Cuando la Justicia no es firme y contundente con los violadores, el mensaje que está lanzando a futuros agresores es que cometer este tipo de delitos sale gratis. Los cuatro jóvenes detenidos en las últimas horas por la Guardia Civil en la localidad alicantina de Callosa d’Ensarriá por la violación de una muchacha de 19 años no han tenido ningún miedo a la ley ni a la sombra de la cárcel a la hora de cometer un crimen tan execrable. La víctima ha sido encontrada en un sótano, semidesnuda y junto a sus agresores, según relatan los testigos. Al parecer la muchacha mostraba síntomas de embriaguez y de estar bajo los efectos de sustancias estupefacientes, se quejaba de dolores en sus genitales y no era capaz de recordar dónde se encontraba ni lo sucedido en las últimas horas, según informan fuentes de Europa Press. La investigación ha revelado que los agresores, conocidos de la joven, se encontraron con ella la Nochevieja en Benidorm. Con la excusa de seguir tomando copas a altas horas de la madrugada, la invitaron a subir a un piso, donde el grupo terminó violándola.

¿Cómo puede ser que estando tan reciente el caso de la Manada una pandilla de jóvenes de entre 19 y 24 años decida cometer una nueva violación grupal? El factor que más pesa en estos delincuentes es la educación aberrante que han recibido, la visión machista del mundo que han aprendido y que les lleva a entender la realidad de una forma distorsionada. Probablemente están tan seguros de pertenecer a una sociedad que considera a la mujer como un sujeto de segunda categoría que ya no se sienten intimidados por el Código Penal. La mayoría de los agresores grupales han interiorizado comportamientos machistas tan fuertemente arraigados en lo más profundo de su ser que nada, ni siquiera la ley, puede disuadirlos de pasar un buen rato aprovechándose de una mujer. Algunos están convencidos de que su acción ni siquiera es un delito, ya que se da por supuesto que el macho ejerce un poder de dominación sobre el sexo opuesto. Y finalmente, en el caso de ser detenidos por alguna agresión, siempre habrá algún juez machista que comprenda que el instinto masculino es así, irrefrenable, y solo cabe darle rienda suelta.

En segundo lugar está la indulgencia que la Justicia española muestra con este tipo de delincuentes. Prueba de ello es la decisión de la Audiencia Provincial de Navarra de mantener en libertad a los cinco miembros de La Manada, la pandilla condenada a nueve años de cárcel por abusar de una joven en las fiestas de San Fermín de 2016. La medida no contribuye a disuadir a este tipo de violadores grupales que por lo visto están proliferando últimamente. El 2018 fue un año negro. A mes de junio ya se habían contabilizado diez casos más de agresiones sexuales múltiples que en 2017 y nueve más que en 2016. Sorprendentemente tras el caso de Navarra –que movilizó a miles de mujeres indignadas en manifestaciones por todo el país– han surgido otras manadas en un extraño fenómeno que preocupa a los expertos de las fuerzas de seguridad del Estado, a los psicólogos y psiquiatras, a los educadores y las familias. Se han detectado manadas en Canarias, en Murcia, en Palamós, en Menorca, en Cádiz, en Lugo. La última en Callosa (Alicante) ¿Qué está pasando? Los expertos creen que, además de la educación patriarcal que sigue imperando en España y de la indulgencia de la Justicia, hay otros factores que configuran el perfil de este nuevo violador grupal.

Así, la Criminología moderna tiene aceptado que un delincuente se siente más seguro, más impune, cuando se refugia en un grupo a la hora de cometer un delito. La sensación que tienen numerosos delincuentes es que si otros hacen lo mismo que ellos, violar a una mujer simultáneamente, será más difícil que la Justicia los localice e incluso la pena será más suave por aquello de la responsabilidad compartida. Así ocurre con la violencia en los estadios de fútbol cada domingo. Un hincha en solitario no suele enfrentarse a aficionados del otro equipo; es más, si se le pregunta responderá que no se considera una persona violenta. Sin embargo, cuando ese mismo joven se siente miembro de una especie de ejército propio que combate por una causa común se ve poseído por una fuerza extra, se transforma y es capaz de todo. Ese es el principal ‘efecto manada’: la sensación de impunidad y de fuerza que transmite el grupo a cada uno de sus integrantes.

Un claro ejemplo son las violaciones masivas en tiempos de guerra. Según Naciones Unidas, 60.000 mujeres fueron violadas durante la guerra civil en Sierra Leona, 40.000 en Liberia, más de 60.000 en la antigua Yugoslavia y unas 200.000 en la República Democrática del Congo. Algo similar está ocurriendo en estos momentos en Siria e Irak, pero aún no se dispone de datos fiables. El guerrero se transforma en el campo de batalla y comete crímenes bestiales que ni siquiera sería capaz de imaginar en tiempos de paz, cuando vestido con traje y corbata se comporta como un ciudadano más. Grandes películas sobre la guerra de Vietnam como Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, describen ese tipo de transformación demoniaca del ser humano en medio de una guerra y La Naranja Mecánica, de Stanley Kubrick, muestra crudamente la violación que sufre una mujer a manos del psicópata Álex y su pandilla de “drugos” enloquecidos.

El fenómeno de la violación grupal empieza a ser estudiado ahora por los sociólogos pero hay un factor determinante que según los expertos podría explicar el incremento de las violaciones múltiples en nuestro país: la sensación de que la agresión sexual es un delito menor. Algunos violadores que actúan en manada han declarado tras ser detenidos que desconocían que su conducta suponía un delito muy grave. Es como si ignoraran las consecuencias de sus propios actos. Una vez más la pertenencia a una banda o pandilla de amigos diluye la sensación de responsabilidad penal. Además, compartiendo el delito con otros, haciendo cómplices a los demás, el sentimiento de culpabilidad tras perpetrar una violación se atempera y la frustración se diluye. De alguna manera se socializa y se reparte la carga del pecado.

Finalmente no nos olvidemos de los factores sociales y psicológicos. En las sociedades modernas la industria pornográfica ha contribuido a proyectar la imagen de que el sexo entre varias personas, la orgía multitudinaria, es una práctica habitual y aceptada en el ser humano. En ese tipo de películas, videojuegos o publicaciones la mujer suele aparecer como un objeto, una especie de muñeca inerte que va pasando de mano en mano y de un hombre a otro. En una mente aún sin formar como la de un adolescente este tipo de aprendizaje sexual a través del porno puede terminar distorsionando la realidad en el sujeto, hasta hacerle creer que el mundo es una especie de película continua donde la mujer ocupa siempre un plano secundario y al servicio del placer del hombre.

En ese escenario no debe perderse de vista que en todo grupo humano suele haber un líder que arrastra a los demás. La investigación policial de las violaciones grupales revela que algunos miembros de la pandilla agresora –generalmente los de más baja autoestima, menos personalidad y más influenciables−, se dejan arrastrar por el cabecilla. El aspecto psicológico también juega un importante papel en este tipo de delitos. En el caso de Callosa (Alicante), uno de los detenidos, de 22 años, ya tenía antecedentes por violencia de género y abusos sexuales a una menor. No existen estudios al respecto, por lo que se desconoce hasta qué punto el líder experimentado es capaz de arrastrar a los demás.

Pero más allá de casos concretos, el fenómeno de la violación en grupo preocupa a los expertos. Quizá estemos asistiendo al nacimiento de un nuevo perfil de agresor sexual que actúa siempre en compañía. Un nuevo producto delictivo de la moderna sociedad de consumo.

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