende en la familia, en la calle y a través de los medios. Y se pule, se perfecciona y se enriquece en la escuela a través de la asignatura de lengua castellana como una de las básicas del currículo obligatorio. Todos los niños de Cataluña, sea cual sea su lengua primera, tienen contacto diario con el castellano, mientras que los niños no catalanohablantes pueden pasar días, semanas o meses sin escuchar una sola palabra en catalán en su ámbito familiar y social porque, fuera de la escuela, nadie les habla en esa lengua. Ni siquiera los autóctonos a causa del prejuicio ya referido. No digamos ya, si el niño, como sucede en muchos casos, vive en un barrio mayoritariamente castellanohablante… Y la razón es sencilla. La he esbozado algunas líneas más arriba. La durísima represión del catalán y la consiguiente imposición del castellano en Cataluña, sobre todo durante el franquismo, pero ya iniciada a partir de la toma de Cataluña por las tropas borbónicas en 1714, cuando la inmensa mayoría de la población no sabía todavía hablar castellano, ha consolidado la asimétrica norma de que un catalanohablante debe renunciar a usar su lengua ante un castellanohablante, mientras que éste sabe que, precisamente por eso, él puede usar siempre la suya sin que nadie se la cuestione y, por consiguiente, no tiene ningún incentivo para aprenderla, pero no se da cuenta de que, si no lo hace, no llega a tener las mismas habilidades que un catalanohablante, lo que merma sus posibilidades laborales, sociales y de todo tipo.

La inmersión en la escuela quiso romper este desequilibrio, a todas luces injusto. De hecho, la inmersión recibe ese nombre porque de lo que se trata es de sumergir al niño en un medio donde el catalán sea imprescindible para que tenga la oportunidad de usarlo y vea la necesidad de aprenderlo. ¿Se obliga al niño a aprender catalán? ¿Se le impone? ¡Pues claro que sí! Igual que se le impone el castellano, las matemáticas o la geografía… Y se hace por su bien. Para preservar su derecho a ser educado de acuerdo con los requerimientos de la sociedad donde vive. ¿O es que cuando un inmigrante africano o asiático llega a cualquier ciudad de España para establecerse no se obliga a sus hijos a aprender castellano? ¿Por qué no se va a dar el mismo tratamiento al catalán?

Pues bien, la inmersión consiguió su propósito casi al completo, pero no del todo porque, si bien, en cuanto al castellano, todos los niños salían de la etapa obligatoria siendo capaces de usarlo normalmente, en lo que respecta al catalán, la inmensa mayoría eran capaces de entenderlo, pero había una pequeña parte que no lograban  alcanzar la habilidad suficiente para hablarlo.

Según datos del Instituto Catalán de Estadística, en 2011, después de casi treinta años de inmersión, en Santa Coloma, de un censo de 116.075 habitantes de más de dos años, sólo 58.814 sabían hablar catalán, y 102.417 eran capaces de entenderlo, lo que significa que 13.658 todavía ni siquiera lo entendían y 57.261 no lo sabían hablar. Probablemente, hoy las cifras serían aún menos favorables al catalán. Sin embargo, todos los ciudadanos de Santa Coloma sabían entonces y saben hoy usar el castellano con la fluidez que les permite su nivel cultural, seguramente con las excepciones de algunos de los recién llegados desde fuera del estado, que tampoco saben nada de catalán. Quizás ni que existe.  

La práctica nos ha demostrado que el catalán no se aprende en la escuela si se trata como una asignatura más. De hecho, esto sucede con todas las lenguas. Sin embargo, el castellano, sí se aprende gracias al vigor que tiene en la calle y al que le confieren los medios que tiene a su alcance un niño, que son abrumadoramente mayoritarios en castellano. La prueba es que, a pesar de la inmersión lingüística, no hay ni un solo catalanohablante monolingüe en Cataluña y, en cambio, sí hay monolingües en castellano.

