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La guerra de los sexos, la guerra de la igualdad

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Como mujer que soy llevo tiempo muy harta de sentir que no puedo decir lo que pienso sin que nadie quiera venir a corregirme.

Tengo, por un lado, a aquellas que se llenan la boca de feminismo para dar carnets a las demás: para decirnos cómo tenemos que hablar, cómo tenemos que pensar, cómo tenemos que follar, cómo tenemos que criar o no criar. La hartura que me producen estos discursos tan radicales es absoluta. En mi opinión, hay algunas mujeres que intentan justificar su odio visceral hacia los hombres en teorías de género, en cuestiones barnizadas de una supuesta ideología que yo no llego a entender. No pretendo insultar a nadie, ni ofender a nadie. Pero si pretenden colarme esos discursos como el único feminismo posible, lo siento, pero no cuenten conmigo.

Soy mujer. Lo vuelvo a repetir. No soy un «ser gestante» (y soy madre); no soy «un ser menstruante» (y tengo la regla). Soy mujer. ¿Maneras de definirlo? Hay muchas: desde la biología, la sociología y desde ámbitos culturales. Y defiendo totalmente el derecho a quienes naciendo biológicamente hombres, sienten que son mujeres y así merecen que les consideremos y respetemos. Ahora bien: entiendo que todos podemos comprender que meter con calzador la tan manida «igualdad» puede hacer saltar las costuras y generar, lógicamente, el cabreo de mujeres que no están (no estamos) dispuestas a ser «borradas del mapa» o a que el concepto de ser mujer se retuerza de tal manera que terminemos por negar la realidad.

Sobre esta cuestión me pregunto por qué hay que meter en un cajón a los gays, lesbianas, transexuales, bisexuales… como si todo cupiera en un mismo espacio, cuando son realidades absolutamente distintas. Tan distintas como la realidad de cada día de cada ser humano. Se ha creado una especie de línea divisoria entre heterosexuales «y todo lo demás». ¿Cómo que «todo lo demás»?

Hablemos de derechos, de todos los seres humanos, de todas las personas a no ser discriminadas absolutamente por nada. Y en mi opinión, dejemos de ponernos etiquetas que finalmente lo que consiguen es enfrentarnos. ¿Acaso es esto lo que algunos quieren con tanto término y tanta vuelta de tuerca?

Nos pasamos el día discutiendo sobre si es correcto decir «todas y todos» y ahora viene también el «todes», mientras en realidad lo importante, para mí, es que no haya ni una sola persona a la que le falte lo necesario para vivir: para vivir libre, feliz, con salud. Y abordar sus necesidades en mi opinión debe hacerse desde el concepto de humanidad y no de sectores ni etiquetas que generen debates estériles.

Soy mujer y no odio a los hombres. Soy persona y no odio a las personas por lo que sientan, recen, piensen. Cualquier tipo de idea que suponga marcar diferencia, sometimiento, humillación o discriminación de alguien por la causa que sea me genera rechazo. Y eso es lo que creo que se debe abordar: existe machismo, como existe hembrismo, racismo, xenofobia… y una larga lista de términos para describir las maneras de odiar de mentes estrechas que en un proceso de socialización determinado han asimilado que un determinado tipo de discriminación es «normal».

Vemos cada día noticias sobre mujeres asesinadas. Pasan a sumar una lista terrible y a ser datos que vienen a ocupar los discursos del «feminismo» que ha decidido enfocar el mensaje hacia las mujeres que potencialmente podamos ser víctimas de malos tratos, de abusos, de discriminación. No tuvieron otro mejor eslogan que usar que aquél de «sola y borracha quiero llegar a casa». Me entristece que las mentes pensantes parezcan no dar más de sí para intentar visibilizar el problema que en realidad nos afecta a todos: un problema de educación de toda la sociedad, en igualdad de verdad, sin etiquetas, sin modas que luego quedan en nada.

