Salamanca, ciudad universitaria y avanzadilla intelectual durante muchos siglos, dio lustre y fama a muchos personajes que pasaron por ella, y destacaron en las más diversas ocupaciones pero no se vieron libre de la guadaña de la Plaza Mayor, que corta la cabeza a cuantos salmantinos osan sacarla o destacar por algún motivo, movida casi siempre a consecuencia de las malas intenciones y envidias por parte casi siempre de personas mediocres muy lejanas de alcanzar el prestigio y nombre de muchos de ellos. En general podría aplicarse a muchos lugares y sobre todo a profesiones. Es una especie de sentir de los iguales cuando alguno de ellos prospera. Es muy conocida la anécdota de Ramón y Cajal cuando recibió el telegrama comunicándole la concesión del Premio Nobel de Medicina en 1906, diciéndole a su esposa: ” Que desgracia, mis compañero nunca me lo van a perdonar”. Tenía claro que el círculo de sus críticas procedía de los profesionales más cercanos.

Pero en Salamanca como ciudad pequeña es más dada a las “menudencias y luchas de campanario” a las que aludía Unamuno, que precisamente fue un personaje que experimentó sus efectos en muchas ocasiones, y en especial a partir del 12 de octubre de 1936, simplemente por decir lo que pensaba. Nada menos que el claustro de Su Universidad le cortó la cabeza, en una votación prácticamente unánime de los profesores asistentes. Peligroso ejercicio ese del decir lo que se piensa. No suele ser rentable, como nos lo podría explicar Fray Luis de León, que sufrió los efectos de la guadaña, porque “la envidia y la mentira le tuvieron encerrado”, aunque hicieron poca mella a su grandeza porque reanudó sus clases con el “decíamos ayer”, y su estatua preside el frente de la fachada de la Universidad, recordándonos quien fue.

No existen noticias fidedignas de la fecha en la que comenzó a funcionar pero salmantinos ilustres como Torres Villaroel nacido en 1694, ya la padeció y pudo referirse a la “caudalosa conjura que corrió contra él” después de estar varios meses injustamente en prisión.

Y ni siquiera se libró de ellas un salmantino ejemplar como lo fue Filiberto Villalobos, al haberse asomado al mundo de la política moviendo la guadaña sus contrincantes que le causaron serios problemas, incluso el estar detenido en 1936.

Esteban Madruga fue catedrático de derecho civil, y rector de la Universidad en varias ocasiones. Como también sobresalió, la sufrió en diferentes momentos a pesar de su bonhomía. Él fue quien me refirió sus efectos que no me son ajenos. La he visto funcionar con diferentes resultados según la persona que la sufra en función de su importancia y significación en la ciudad.

De Dorado Montero, insigne penalista, catedrático también de esta Universidad, en este caso de derecho penal, Azorín pronunció una frase acertada de su personalidad cuando dijo: «Es un hombre que se abraza a la realidad y piensa». Pues bien por sus doctrinas y opiniones fue excomulgado por el obispo Padre Cámara. Ello ocurría a principios de siglo. La libertad de cátedra le libró de represalias oficiales, pero no de la Iglesia y de amplios sectores de la ciudad.

Dichosa guadaña, qué en verdad, ha cercenado la cabeza de muchos salmantinos desde hace bastante tiempo, y lo malo es que sigue funcionando, movida siempre por otros que no llevan bien el trabajo y el mérito de cuantos han destacado por algún motivo. No importa que el ponerla en movimiento suponga algún esfuerzo, molestia, o inquietud interior procedente de impulsos, casi siempre inevitables, surgidos de emociones negativas que conforman algunas personalidades, que ya tienen bastante con el sufrimiento que les producen.

Quienes hayan seguido mis escrituras han leído sobre la triste condición de humana que entiendo se nos manifiesta constantemente, pero que afortunadamente solo afecta a unos pocos que no han sabido desprenderse de aquellas emociones negativas y corregir a ese idiota que todos llevamos dentro. Tenemos que controlarlo y someterlo a través de ejercicios de urbanidad y buena convivencia, porque de otra manera la guadaña va a terminar desgastada en sus engranajes, y lo que es peor, daña gravemente a la calidad de vida, de aquellos que se molestan en hacerla girar, porque sufren lo suyo.

Me pregunta mi amigo Manuel si conozco algún caso reciente. Y le contesto que no uno, si no varios en el escaso trayecto del año, de este año 2020 que se nos presenta movidito, y en el que lamentablemente la veremos funcionar engrasada y con nuevos bríos. Si estas atento a los medios de comunicación locales, la verás en pleno apogeo.

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