Por eso, parece justificado que, si se quiere alcanzar una igualdad entre ambas lenguas cooficiales, se discrimine positivamente el catalán. Sólo así se consigue el objetivo de que los niños, al final de su escolaridad, dominen ambas lenguas oficiales en Cataluña. De otro modo, los niños castellanohablantes no aprenden catalán. Y, de todas formas, ya he indicado que ese es un objetivo que no acaba de alcanzarse del todo ya que, mientras todos los niños catalanes acaban siendo capaces de utilizar el castellano, no todos acaban siendo capaces de utilizar el catalán. Hay que saber que, a pesar de la inmersión ─y ése es un dato que se esconde a menudo intencionadamente─, la realidad sociolingüística actual de Cataluña es la siguiente: según los últimos datos del Instituto Catalán de Estadística (2011), sólo el 73,2% de la población sabe hablar catalán, lo que significa que todavía hay un 26,8% (más de una cuarta parte) que no es capaz de expresarse en esa lengua. Paralelamente, el 100% de la población de Cataluña se encuentra en condiciones de usar el castellano normalmente. Ninguna cultura que se precie puede aceptar una situación así. Intenten imaginársela para el castellano en Valladolid, Cuenca o Zamora, por ejemplo. Inasumible, ¿verdad? Pues ésa es la realidad que nos toca asumir a los catalanes, que cuando intentamos que las cifras remonten un poco a favor de nuestra lengua, aunque sea sin menoscabo de la castellana, tenemos que soportar que unos cuantos botarates con escaño califiquen nuestra actitud de próxima a los disparates de ETA o a las atrocidades de los nazis. ¿Qué harían ustedes, en nuestro caso? Si hicieran el esfuerzo de ponerse un momento en nuestro lugar, sin duda, lo comprenderían.

Sin embargo, todavía estoy atónito ante las barbaridades que se han llegado a decir a propósito del caso de la escuela de Canet de Mar en la provincia de Barcelona, donde la judicatura ha obligado a ese centro a impartir el 25% de las clases en castellano por la denuncia de una sola familia, cuyo padre estuvo, casualmente, en una lista electoral de Ciudadanos. Casado ha dicho que, en Cataluña, los docentes tienen instrucciones para prohibir ir al lavabo a los niños que hablan en castellano o que se les llena la mochila de piedras. ¡Por Dios! Más de cuarenta años, he pasado en las aulas de Cataluña y jamás he visto semejante monstruosidad ni nada que se le parezca ni de lejos. ¿Pero quién puede creer semejante patraña? ¿Qué especie de monstruos se han creído que somos, los docentes catalanes? ¿Por qué Casado no ha dado nombres de los supuestos docentes y escuelas donde se actúa así? ¿Por qué no ha presentado la correspondiente denuncia ante un juez? Por qué no hay padres indignados apareciendo en televisión para denunciar esa presunta cruel práctica sobre niños inocentes? Pues simplemente porque todo lo que ha dicho es una repugnante mentira. ¿Qué es lo que se persigue intoxicando a la población española con tamaños embustes? Simplemente predisponer al odio. ¿Es que no tiene otros argumentos, Casado, para justificar su rechazo al sistema de inmersión? ¿Acaso no encuentra verdades para defender su postura? Porque, si es así, feble favor está haciendo a todos los que postulan sus posiciones. Casado ha mentido y lo ha hecho con mala intención, ha intentado aprovecharse de la gente de buena fe que se ha podido escandalizar con ese supuesto trato inhumano para con los niños, ha menospreciado su inteligencia, y debería disculparse, reconocer sus malas artes y dimitir de sus cargos públicos por haber intentado intoxicar a la opinión pública utilizando fraudulentamente a los niños para justificar sus actitudes.

