Se escucha un barullo apabullante más propio de los días calorosos de primavera y verano. Es otoño y hace frío, pero se trata de un frío cálido, brillante y azul como el cielo sembrado de nubes blancas que hoy abriga la ciudad. Es temprano y sin embargo la gente parece increíblemente despierta. La temperatura de la noche anterior se refleja en los charcos brillantes, que a la sombra de los arboles más grandes del Retiro permanecen aún helados. Carolina camina ágil y alerta para no resbalarse. Son las primeras heladas, los primeros amaneceres glaciares tras un verano de derretirse.

Solo las plantas que consiguen mantenerse en pie presumen firmes y poderosas. Solo las verdes perennes indestructibles alardean de fortaleza frente a las débiles caducas de hojas rojizas y amarillentas al borde de la desnudez.

El parque del Retiro es hermoso. Está hermoso. El otoño es un acontecimiento importante: la pasarela Cibeles de la naturaleza que desfila imponente sobre alfombras de hojas secas, que cubren doradas y cobrizas cada rincón; el espectáculo de los duendes juguetones que susurran al viento que mece las ramas y revolotea sobre las alfombras.

Una gran función, tremendo banquete de sensaciones que consigue que la gente parezca indiferente a lo que está ocurriendo en la calle y en la ciudad. Los niños juegan despreocupados en el parque; los mimos, los músicos, los vendedores ambulantes, los actores, los amantes, los solitarios, suenan como si la rueda no fuese a detenerse nunca. El deseo unánime lo logra por un instante. Ese en el que Carolina siente que todo vuelve a ser como antes y que puede respirar a bocanadas el aire húmedo y terroso del otoño.

Carolina camina feliz por los alrededores del estanque cuando una mujer se aproxima a ella. Viste pantalones cortos de seda excesivamente ajustados y una blusa negra anudada bajo sus exuberantes pechos. Lleva el cabello recogido en un moño descuidado en lo alto de la coronilla. Es pequeña y escuchimizada. De ojos grandes y negros como el azabache. La desconocida clava su mirada intimidatoria en los ojos de Carolina como si tuviera el poder de leer los pensamientos. Carolina retrocede y trata de zafarse pero la mujer busca de nuevo su mirada. La gitana se coloca a su lado y le susurra algo incomprensible al oído mientras la obliga a aceptar una diminuta rama de romero de la suerte, sin pedirle nada a cambio. Acto seguido desaparece entre la multitud,

Los rayos de sol se cuelan entre las gigantescas nubes blancas que dibujan formas caprichosas. Carolina se sienta en un banco e indiferente a lo sucedido, juega con las formas tratando de adivinar como cuando era niña: un gigante que se transforma en barco, una jirafa que se parte en dos, un dragón que lanza llamaradas de fuego blanco por la boca.

-Es maravilloso, piensa- y continúa fantaseando mientras las hojas caen traviesas sobre su rostro.

Se reclina en el respaldo del banco y estira las piernas apoyando las manos a ambos lados de su cuerpo con los brazos extendidos. La postura es perfecta para continuar mirando al cielo ensimismada. Sin embargo, un objeto extraño bajo la palma de su mano derecha le distrae. Carolina imagina de qué se trata mientras continua en las nubes: el fruto de algún árbol, un trozo de corteza, un juguete, una arandela. Parece un objeto circular, rasposo en los bordes, ¿metálico?

Incapaz de adivinar, lo toma entre sus manos se incorpora y lo observa. ¡¡Es un anillo!! Deforme, desgastado y sucio. Lo limpia con el borde de su camiseta hasta que la luz del sol le devuelve el brillo al metal. En la parte interior hay una inscripción que apenas puede leerse: 19.10.50

Milagros ha mirado ya en todos los lugares posibles.

-¡Nada, no está!

Y continúa rebuscando compulsivamente en los bolsillos del pantalón, en el fondo de la cartera, en el abrigo.

-¡Si pudiera acordarme de lo que hice con él! ¡Maldita sea!

Hace días que detectó que le faltaba el anillo, pero se niega a admitir que lo ha perdido.

-Es imposible, se repite. Es imposible.

Y repasa con la yema de los dedos, la marca que el anillo ha dejado con el paso de los años en el dedo anular de su mano izquierda. La piel que hasta hace poco cubría el metal permanece suave y brillante como cuando se lo puso por primera vez.

