Actualmente ya no se llevan las ideologías clásicas, porque todas han sido sustituidas por el insulto. Desgraciadamente, en la gran mayoría de discursos políticos no se encuentran razones y argumentos, solo aparecen insultos, protegidos por la mal entendida libertad de expresión. Tal es el copioso ramillete de los mismos que, ya puestos, lo mejor sería que se lanzasen en la calle, donde puede que surgiera algún efecto. Si son tan valientes, que lo demuestren.

Al parecer, los insultos solo tienen la intención de hacer daño a los sujetos contra quienes se lanzan. Son burlas, cabreos y resentimientos por doquier. Emponzoñan la imagen tanto del insultado como del insultante. ¿No pueden evitarse? Sí es posible, pero entonces deberían sustituirse por opiniones, razones y contraste de ideas. Claro que si no existen estas, entonces es imposible, solo queda el insulto.

Calificar a un diputado de ‘estatua de sal’ solo puede ser interpretado como una burla. Mucho peor sería preguntarse ‘qué hierbas tomará uno para el desayuno’. Llamar a alguien ‘formidable gilipollas’ es insultarlo  conscientemente de lo que se está haciendo. Decir que son unos golfos o unos inútiles es menos duro que calificar su pasado de estar cubierto de cal viva. Hay veces que el insulto va en ramillete, como es el caso de lanzar a uno que es ruin, mezquino, deleznable y miserable. Que esto lo diga un presidente del Gobierno todavía le descalifica más.

Algunos insultos son burdos a más no poder. ¿Cómo se puede decir de alguien que es ‘puta barata podemita’, o ‘lamepollas’? Oír esto de forma tan descarnada produce arcadas y asco. A veces el discurso se convierte en una metralleta, que lanza balas de traidor, felón, ilegítimo, chantajeado, incapaz, desleal, catástrofe, ególatra, chovinista, rehén, escarnio, incompetente, mediocre y okupa. Lo sorprendente es que no se asfixie quien lo dice y caiga muerto por ahogamiento. ¡Qué barbaridad y que ánimos tan caldeados! ¡Qué lengua tan larga y agitada! Creo que así es imposible dialogar y mucho menos alcanzar alguna clase de acuerdo. Aquí la política brilla por su ausencia y el duelo solo puede acabar a tiros, imponiéndose de nuevo la dialéctica de los puños y las pistolas.

¿Hay chaquetas de ultraderecha? Puede que sí e incluso que alguien se las ponga, luciéndolas con sumo placer. ¿Por qué los fascistas llaman a otros golpistas? Solo para que se produzca el desastre político y humano. Esto no es contrastar opiniones, sino el intento de machacar al adversario por no pensar como yo. Se trata de injurias personales gravísimas.

Lo más indignante no es que los políticos se insulten, sino cómo repercute esto en los ciudadanos. Tales ejemplos cunden y estos acaban naturalizando la situación. Al menos asistimos a insultos en las discusiones con familiares o amigos, en los medios de comunicación social, en las televisiones, especialmente en algunas, que convierten esto es un modo de vida. Cuando se habla con las personas, podemos descubrir qué televisiones ven, qué radios escuchan, o que periódicos leen. Ahora los periódicos informan cada vez menos, porque se dedican a crear opinión entre sus lectores. Discutir con gente de ideología contraria a la nuestra puede acabar en insultos, por eso hay quien dice que no habla de política, porque se acaba despreciando a los demás. ¿Qué convivencia puede traer esto?

La política no es edificante para el ciudadano, aunque puede que no tenga que serlo, pero sí es cierto que los ejemplos que ofrece nos lanzan coces y patadas. Debates serenos, en los que uno se enriquece con las opiniones y propuestas de los demás, brillan cada vez más por su ausencia. Los debates parecen concebidos para despellejar a los otros. Esto es lo que se lleva, mientras que se ocultan las propuestas propias, que o no se tienen, o carecen de validez. Un debate resulta esencial en democracia para persuadir al que asiste a orientar su voto, pero ¿qué orientación cabe, si el intento es destruir la democracia? ¿Qué acción puede llevar a la ciudadanía la falta de reflexión, sustituida por gritos y malos humores?

Cuando el insulto es el último recurso político, el rumbo de la democracia se resiente y se va degradando progresivamente. El lenguaje que insulta al otro tiene, en el fondo, un problema de educación. Al político hay que exigirle que sea, ante todo, educado. Llamarle a uno imbécil es provocar que este otro se acuerde de la madre del insultador. Además, los insultos se intercambian entre sí, a veces no queda otro remedio. Llamar paletos a los de una región lleva a calificar de lerda a quien se lo llama. Llegamos al colmo, cuando palabras como traidor, quintacolumnista, ignorante, cerdo, chupasangre, perrito faldero, sanguijuela forman parte del comentario político. El insulto va directamente contra la pluralidad. En España somos plurales y nuestras Autonomías merecen respetar esto.

¿A qué conduce llamar al Presidente del Gobierno estafador, charlatán, indigno, mentiroso y sin escrúpulos? Quizás solamente al desprestigio humano y moral de quien lo propala y a su degradación política. Si encima se eleva la voz y mediante gritos se acusa de chulería, actuar como Napoleón, o se lanza la provocación de usted quién se cree que es, o dónde se cree que está, esto encrespa ya al más tranquilo y sereno de los mortales. No caben gritos ni insultos en el templo de democracia, que es el parlamento. El espectáculo resulta bochornoso y no deja oír los gritos justificados de los problemas reales del país.

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