Y es que esa maniobra de Casado y de sus acólitos obedece, sin duda, a una táctica de acoso y derribo de la lengua catalana que no acabo de comprender ni siquiera intentando meterme en la lógica de un nacionalista español al uso. Es decir, si según su forma de concebir España, Cataluña es española, ¿no considera también español el idioma de los catalanes? ¿Por qué, entonces tiene una consideración menor que el castellano? ¿Por qué la palabra ‘español’ referida al idioma es sinónimo de ‘castellano’, pero no lo es de ‘catalán’, de ‘gallego’ o de ‘vascuence’? ¿No será que hasta desde el nacionalismo español hay un cierto reconocimiento de una nacionalidad catalana ajena a la españolidad? Y, si es así, ¿por qué no se reconoce? España es como es. Diversa. Plurinacional. Y si el nacionalismo español ama todo aquello que es español, debería defender todo lo que es catalán, vasco o gallego con el mismo ahínco con que defiende lo que es castellano. ¿No le parece un argumento razonable, querido lector? Porque si entramos en ese juego de que el castellano es la lengua común y todo ese rollo, yo ya no juego. Porque yo estoy encantado de saber hablar bien el castellano, pero nunca he considerado que fuera mi lengua porque nunca lo ha sido. Así es que no me quieran vender esa moto. Muchos catalanes podrían abrazar la españolidad si ello no comportara renunciar a una parte de su catalanidad o tener que considerarla algo menor. Sin embargo, si hay que aceptar que los catalanes que sentimos que nuestra lengua es única y exclusivamente el catalán somos malos españoles, no nos interesa esa españolidad unitaria y excluyente, de corte centralista y mentalidad retrógrada, imperialista y colonizadora.

Porque es que fíjense en lo que establece esa tan cacareada Constitución que aprobamos en el estado español hace más de cuarenta años, bajo el ruido de sables y el temor de hacia dónde nos iba a conducir un no en el correspondiente referéndum a través del cual nos colaron hábilmente la monarquía y la indivisibilidad de España. Fíjense que esa Constitución establece que el castellano es un derecho y un deber para todos los españoles, mientras que el catalán es sólo un derecho para los que vivimos en Cataluña. Nótese que no es un deber. Sólo un derecho que, además, queda conculcado inmediatamente cuando te encuentras a un español que blande sin ninguna vergüenza la asimetría de su derecho y tu deber para que hables en su lengua y te comas la tuya con patatas si te apetece. Y si no, para que te atragantes.

Es decir, un señor o una señora de Toledo, de Linares o de Torrelodones puede venir a Cataluña tranquilamente y hablar siempre su lengua esgrimiendo ese su derecho y ese tu deber. Sin embargo, un catalán, español como el que más según el pensamiento nacionalista español, no puede hacer lo mismo (es decir, usar su propia lengua siempre) no ya en Toledo, en Linares o en Torrelodones, sino tampoco en Granollers, en Barcelona o en Sabadell. ¡En su propia tierra! ¿Dónde dice aquello de que los españoles son todos iguales ante la ley…?

Miren, una España así, donde los catalanes somos ciudadanos de segunda clase, no nos interesa ahora ni nos interesará nunca porque no somos imbéciles. Si no quieren darnos la condición de españoles de primera y aceptar nuestra lengua y nuestra condición al lado de la castellana, para que los catalanes acepten España de buen grado, no les queda más remedio que extirpar la cultura catalana de Cataluña y mandarla al cesto de los papeles junto con el artículo 3 de la Constitución que tanto aman y que hace de las culturas no castellanas de España “objeto de especial respeto y protección”. ¡Madre mía, qué desfachatez! ¡Qué cinismo! Pero ya están en eso los mal llamados constitucionalistas, saliéndose con la suya a través de decisiones judiciales, mentiras repugnantes e intoxicaciones a la opinión pública, ¿no…?

Venga, ¡felices navidades a todo el mundo!