Era domingo y hacía un día horrible. El viento le levantaba la falda por encima de las rodillas y aunque Fernando le había dejado su chaqueta, Milagros tenía los pies congelados. Llevaban horas paseando por la orilla del Bernesga cogidos de la mano, sin otro entretenimiento que mirarse a los ojos mientras se contaban el uno al otro las novedades de la semana. Las de Fernando en la fábrica de leche y las de Milagros en la casa donde limpiaba de lunes a sábado, pero se estaba haciendo demasiado tarde. Empezaba a anochecer y la dueña de la pensión, una mujer recia y gris, sin más misión en el mundo que cumplir y hacer cumplir los preceptos de Dios y las cuatro virtudes cardinales, se enfadaría si Milagros llegaba más tarde de lo debido.

-Vámonos Fernando, dijo -y él sonrió nervioso, mientras enredaba en las profundidades del bolsillo de su pantalón.

-¿Qué mosca te ha picado ahora? ¿Quieres que doña Amelia me regañe? No quiero problemas en la pensión, Fernando. Además ya hemos visto todo lo que había que ver por hoy. ¡Venga, vámonos!

Milagros tiró de él con fuerza pero Fernando no se desplazó ni un milímetro.

-¿Qué te pasa? dijo enfadada.

Entonces Fernando se arrodilló y extendió los brazos ofreciéndole a Milagros el anillo que sujetaba con fuerza entre sus dedos. La miró a los ojos, sonriente, y esperó con paciencia la reacción de ella.

Eran tiempos difíciles, aunque para Fernando ninguno lo fue tanto como cuando los frailes del orfanato le despidieron a la puerta del hospicio. Acababa de cumplir nueve años.

-Ya eres un hombre, le dijo el padre Anselmo la noche anterior. Debes trabajar y salir adelante por ti mismo.

Al día siguiente un desconocido se le llevó. Se le llevó lejos de lo que había sido su casa desde que su madre le abandonó en la puerta del hospicio y lejos de la única familia conocida. Esa que le abandonó de nuevo aquel día sin sentimentalismos ni miramientos.

Lo que vino después fue frío, miseria y soledad a la que Fernando sobrevivió con esperanza y buen humor hasta el día que cumplió dieciséis años, que decidió cambiar definitivamente el rumbo de su vida. Dejó los montes, se despidió de los animales del rebaño que pastoreaba uno por uno y se escapó lejos del tirano que le había comprado.

Encontrar trabajo en la ciudad y conocer a Milagros fue como un milagro; un golpe de suerte, un sueño del que no estaba dispuesto a despertar y por eso aquel domingo, apenas ocho meses después del día que él la cogió por la cintura para bailar por primera vez, se arrodilló a sus pies, y con un anillo de hojalata moldeado y pulido con sus propias manos, le pidió matrimonio.

Nadie fue testigo de su amor. Casi había anochecido. La calle estaba desierta excepto por aquellos dos niños, porque eran casi unos niños, que indiferentes a la tormenta que se avecinaba, se declaraban amor eterno sin saber muy bien lo que aquello significaba.

Han pasado muchos años desde entonces. Milagros lo recuerda como si hubiera sucedido ayer. Ese anillo es lo más valioso que tiene, aunque la gargantilla de diamantes que rodea su cuello parece decir lo contrario.

El sonido de las señales horarias penetra sin más en la calma de la habitación matrimonial. Son las nueve de la mañana y aunque Fernando aun duerme plácidamente, Milagros ha decidido encender la radio. Su programa favorito está a punto de comenzar y no quiere perdérselo.

La locutora recibe a esas horas a la primera invitada de la mañana, una cantante nueva, y sorprendente a la que Milagros aun no pone cara pero sí melodía. Conoce todos sus temas, al menos los que suenan por la radio. La melodía del primer single se cuela en ese preciso instante por los agujeros del altavoz, invadiendo el dormitorio.

Es esta una práctica habitual para el matrimonio. Milagros enciende temprano la radio y en seguida se despereza tarareando en voz alta las canciones que suenan una detrás de otra, hasta que decide levantarse. A Fernando esto no le importa a pesar de que a esas horas de la mañana suele estar dormido. Él no es tan madrugador como Milagros, pero despertar de ese modo siempre le ha parecido maravilloso. El buen humor que Milagros tiene al amanecer es la mejor forma de comenzar el día, aunque esa hiperactividad mañanera le robe, algunos minutos de descanso.

Las canciones suenan una detrás de otra entre las preguntas que la locutora formula. Milagros permanece en silencio sin canturrear ni tararear. A Fernando le parece extrañó pero prefiere hacerse el dormido y esperar.

Hoy no le apetece cantar. No ha pegado ojo en toda la noche pensando en el anillo, en lo sucedido y en lo estúpida que se siente.