Soy persona y quiero vivir libre. Punto. Esto no niega un machismo estructural: ¿pero por qué no hablamos de los fallos reales del sistema, que pueden tener que ver con machismo, pero también con falta de profesionalidad, con falta de rigor, con falta de atención? Analicemos lo que le pasa a no pocas mujeres cuando acuden a poner una denuncia por un caso de la llamada violencia de género. Arrojemos luz sobre el trato que recibe, la falta de acción inmediata y la triste sensación en no pocos casos que te hace sentir y preguntarte ¿para qué habré venido yo a quí a perder tiempo y a sentir que no me ayudan?. Hablemos también de los casos en los que un hombre es agredido (hay muchas maneras de ser agredido y poco se habla de lo que sucede): ¿siente un hombre que realmente se le va a escuchar si acude a poner una denuncia por malos tratos por parte de su pareja?. Aquí hay también un problema que viene generado, precisamente, por querer establecer una «guerra de sexos» en lugar de abordar un problema de convivencia entre personas que no saben respetar a los demás.

Se mezcla todo y al final pasa lo que pasa: que no abordamos los comportamientos en base a lo que estos son y no a quien los comete. Porque comportamientos machistas hay en mujeres y es un grave error pensar que el machismo es cosa de hombres. Pero decir esto parece que está mal visto. Y debo reconocer que los comportamientos más machistas que he presenciado en mi vida han venido dados por mujeres. Es por lo tanto un problema educativo, a mi entender.

La violencia existe de muchos tipos. Desgraciadamente la más atroz es la que vemos cuando conocemos un asesinato. Pero por desgracia violencias derivadas de discriminación hay continuamente en nuestro entorno. Y probablemente una de las más bestiales sea la violencia que sufren centenares de miles de personas por razones económicas. Una violencia que deriva en otras, porque al fin y al cabo la violencia supone un abuso de fuerza, poder, sobre otra persona.

Esta «moda» de querer hacer entender que el feminismo es uno, que solamente hay una manera de entender los derechos de las mujeres, creo que está generando división, polarización y en definitiva, tengo la impresión de que no está consiguiendo abordar un problema social (desigualdad y discriminación hacia las mujeres por el hecho de serlo) de manera efectiva.

Generar al final un discurso, un relato único, en prácticamente cualquier ámbito, no suele hallar las soluciones ante un problema que suele ser poliédrico.

Para este «feminismo» que trata de imponerse, hay un «tufo» que criminaliza al «hombre» en no pocos casos; que considera que el trabajo sexual es «indigno» en lugar de regular para delimitar los casos de explotación sexual; que considera que la mujer es dueña de su cuerpo para decidir sobre su maternidad, pero que criminaliza la gestación subrogada en lugar de regularla para identificar casos de explotación de personas. En mi opinión, los eslóganes que suenan muy contundentes generan en la sociedad un efecto en muchas ocasiones contrario: mirar al dedo en lugar de mirar a la luna como se suele decir.

Y obviamente generan el péndulo: consiguen que surjan movimientos extremos en sentido opuesto, negando el machismo, negando las distintas maneras de odiar que existen.

Mientras se pone la atención en las consecuencias en lugar de enfocar con honestidad en el origen de estos problemas, seguiremos cayendo en la división de la sociedad, en la estigmatización, y en mantener problemas que, en definitiva, deberían abordarse atendiendo al contexto social, cultural, en el que «todos, todas y todes» participamos.

Mejorar las instituciones para que sean ágiles, para que no sean el primer estadio de discriminación es vital. Y procurar que la protección de una víctima no suponga la generación de otras.

Evidentemente, si se abordasen estas cuestiones desde una perspectiva mucho más amplia, «holística» como se suele decir ahora, no tendría sentido generar instituciones, ministerios ni presupuestos específicos para cajones concretos. Agilizar la educación, la justicia, y garantizar que aquello que nos rodea cumple con criterios basados en los propios derechos humanos y fundamentales supondría sin duda un acuerdo colectivo. Sin embargo, si nos asomamos a ver el negocio que supone para algunos esto de las etiquetas, de los discursos exagerados que no quieren generar conciencia, nos daremos cuenta de dónde está el verdadero problema.

Estas líneas son un desahogo. Una ruptura de los clichés que se nos tratan de imponer. Un grito cabreado ante los hechos que nos rodean y los problemas que no se resuelven. Quizás sea porque el enfoque no está siendo integrador sino disgregador. Cosa curiosa cuando el objetivo es el de la igualdad.

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