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6 Comentarios

  1. A veces es tan ó más importante lo que no se dice que lo que se dice. De los 13.658 residentes en Santa Coloma que en el lejano 2011 no entendían catalán buena parte tampoco entendían castellano, solo hace falta ir un domingo a Fondo para entenderlo (es al final de la línea roja de metro, fácil de encontrar).
    Que no hay catalanes monolingües es una afirmación arriesgada vista las dificultades que tienen al hablar en castellano algunos consellers de la Generalitat, que se supone son gente de mundo. Que los castellanohablantes no contestamos o atendemos de forma mayoritaria en catalán es simplemente falso.
    El problema real es que el Sr. Sedó y tantísimos otros no admiten que buena parte de los catalanes somos castellanohablantes y que la realidad pública e institucional catalana debe ser también en castellano no por España sino por nosotros.

  2. La situación de múltiples lenguas diferentes en un mismo Estado es lo normal en Europa, y este asunto está resuelto en la mayoría de ellos con respeto a su diversidad; en Suiza, en un Cantón de habla alemana, a nadie se le ocurriría armar un escándalo político porque todo su universo comunicacional sea en alemán; obvio que en los Cantones de habla alemana se estudia Francés, Italiano, y Romanche; las otras lenguas habladas en Suiza. En Finlandia, en amplios territorios la lengua propia es el sueco, y la enseñanza es en esa lengua; al igual que los territorios del norte con habla inuit, son educados en su habla; lógicamente, los de habla finesa son educados en finés. Lo mismo sucede en Suecia. Poderla seguir nombrando más Estados con varias lenguas: Bélgica, francés, holandés, alemán. No se puede ir presumiendo de demócratas cuando a parte de su ciudadanía es considerada de segunda por su lengua; al no estar la misma en análoga situación de la instituida como dominante en ese Estado.

  3. En el mundo hay unas 200 naciones y se hablan más de 7000 lenguas. En casi todas las naciones se hablan múltiples lenguas.

    El la mayoría de las grandes naciones del mundo la lengua que se habla no es de origen local, sino llegada por desplazamiento de las `poblaciones o la conquista; como sucede con el catalán en Mallorca, el inglés en EEUU, Canadá o Australia, el español en México o Argentina, el árabe en Marruecos, o Túnez o el portugués en Mozambique o Brasil, etc. Hoy en esas naciones esas lenguas son tan propias y legitimas como las lenguas locales que se siguen hablando en cada uno de ellos.

    En miles de zonas, territorios y ciudades del mundo se hablan dos o más lenguas, tal como sucede en zonas de Finlandia; fines y sueco. En zonas Holanda; frisón y holandés. En zonas de Irlanda; irlandés e inglés, o en Cataluña donde se habla español y catalán.

    En ningún lugar de Europa con dos grupos lingüísticos (a excepción de Cataluña) se practica la inmersión.

    En Cataluña el español es tan legítimo como el inglés en los EEUU, el árabe en Marruecos, el portugués en Brasil o el catalán en Mallorca, donde el catalán llegó tras la conquista y colonización de la isla.

    En los territorios donde con dos comunidades de hablantes la ONU y la UE y los pedagogos recomiendan que los niños estudien en sus lenguas propias; tal como sucede en todos los países de Europa.

    Cataluña es uno de las miles de territorios del mundo donde se hablan dos lenguas y los dos grupos deben tener los mismos derechos. El español es tan lengua propia de Cataluña, como el inglés de los EEUU, o el catalán y el español de Mallorca.

    Español y catalán son dos lenguas de Cataluña y los grupos la misma legitimidad y deben tener los mismos derechos. Es falso que el español no sea lengua de Cataluña, como falso sería decir que el inglés no es lenguas de EEUU o el árabe no es lengua de Marruecos.

    La inmersión no tiene como objetivo que los hispanohablantes hablen también en catalán el bilingüismo se consigue en Finlandia y otros países sin necesidad de discriminación..