Aun no le ha dicho nada a Fernando. Sabe que él se dará cuenta más pronto que tarde. Milagros siempre lo lleva puesto, a pesar de que él le ha regalado a lo largo de los años, otros muchos más brillantes y valiosos.

-¿Para qué te compro anillos preciosos si luego no te los pones?, insiste el cada vez que salen a cenar o asisten a algún evento importante.

El anillo no vale nada, pero lo representaba todo. Es la prueba de un amor tan natural y sencillo como el objeto en sí mismo y lo cierto es que a Fernando le encanta que Milagros no lo haya sustituido nunca por otro.

Aquellos primeros años en la fábrica de leche había tenido que trabajar muy duro, pero era un tipo avispado e inteligente, que supo hacer las cosas bien. El oficio de pastor que tanto odió cuando deambulaba solo y perdido por los montes, le había convertido en un tipo tenaz, con habilidades que en la vida le fueron más útiles de lo que nunca pensó. Así que salió adelante con éxito. Con mucho éxito Poco a poco mejoró su posición dentro de la empresa y cuando pudo emprendió su primer negocio. Milagros y él supieron dar pasos firmes y acertados, invertir, arriesgarse, rodearse de gente honesta como ellos y hacer fortuna.

El nunca planeó ser millonario, aunque acabó siéndolo. Lo que quería era no estar solo, el amor de una mujer, tener hijos, sentir el calor de una familia. La suya. La que nunca tuvo y que tanto deseó. Así que construyó junto a Milagros una fortaleza firme y bien cimentada con la que logró dejar atrás el llanto sin consuelo de cada noche en el hospicio, el miedo, el frío en la sangre, en los huesos y en el corazón. Dejó de hacerse preguntas sin respuesta y ancló su vida para siempre a aquella mujer con más carácter que tamaño, que le regaló la familia que tanto añoraba, un nido al que regresar cada noche, ternura, seguridad y mucho amor. Lo demás vino sin querer.

La locutora da por concluida la entrevista dando paso a la siguiente sección. Anuncia la llamada de una escuchante que desea hacer un llamamiento. A Milagros le da un vuelco el corazón.

Una oyente ha contactado con el programa, explica a presentadora, para localizar al propietario de un objeto encontrado en el parque del Retiro.

_¡¡Claro!! Piensa Milagros.

La chica, que se presenta como Carolina, no desvela de que se trataba, pero si da una serie de detalles inequívocos: es algo metálico, pequeño y de poco valor. Carolina dice haberlo encontrado por casualidad y desea encontrar al dueño del peculiar objeto porque según indica, un extraño pálpito le dice que quizás se trata de algo importante para su dueño. Carolina no comenta nada sobre la inscripción, pero Milagros sabe que es el anillo -No puede ser de otro modo- así que dando un brinco se levanta de la cama y llama.

Milagros había estado en el parque del Retiro hacía una semana. Una estupidez, piensa ahora, que por supuesto no ha comentado con Fernando. Iba a ser su cumpleaños y trasteando en una de esas aplicaciones de compraventa de cosas usadas, encontró una persona que vendía la colección de discos originales descatalogados de Los Brincos.

-A Fernando le encantará, pensó cuando lo vio, así que contactó con el vendedor.

Durante unos días se mensajeó a escondidas con aquel desconocido, que una vez concretado el asunto de los discos, comenzó a hablarle de otras muchas cosas. El tipo parecía interesante, dulce y amable. También inofensivo. Al principio Milagros sintió cierta vergüenza, incluso miedo, que con el tiempo se transformaron en vértigo y curiosidad por saber más sobre un interlocutor al que sin darse cuenta fue dibujando en su cabeza. Ella era casi una anciana y no sabía nada sobre las redes sociales. Lo que si sabía era que nunca en su vida había experimentado nada igual.

De repente y a pesar de la edad podía ser quien quisiera. La pantalla de su teléfono la protegía de los años y de las arrugas, convirtiéndola en quien ella desease. Jugó a hacerse pasar por una adolescente en busca de un regalo para su abuelo y esa sensación rebelde y libertina la volvió loca. Así que dejó que la cosa continuara hasta que, sin darse cuenta, se le fue de las manos.

Aquel día Milagros había quedado con su interlocutor. Un hombre al que no conocía pero que había conseguido acaparar toda su atención en la última semana. De camino al Retiro, imaginaba como sería el encuentro.

-¡Él creía que ella era una adolescente!, ¿Cómo iba a resolver eso?

