Dicen los expertos y tertulianos que el PP de Pablo Casado se ha “marianizado”, que se ha moderado, que ha vuelto a virar al centro de cara al desafío electoral definitivo del 10N. Ahora bien, ¿qué es en realidad el centro político? ¿Existe ese territorio político sin explorar? ¿Hubo alguna vez un espacio entre la derecha y la izquierda? ¿No se tratará al fin y al cabo de un lugar mítico, de una fábula legendaria, de un unicornio rosa que la derecha española saca a pasear cada vez que se acerca una cita trascendental con las urnas?

Algunos analistas políticos quieren ver en la barba prehípster que se ha dejado Casado la prueba definitiva de que en los últimos tiempos el nuevo líder del PP ha optado por recuperar el espíritu (y hasta el decadente aspecto físico) de su predecesor Mariano Rajoy. A Casado ya no se le escucha hablar con tanta furia del “felón Sánchez”, de cuando en cuando arremete contra Rivera por haber bloqueado la formación de un Gobierno en España y hasta se muestra dispuesto a sentarse y hablar con el PSOE, una vez pasado el 10N, sobre una hipotética “Gran Coalición”. Quién lo iba a decir hace solo unos meses, cuando promovía manifestaciones nacionalistas, codo con codo, con la ultraderecha de Vox.

¿Es ese cambio de talante del dirigente conservador el tan deseado y manido giro al centro o solo una treta electoral para captar papeletas entre los votantes más moderados? Más bien parece que estamos ante lo segundo que ante lo primero. De entrada, el cambio de actitud del máximo responsable de Génova 13 no obedece a ninguna refundación rigurosa y seria del partido en un Congreso extraordinario donde se hayan debatido las ideas de cambio, ni a la asunción de postulados políticos mucho más flexibles, ni al fichaje de caras nuevas procedentes del llamado etéreamente “espectro centrista”. Nada de eso. El famoso giro al centro de Casado es pura improvisación, jazz fusión (él que es tan aficionado a la guitarra eléctrica), simple postureo electoral.

El supuesto volantazo centrista lo da el líder popular de la noche a la mañana en función del clima político originado por las encuestas, y según el humor con el que se levante de la cama ese día. Porque el centro es una moda, un traje de prêt-à-porter. Así, el lunes Casado se viste de ultra por la rabia que le da leer en los papeles que la Justicia ha encontrado un nuevo escandalazo en su partido (es entonces cuando levanta el teléfono y ordena a su guardia pretoriana conservadora de la Audiencia Nacional que recuse a los magistrados progres que pretenden imputar al PP por organización mafiosa y criminal). El martes, como ya se ha relajado un tanto, le viene la vena demócrata-cristiana, y aparece el Casado vestido con túnica zen (sin llegar a los ejercicios budistas de Rodrigo Rato). Y a mitad de semana ya se pone el traje de centro total, de moderado fuera de toda sospecha, de centrista de pedigrí. Para el jueves, eso sí, le vuelve a arreciar la fiebre radical y conforme se acerca el fin de semana, como le va la marcha de los domingos de mítines duros y recios frente a las murallas de Ávila, repite vestimenta y se enfunda el traje retrofranquista. De modo que el disfraz del centro es una prenda que se pone por días, por estados de ánimo y sobre todo según las encuestas.

Pero más allá de cálculos electoralistas de corto plazo, la auténtica realidad es que el centro político en España nunca ha existido. La UCD, primer y último experimento supuestamente centrista, no fue más que un montaje muy bien urdido lleno de jóvenes tecnócratas llegados del franquismo, exfalangistas avispados que veían en la democracia una oportunidad de seguir haciendo negocio, procuradores en Cortes del Antiguo Régimen y jóvenes abogados del sindicato vertical con ganas de hacer carrera. Lo miremos como lo miremos (y eso lo sabemos todos) aquello era un nido de fascistones travestidos de demócratas aunque, eso sí, jugaron un papel útil y crucial para que la Transición fuera tranquila y pacífica y aquello no terminara en una ensalada de tiros como en el 36.

Después de Suárez, el espejismo del centro se disolvió como un azucarillo. Fue entonces cuando Fraga ocupó el liderazgo ultraconservador con Alianza Popular y dijo aquello de “ni tutelas ni tu tías”, una frase para la historia que en realidad escondía una gran falacia, ya que en el partido y en el posterior PP recaló lo peor del franquismo sociológico, de modo que Franco seguía siendo, de alguna manera, el “tutor y el tío” del proyecto.

La prueba de que el PP siempre ha sido más de extremos que de centros, es decir, más africanista que europeísta, la hemos tenido estos días de gloriosas sentencias en el Tribunal Supremo. La única valoración, el único análisis político que un supuesto demócrata moderado como Casado fue capaz de soltar por su boca tras la histórica resolución judicial que por unanimidad de sus magistrados ordenaba la exhumación de los huesos del dictador del Valle de los Caídos fue que no gastaría ni un solo euro en desenterrar la momia del general. Ciertamente, con centristas así la ultraderecha ibérica no necesita para nada a los Abascal y Ortega Smith, que en las formas pueden parecer más rudos y belicosos, pero en el fondo lanzan el mismo mensaje retro que el actual dirigente del PP.

En realidad, el centro, si es que llegó a ser algo alguna vez en nuestro país, fue la eterna utopía de la derecha, una tendencia que nunca cuaja porque siempre ocurre que sale un rival emergente como un Rivera o un Abascal con un marketing mucho más agresivo y un cuento mucho más eficaz: el del ultra disfrazado de liberal. Tipos sin escrúpulos. Lobos con piel de cordero dispuestos a levantarle a uno la parroquia, a quedarse con su negocio y a jugar con el pan de sus hijos. Y hasta ahí podíamos llegar. Por eso hay que parecer un poco de centro (no demasiado) sin perder de vista al competidor. Ya lo dijo Margaret Thatcher, ideóloga del populismo posdemocrático siglo XXI: “Estar en medio de la carretera es muy peligroso; te atropella el tráfico de ambos sentidos”. Pues eso.

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