    La inmersión tiene como finalidad cambiar a los niños hispanohablantes de lengua, para incrementar la población de lengua catalanohablante y el apoyo al nacionalismo. Esta y no otra es la finalidad inconfesada de la inmersión que cuando se practicaba en español «era una tortura para los niños» (como afirmaba el senador nacionalista Josep Benet) y ahora es defendida a capa y espada con mentiras y falacias.

    a) En miles de zonas del mundo se hablan dos lenguas; Cataluña es una de ellas.
    b) En miles de zonas del mundo se hablan lenguas no originarias.
    c) Las lenguas originarias y las no originarias tienen la misma legitimidad y derechos.
    d) La inmersión es discriminatoria, y está desaconsejada por los pedagogos, la ONU y la UE.
    e) En Finlandia no hay inmersión; se aprenden dos lenguas e inglés y tiene los mejores resultado escolares del mundo.

  4. Ortiz:
    Si el Estado español no pone en el mismo rango las distintas lenguas habladas en él, su cohesión cada vez será menor. O se entiende de una vez que España no es Madrid y lo demás provincias, es decir territorio ocupado; o España desaparecerá como entidad política como máximo en dos generaciones. Así de simple es el cuento.

  5. Muy buen artículo y bien documentado. Ahora lo que hace falta es que lo lean y lo entiendan con la mente abierta y no voy a decir nada mas que una cosa:
    Hoy he estado en un pueblo costero del Maresme y tal como paseaba he oido hablar, tanto niños como adultos, mas castellano que catalán, de hecho solo he oido a dos personas hablar catalán en un paseo de tres cuartos de hora.

  6. Típico artículo que empieza en Guatemala, con un Jordi Sedó intentando explicar de forma algo infantil por qué él considera necesaria la inmersión, y que acaba en ese Guatepeor que consiste en calificar a todo el mundo que no piensa exactamente igual que lo que él ordena como fascista y que, en realidad, no es más que un desesperado intento de apuntalar esos mediocres argumentos que no le convencen ni a él.

    El hilo argumental del autor es el mismo que el tradicionalista y victimista al que ha recurrido siempre la ultraderecha identitaria catalanista, que va desde Prat de la Riba a Pujol, y que ahora ya está totalmente asumido por esa supuesta izquierda que dicen defender el derecho a decidir y que, en la práctica, no nos dejan ni siquiera decidir en qué lengua oficial queremos desarrollarnos. Sí, esos que te dicen que existen como 70 formas de definir el género de una persona, pero solo una forma de ser catalán que, mira por donde, coincide exactamente con la que ellos quieren imponer.