Milagros se acercó al lugar acordado. Se acomodó en un banco un tanto apartado y esperó durante horas. Esperó que aquel hombre al que ella había imaginado apuesto y elegante llegara con los discos bajo el brazo. Su hombre nunca llegó y si lo hizo ella no supo verlo. Nerviosa, se frotaba las manos, manipulaba el anillo y miraba el teléfono y el estanque, el estanque y el teléfono, pero nadie se sentó en el banco donde habían quedado.

Un par de horas después, se levantó y echó a andar cabizbaja y confundida. La angustia que se instaló en su pecho no le dejaba respirar. Creyó que se desplomaría, pero apoyada en el tronco de un árbol respiró profundamente hasta tranquilizarse y una vez restaurada cierta normalidad, echó a andar camino de su casa. Se sentía culpable, pero ¿culpable de qué?

Fernando la esperaba cariñoso y sonriente, como siempre, sorprendido por la tardanza, pero contento. Fue al mirarle a los ojos, cuando Milagros reaccionó. Se encerró en el baño y lloró con tristeza, con rabia y desesperación. Dejó que cada lágrima le escociera como el alcohol en las heridas hasta que ya no pudo más. Eran las ocho de la tarde cuando Milagros bajaba las persianas del dormitorio y se metía en la cama con la excusa de tener una fuerte jaqueca.

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Hoy la escena se repite. Milagros está de nuevo en el Parque del Retiro. A la espera de encontrarse con alguien extraño. Sola. Intranquila. De nuevo a escondidas.

Carolina llega temprano al punto de encuentro, se acomoda en el banco acordado y espera a que Milagros aparezca. Sujeta con fuerza el anillo en el interior del bolsillo de la cazadora. Lo ha limpiado a fondo y guardado en una cajita de joyería que ha encontrado por casa, como si de un regalo se tratase.

Milagros echa un vistazo a los alrededores del estanque.

-Hay que ver la cantidad de gente que ha venido hoy al Retiro- piensa- La verdad es que hace un día estupendo.

Detecta a una mujer joven y elegante, sentada en el lugar acordado. Lleva el pelo recogido en un moño y zapatos de tacón.

-Es ella, piensa Milagros- y sin más, se acerca al lugar donde Carolina espera con los cascos puestos tarareando una canción.

La historia del anillo que encontró Carolina en el Retiro apenas duró un par de semanas. Sin embargo desde el instante en que el anillo cayó en sus manos se convirtió en una obsesión que distraía su mente y llenaba su vida; en esos momentos tan aburrida y alienada como consecuencia de las restricciones impuestas por la pandemia.

La obsesión por encontrar al dueño del anillo y descubrir el misterio que estaba detrás de aquella inscripción casi inteligible, se transformó en una necesidad. Las palabras surgieron solas y sin planearlo fueron dando forma a una historia: La historia del anillo que encontró Carolina en el Parque del Retiro.

-Hoy he encontrado un tesoro en el parque, escribió el primer día, cuando tras limpiar la arandela, descubrió que era un anillo.

Carolina fantaseó durante esos quince días con los protagonistas, sus vidas y sus sentimientos y comenzó a escribir un relato que publicó por capítulos en sus redes sociales. Necesitaba compartirlo, así que se dejó llevar por la imaginación y tecleó sin pausa día y noche, inconsciente de la velocidad con la que sus mensajes traspasaban las pantallas de los móviles, las tabletas y los ordenadores en el mundo entero. El número de seguidores de su perfil creció con cada entrada, alcanzando cifras sorprendentes. Miles de personas la escribían desde recónditos lugares del planeta preguntándole cosas sobre Milagros o incluso planteándole situaciones hipotéticas que luego ella daba forma en su mente construyendo nuevos escenarios.

El día que Carolina quedó con Milagros, las redes echaban humo. Al otro lado de los cables y las pantallas, millones de personas esperaban con emoción el desenlace final de la historia que les atrapó desde que Carolina tecleó la primera palabra. Todo el mundo estaba expectante. Aguardando que Carolina y Milagros se encontraran en el Retiro e intercambiaran el anillo, de conocer a Milagros y de entender definitivamente su historia. Todos, incluida Carolina necesitaban un punto y final. Feliz.

Así que Carolina miró el reloj. Era la hora en punto cuando Milagros se acercó a ella y le dijo:

-Buenos días Carolina, soy Milagros, y entre las dos mujeres se hizo un silencio diminuto comparado con el estallido de aplausos y el griterío que se formó a su alrededor, cuando todos los que se habían acercado al parque para presenciar la escena final comenzaron a festejar el ansiado encuentro.

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