comunista

Ahora, cuando se dejan oír las inquietantes voces de los más infelices invocando que nuevamente caiga sobre todos nosotros la mano dura que nos meta en vereda y cuando, después de tantos años, el sonido terrible de la tiranía “y mezquinas intrigas” forcejea con alevosía por ocupar las plazas y los escaños del poder popular. Ahora, como siempre, hace falta un nuevo intento para “escribir la historia”. Porque la Historia, nuestra Historia, más que dar cuenta de dudosos valores colectivos, emular gestas heroicas, recordar guerras siempre perdidas e Imperios fallidos, ese, el verdadero conocimiento de la Historia, como de la Cultura en general, tiene que ser una cuestión de Estado.

De este modo la visión colectiva del pasado podría apartarse de esta forzada disciplina que aparece, como a desgana, dentro de todo complemento académico. Decir Historia llamada Universal o esa otra Intrahistoria que defendía con ahínco Miguel de  Unamuno, incluso, la Microhistoria de los nuevos  historiadores que desprendiéndose de intenciones generalizadoras hablan también de los acontecimientos cotidianos apartándose de las grandes transformaciones, hasta rozar los ideales del postmodernismo. Aunque, sin más, vayamos al estado de la cuestión: “Con la historia tenemos que contar y pagaremos muy caro su ignorancia o su falseamiento”, esto lo dice José Jiménez Lozano en el número 47 de la revista Archipiélago.

Bueno, pues vaya por delante planteado el problema  de lo que espero sean distintos trabajos relacionados con el quehacer humano, así que ello será una reflexión sobre la Historia, la Política y un etcétera que abarque a todos. Empezamos constatando unos trabajos de Carlos Marx sobre ciertos acontecimientos de nuestra historia que, aparte de la personalidad del autor, ponen de relieve no tanto que “la historia se repite”, sino, lo poco que la historia vivida ha hecho cambiar la vida de la gente. Entendemos, en este sentido, que  los fantasmas del pasado latentes o recostados en cómodos duermevelas suelen regresar hasta nosotros apenas  haya un mínimo atisbo de transformar lo establecido. Porque de nada sirve el conocer los acontecimientos, sin hacer un serio análisis sobre los mismos y sus consecuencias, como nos recuerda Josep Fontana: “En esta tarea el papel de la historia, el papel de una comprensión renovada del pasado, ha de ser vital, porque servirá para desvelar las legitimaciones en que se apoya la aceptación del presente, y, sobre todo, porque ha de permitirnos reconstruir una línea de progreso que pueda proyectarse hacia la clase de futuro que deseamos alcanzar.”. Josep Fontana nos indica, nada menos, que a “Repensar la historia”, hacer visible para hoy la, a veces, peligrosamente oculta realidad del pasado.               

Así lo entendió Carlos Marx aceptando del estadounidense “New York Daily Tribune” escribir veintiún artículos sobre España. Los escritos coinciden en el tiempo con los acontecimientos revolucionarios dados por aquellas fechas de 1854. Aunque Marx no conocía nuestro país, no estuvo nunca en España, antes de su tarea escribió a Engels para decirle que la historia de España le resultaba confusa, pero, además de todo esto, había manifestado que: “acaso no haya país alguno, salvo Turquía, que sea tan poco conocido y tan mal juzgado por Europa, como España”. En cuanto a la vida personal de Marx dicen sus biógrafos que el filósofo alemán aceptó el encargo por el mal momento económico que atravesaba y porque los conocidos como “pronunciamientos” militares suponían, de hecho, estallidos revolucionarios de un claro interés popular. Esta primera etapa de la que hacemos mención se recuerda como “La Vicalvarada” y supone la entrada en la historia de una “burguesía progresista” como ha escrito el historiador Miguel Artola.

Con este movimiento revolucionario de 1854 dio comienzo al Bienio Progresista hasta 1856, tiempo del intento de modernización de nuestro país y desarrollo del sistema capitalista. Marx, muy acertadamente, repasó nuestra historia, advirtiendo del carácter especial del Feudalismo hispano, del sentido y las consecuencias que tuvieron los repartos de tierras ganadas al derrotado Al-Andalus en el sur peninsular. Escribe, también, sobre el Imperio de Carlos V y del papel de la pequeña burguesía y de la nobleza en el levantamiento de los Comuneros, no obstante, su tarea fundamental fue estudiar los hechos contemporáneos  a partir de 1808.

En esto deja algo escrito que toman vigencia en nuestro contexto. Dice Marx sobre los gobiernos revolucionarios que pretendían cambiar la cruda realidad social española de la mitad del siglo XIX, y lo dice porque algunos eran gobiernos nacidos de una revolución progresista, pero cuando acceden al poder: “Reconocen como obligaciones nacionales las deudas contraídas por sus predecesores contrarrevolucionarios. Para poder pagarlas tienen que seguir con los viejos impuestos y contraer nuevas deudas. Para poder llevar a cabo nuevos empréstitos tienen que garantizar el “orden”, es decir, tienen que tomar ellos mismos medidas contrarrevolucionarias. Y así el nuevo gobierno popular se transforma finalmente en servidor de los grandes capitalistas y en opresor del pueblo”.

Lo expresado por Marx analizando aquella época pasada muestra una especie  de maldición enquistada en el comportamiento colectivo de la sociedad española durante un largo proceso hacia un futuro, que tenemos hoy, pero que sigue repitiéndose. Para Marx “Una de las peculiaridades de las revoluciones consiste en que, en el momento mismo en que, el pueblo, parece estar a punto de dar un gran paso e inaugurar una nueva era, sucumbe a ilusiones del pasado y pone todo el poder e influencia, tan costosamente conquistados, en manos de hombres que representan, o se supone representan, el movimiento popular de una época ya terminada”. Lo interesante y novedoso de este trabajo, en contra de lo esperado del autor del Capital, es que se analizan menos las cuestiones económicas a favor de la investigación política, lo más seguro es que para Marx la cuestión del Estado español, los analiza como problemas de principios políticos-ideológicos, de la administración adecuada de los recursos, de dirigentes incapaces para cumplir su cometido.

Marx “se movió en este análisis en una explicación de un fenómeno político de tal modo que el análisis agote todas las instancias sobrestructurales antes de apelar a las instancias económico-sociales fundamentales”. No pasamos poralto el análisis meridiano que hace del raquítico pensamiento de la clase burguesa mirando siempre por sus intereses y que, entendemos, persiste en la sociedad española de nuestro tiempo, un asustadizo comportamiento pequeño-burgués capaz de luchar contra la opresión del poder despótico, pero queda petrificado cuando los procesos de cambios necesitan arrastrarlo todo para triunfar, porque en ello tendrían que incluirse sus pequeños y miserables privilegios.

Por otra parte, la burguesía capitalista, la que sentía perder sus importantes privilegios económicos, cuando las luchas obreras tomaban seriamente la iniciativa, se vuelve atrás “refugiándose en el protector regazo de la monarquía isabelina”. De este modo se formó la alianza del resto de la aristocracia con el bloque financiero-terrateniente, “el mayor lastre para la historia social española posterior. Volviendo a Marx, decir que en un pasaje de sus primeros artículos dice rotundamente: “La causa principal de la revolución española ha sido el estado de la Hacienda“. Estado que según historiadores: “no podía ser más ruinoso y viciado por una corrupción escandalosa”. Termino recordando que estas notas están elaboradas siguiendo un trabajo de José Miguel Fernández Urbina, el cual forma parte del Sumario del numero 57 de la revista Tiempo de Historia.

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