    Aunque no lo cite, toda la argumentación del autor gira en torno a un concepto: la lengua propia de Cataluña es el catalán. Como se puede comprobar, en esta afirmación desaparece el sujeto de derecho de toda democracia, el ser humano o persona, que queda a merced del derecho que tiene un territorio o lengua sobre él; una estrategia muy propia de los totalitarismos, que dotando de derechos a “cosas” y simbolitos, y poniéndolos por encima de los individuos y su libertad, pretenden dominar y obligar a la sociedad a someterse a sus caprichos arbitrarios y apetencias de poder. No es una cosa casual, ni mucho menos, es bien sabido que la ultraderecha identitaria catalanista se inventó ese concepto para sustituir al de “lengua materna”, al que los organismos internacionales, como la ONU-UNESCO, sí dotan de derecho individual para las personas, aconsejando la educación de estas en su lengua materna en etapas iniciales, y por tanto totalmente contrario al concepto de inmersión lingüística. No olvidemos tampoco que incluso la Ley de Política Lingüística de Cataluña, en su Capítulo III, Artículo 21, dice literalmente: “Los niños tienen derecho a recibir la primera enseñanza en su lengua habitual, ya sea esta el catalán o castellano. La Administración ha de garantizar este derecho y poner los medios para hacerlo efectivo. Los padres o tutores lo pueden ejercer en nombre de sus hijos instando a que se les aplique”. La cosa queda muy clara, y por eso ahora quieren modificar esta ley después de no haberla cumplido nunca.
    Por otro lado, la frase “la lengua propia de Cataluña es el catalán” explica perfectamente por qué no quieren que llamemos español a nuestra lengua. De esta forma, siempre pueden recurrir a aquella lógica simplista de castellano en Castilla, catalán en Cataluña, vasco en el País Vasco, gallego en Galicia…”, aunque ya lo de valenciano en Valencia y mallorquín en Mallorca no les hace tanta gracia y pretenden que se les llame catalán mientras niegan que a nuestro idioma le podamos llamar español aunque sea el único común a toda España (si el común fuera el catalán, entonces llamaríamos español al catalán. Cap problema). A esto hay que sumar que, para muchos expertos, el castellano es la lengua romance nacida en Castilla, etc., y que el español es la evolución que se produce en ese idioma a partir de 1492 con la incorporación de arabismos, americanismos, palabras hebreas o de otras lenguas de la península, etc. Resulta curioso que alguien que se describe como lingüista no tenga en cuenta esta realidad y prefiera apoyar su argumentación en el infantil recurso de que todo el mundo que llame español al español es un fascista que quiere hacer extranjero al catalán. Aunque no tanto si se tiene en cuenta que la verdadera intención del autor es criminalizar a los hablantes de español en Cataluña, como queda demostrado en la segunda parte del artículo. Debe haberse mordido la lengua catalana para no acabar pidiendo marginar o tirar piedras o tratar de colonos a los que hablan español y reivindican sus derechos, como hicieron sus compañeros de identidad en esa vergonzante manifestación del otro día en Barcelona en la que pidieron la supresión de los derechos de los hispanohablantes. Y es que, por mucho que traten de negarlo con palabras, sus actos indican que sí tienen la clara intención de extinguir la lengua española de Cataluña. Solo hay que ver con qué argumentos defienden el catalán y con qué argumentos defienden la supuesta supervivencia garantizada del español en Cataluña, aunque el más claro siga siendo esa negativa a aceptar un mísero 25% de enseñanza en lengua española en la escuela. Lo peor de todo es que esto ni siquiera es para proteger al catalán de esa eterna extinción a la que dicen está abocada si no se impone obligatoriamente, pues una lengua con 10 millones de hablantes, presente en todas las esferas sociales y ultraprotegida por las administraciones no parece correr demasiado peligro. Esto de lo que va es de hegemonía cultural y de control del relato, pues ellos consideran que quien controla el relato controla la hegemonía social que puede ayudarlos a ganar elecciones. Así, todos estos organismos citados que dicen hacer estudios sobre la lengua catalana, y que cualquier catalán sabe perfectamente que están controlados por la mafia secesionista, aseguran que casi el 100% de los que tienen el catalán como lengua materna son secesionistas mientras que solo lo son el 13% de los que tienen como lengua habitual el español. De esto es de lo que va la cosa, de cuanto más catalanohablante más secesionista. Y el autor, aunque seguramente de forma inconsciente, lo deja bien claro cuando relaciona hispanohablantes con ultranacionalistas españoles intolerantes que solo viven para extinguir el catalán.

    Veamos como defiende la extrema derecha sociológica estelada la inmersión:

    1. Nos dicen que el español se aprende en la calle, que es más o menos como decir que arquitectura se aprende observando la Sagrada Familia. Pero es que, de todas formas, esa no es la cuestión: la cuestión es de derechos individuales. El ocio en la calle es voluntario, y la educación es obligatoria. No pagamos impuestos para que los niños aprendan español en la calle, sino para que aprendan un lenguaje culto y técnico en la escuela.
    La afirmación de este autor es una muestra más de que el esteladismo quiere extinguir el español de Cataluña, pues mientras los niños araneses y los catalanohablantes tienen garantizado el derecho a estudiar en su lengua materna, a los hispanohablantes se les desposee del mismo, aunque su lengua sea tan oficial como las otras dos.

