jueves, 17junio, 2021
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La importancia de mantenerse a flote

Marta Campoamor
Escritora.
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análisis

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Las historias de aventuras campaban a sus anchas en nuestra imaginación infantil sin necesidad de alimentarnos de nada más que de la realidad. Una realidad que en mi pueblo estaba plagada de personajes insólitos, absurdos y sorprendentes, con los que todos convivamos y a los que observábamos con rareza, supongo que del mismo modo que ellos nos observaban a nosotros.

Anastasia era uno de esos personajes. Parecía una mujer vieja y arrugada, aunque seguramente tenía menos edad de la que aparentaba. Vivía con su hija la loca y nunca salía de casa. Decían que la loca había estado varias veces en el manicomio y aunque con frecuencia se la escuchaba gritar, ninguno de nosotros la habíamos visto jamás. A menudo llamábamos a la puerta de casa de Anastasia y esperábamos agazapados a que esta se abriera. Desde lejos la intuíamos asomada a través de una fina rendija por la que era imposible ver nada más que oscuridad. Como mucho la nariz aguileña de la vieja perforando el saco amniótico de su guarida, tratando de averiguar quién se atrevía a llamar a la puerta. Qué temía Anastasia– era un misterio para nosotros que la tentábamos sin ningún resultado una tarde sí y otra también, venciendo el miedo y la inquietud que la existencia de la loca nos provocaba.

La casa de al lado de Anastasia era la de Pilar y María, dos hermanas solteras que vivieron juntas hasta el día que María dijo basta y se murió. A Pilar no le quedó más remedio que continuar, pero esta vez sola y sin más posesión que la casa donde vivía. Su compasivo vecino, Damián, la acogió en su familia ocupándose de ella. Desde que Pilar murió era frecuente verla hablando sola por la calle, maldiciendo quien sabe que o a quién, de camino al pasto con las vacas de Damián, dando de comer a los cerdos de Damián, cargando la paja de Damián o limpiando la casa de Damián. Cuando Pilar murió unos años después, Damián amplió su casa con la vivienda que ella le regaló.

Durante un tiempo El Cojo fue a clases particulares con Ricardo. Él había sido maestro antes de la guerra y fugitivo después. Decían que había vivido escondido durante años esquivando a la muerte, hasta que enfermó y tuvieron que cortarle una pierna. Era maestro, pero no tenía escuela, así que daba clases particulares a los niños que no podían ir al colegio a cambio de la voluntad. Chuchi nos contó que su padre le escribió una carta al mismísimo Franco suplicando permiso para volver a trabajar como maestro y este respondió con indulgencia y compasión adjudicándole un colegio en Asturias. Todo el mundo decía que era un buen tipo, pero sobre todo un buen maestro. Chuchi y su familia se mudaron poco después al norte y nunca más supimos de ellos.

Por aquel entonces llegó al pueblo una familia de gitanos que nadie conocía. Se instalaron en un chamizo de mi tío Paco, destartalado y sucio. Los niños no iban a la escuela y sus padres mendigaban por las casas. Tenía muchos hijos, alguno de nuestra edad. El Cojo y yo solíamos curiosear por los alrededores en busca de aventuras, en las que no encontrábamos más que piojos y hambre. Aquellos niños se rascaban la cabeza sin descanso, iban desaseados, con los mocos colgando y las zapatillas rotas. Nosotros les observábamos con distancia y curiosidad, como si de una atracción de feria se tratase. Estuvieron en el pueblo una temporada. Un día igual que habían llegado desaparecieron sin más.

Las cosas no estaban mucho mejor en casa de Inma. Confieso que cuando iba a buscarla para jugar, cogía todo el aire que era capaz de acumular en mis pulmones y me tapaba la nariz antes de llamar a la puerta. El olor a pis que salía de aquella casa, era insoportable. Cuando Inma me veía colorado y a punto de estallar, con los dedos presionado la nariz, se reía a carcajadas provocando mi detonación. Inma tenía varios hermanos pequeños que correteaban por la casa y hacían pis donde podían, Su madre bastante tenía con cocinar, limpiar y atender a un marido beodo y colérico que le hacía un hijo por borrachera.

Aquel día Inma, Chuchi, el Cojo y yo, nos tumbamos boca abajo colocándonos alrededor del circulo perfecto que dibujaba la boca del pozo en el suelo. Era la mejor posición para no arriesgarse a caer al vacío. Apenas sobresalían al borde de hormigón nuestros cuatro pares de ojos abiertos de par en par. Estábamos nerviosos por lo que ocurría en el fondo del túnel. Habíamos visto a Rundi arrojar algo y queríamos saber de qué se trataba, así que desoyendo las normas básicas de precaución, que estoy seguro que todos teníamos, nos asomamos a aquel agujero estrecho y profundo con más curiosidad que vértigo.

El fondo se veía oscuro. Apenas logramos distinguir nada en un primer vistazo. El Cojo sugirió que Chuchi se desplazara un poco a la derecha para que la luz cenital se colara entre nuestras cabezas. Entonces alguien gritó – los veo, están ahí–, Agucé los sentidos y escuché el chapoteo. Vi como el agua negra como el petróleo se agitaba en el fondo. Un puñado de canes recién nacidos trababan de mantenerse a flote para respirar. Lo intentaban con todas sus fuerzas como Anastasia, como Chuchi y su padre, como Pilar, como los pobres, como Inma y como nosotros mismos.

Al principio el chapoteo era muy intenso, con el tiempo se hizo más tenue. Permanecimos allí durante un buen rato. Nadie dijo nada. Nos limitamos a esperar a que el agua dejara de moverse. Cuando nos retiramos, los cadáveres flotaban inertes en la superficie helada.

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