    2. La inmersión favorece la igualdad de oportunidades. Nadie está en contra de que los catalanes dominemos las dos lenguas mayoritarias, pero ¿y esos niños que viven en entornos 100% catalanohablantes -por ejemplo, toda la Cataluña interior, incluidas enteramente las provincias de Gerona y Lérida (sí, en español se escriben así)? ¿A ellos sí podemos desposeerlos de la oportunidad de dominar la lengua común del país que puede facilitarles el acceso a mejores puestos de trabajo en todo el territorio nacional o en el resto de países hispanohablantes? ¿También hay que desposeerlos de una lengua con importante presencia internacional? Vaya, curioso que el futuro de esos niños no les preocupe en absoluto y solo les interese el futuro de los hablantes de español. ¡Qué majos son! ¿Qué haríamos sin su patético paternalismo? La realidad es que su argumento de igualdad de oportunidades solo se circunscribe a un espacio limitado, a una tribu muy concreta: la suya, claro está, que va estrechamente ligada a su rancia concepción de la catalanidad.
    Por otro lado, el autor podría explicar por qué los niños que viven en un entorno 100% catalanohablante pueden aprender excelentemente bien el castellano con dos horas a la semana mientras es imposible que el resto pueda aprender catalán con dos horas a la semana. ¿Está intentando decir que los niños que tienen el español como lengua materna son más tontos y limitaditos?

    3. Como no podía ser de otra manera, el autor recurre al comodín de Franco, obviando que, a partir de los años sesenta, en las escuelas catalanas se impartían más clases en catalán que actualmente en español, obviando que una de las entidades más beligerantes con la defensa del catalán y la cultura catalana, como es Òmnium Cultural, se crea durante el franquismo por franquistas convencidos; obviando que los premios literarios en lengua catalana actualmente más prestigiosos nacen durante el franquismo, o las miles de fotografías en las que se ve a Franco en Cataluña recibido con pancartas en catalán; obviando que si tratas el tema con una persona mayor te asegura que durante el franquismo nunca dejaron de hablar en catalán, etc. Me parece perfecto criticar la dictadura franquista y sus abusos, pero es lamentable recurrir a eso para que, supuestos demócratas convencidos, puedan justificar la aplicación de políticas similares a las de entonces, pero a la inversa, a las que eufemísticamente llaman de “marginación positiva”, como que no se den ni siquiera un 25% de clases en lengua común, o que todas las administraciones catalanas veten el español por defecto, o que se impongan cuotas y multas lingüísticas a los hablantes de español. ¿Cuál es la diferencia con el franquismo que no respetaba los derechos lingüísticos de ciertos hablantes? ¿No será este señor, como todos los que apoyan sus tesis, unos vulgares franquistas sociológicos que han sustituido las palabras España y español por Cataluña y catalán? Desde luego, cada vez se parecen más a la típica extrema derecha, desde el punto de vista identitario, aunque quieran hacérselo perdonar asegurándose como personas izquierdistas en lo social.
    Por si lo del comodín de Franco no acababa de convencer, el autor pasa a indignarse con la vergüenza que supone que porque solo una familia quiera el 25% de enseñanza en español todos los alumnos de esa clase tengan que hacer el 25% en español. Por supuesto, en su línea de demócrata, remarca que quien lo pide es afiliado a cierto partido porque seguramente para él se tienen unos derechos u otros dependiendo de a qué partido se vota, como si los favorables de la inmersión no fueran afiliados y votantes de ciertos partidos. Pero lo mejor de todo es que no dice nada de que si en la universidad, donde no se aplica la inmersión (en principio solo se aplica en la escuela), te apuntas a un master que con antelación se anuncia que va a impartirse en español, catalán e inglés, puede venir un ultra, denunciarlo, y provocar que automáticamente se haga solo en catalán. Tampoco comenta que en la universidad un solo alumno puede denunciar a un profesor si hace clases en español, y, aunque esto ya no atañe a la educación, tampoco comenta todas las denuncias que ponen a los trabajadores que hablan español.
    Pero ojo, tal vez tenga razón y esto sea una vergüenza, aunque podría haber intentado aportar una solución para que el único recurso que nos queda a los catalanes para defender nuestros derechos no sea acudir a la justicia. Por ejemplo, ¿qué tal una línea monolingüe en catalán para los superdotados que aprenden español con un par de horas, y una trilingüe para los normales?

    4. El autor pone como ejemplo Santa Coloma de Gramanet porque seguramente es el municipio donde más gente tiene el español como lengua materna, obviando que en Cataluña hay como 946 municipios más, y extrae unos datos facilitados por unos organismos más que sospechosos de trabajar para la causa secesionista y que nadie sabe muy bien de dónde salen, pues yo soy catalán y en mi vida me han hecho una encuesta sobre usos lingüísticos mientras que, al parecer, sí se la han hecho a todos y cada uno de los 116.075 habitantes de Santa Coloma. Curioso, ¿no? Pero venga, va, aceptamos invención como estudio riguroso para que este señor se pueda explayar con eso de que tras 30 años de imposición lingüística exactamente 57.261 habitantes de esa ciudad aún no saben hablar catalán (cuando seguramente lo que responderían es que no es su lengua de uso habitual) y que 13.658 ni siquiera la entienden, es decir, da a entender que tras 30 años viviendo en Cataluña hay exactamente ese número de personas que ni siquiera entienden el catalán cuando, seguramente, si es que las hay y en ese número, bien pueden ser inmigrantes de última generación, y ni siquiera de otros puntos de España, de los últimos 2, 3 o 5 años. Tampoco desglosa los datos por edades, ¿qué tiene que ver que una persona de sesenta años que nunca ha estudiado en catalán, y seguramente tampoco en español, para justificar la aplicación de la inmersión a los niños?
    Curioso también que asegure que el 100% de los habitantes de Cataluña se desenvuelven perfectamente en español, cuando eso no pasa ni en el resto de España. Un mantra repetido mil veces por los que ya sabemos, pero que no pueden demostrar de ninguna forma. Aconsejo al autor que se dé un par de vueltas por el interior de Cataluña a ver cuántos se desenvuelven perfectamente en español.

    5. El autor, a raíz de lo de Santa Coloma, también asegura que existen ciertas zonas de Cataluña con una especie de escudo que impide la presencia del catalán, pero en la práctica se da el caso de que prácticamente todas las emisoras de radio emiten en catalán (y las pocas que no lo hacen tienen impuestas cuotas lingüísticas en catalán), existe una televisión pública solo en catalán con diversos canales que abarcan diferentes temáticas, y también hay algunas cadenas privadas; existe una extensa oferta de prensa escrita disponible en catalán, bibliotecas repletas de libros en catalán, y diarios locales en casi todas las ciudades catalanas en estricto monolingüismo catalán; el teatro es mayoritariamente en catalán, y, como ya he dicho, tanto la administración de la Generalitat como la local solo se dirige a los ciudadanos en catalán; todos los comercios están obligados a presentar sus productos en catalán… y, por supuesto, la escuela es solo en catalán. Podría seguir hasta el infinito, pero creo que queda claro que no hay ningún rincón en Cataluña en el que el catalán no tenga presencia.

    A lo mejor, alguien de Badajoz (es un ejemplo) que no haya pisado nunca Cataluña se cree lo que dice este señor, pero a un catalán ya no se le puede vender esa moto, y por eso el argumento final de este autor, así como de los pocos que en la práctica defienden la escuela monolingüe en catalán, es el insulto o el intento de desprestigio. Pero si tienes que mentir o insultar para autoafirmar tus argumentos es que sencillamente no tienes argumentos, y esto es lo que les está pasando a los políticos ultranacionalistas catalanes, así como a los voceros que tienen a su disposición en todos los medios: ya no les resulta tan fácil justificar la descarada discriminación a la que someten a esa importantísima parte de la población que les paga el sueldo y que ya no quiere excusitas sentimentaloides, sino soluciones. Ya he dicho que para esta extrema derecha identitaria esto no va de lenguas sino de poder y control social. Por eso ahora están tan nerviositos comprobando que cada vez más catalanes rechazamos sus imposiciones y exigimos respeto a los derechos individuales que tienen las personas respecto a las lenguas oficiales.

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