Pedro Sánchez, pese a las muestras de cansancio y las dificultades, sale airoso de esta crisis

De alguna manera, la “geometría variable” le está funcionando a Pedro Sánchez. El sectario “no” a todo del principal grupo de la oposición, el Partido Popular, ha obligado al Gobierno de coalición a tejer alianzas puntuales en cada asunto de Estado, allá donde puede, con quien puede y como puede. Fiel a aquella célebre máxima de Kepler que decía que “donde hay materia hay geometría”, Sánchez no ha desechado ningún material aprovechable a la hora de conseguir los números necesarios para seguir gobernando. Fue bajo este principio filosófico-matemático −dejando a un lado los dogmatismos ideológicos y las trabas de los barones más conservadores de Ferraz−, como logró cerrar su histórico acuerdo con Pablo Iglesias para formar un Gobierno de coalición y dar paso a una nueva Legislatura tras meses de parálisis institucional en España.

Poco después llegó la terrible pandemia y cuando necesitaba arañar los pocos votos que le faltaban para sacar adelante el estado de alarma, Sánchez consiguió pactar con los independentistas de Esquerra Republicana bajo la promesa de reactivar cuanto antes la mesa de negociación en Cataluña. En esa misma línea, rizando el rizo de la cábala numérica y la cuadratura del círculo, alcanzó lo que parecía imposible: entrar en negociaciones con el Anticristo de la derecha española (EH Bildu) y hasta ponerse de acuerdo con Ciudadanos, pura ciencia ficción hace solo unos meses. No está tan lejos aquel día en que Albert Rivera le colocó un cordón sanitario al PSOE, negándole el pan y la sal, al tiempo que llamaba a los socialistas “traidores” y a sus aliados “la banda de Sánchez”. Hoy Inés Arrimadas (que también participó en aquel aquelarre con caza de brujas contra el “sanchismo indepe”) se lo compra todo al presidente. La nueva líder naranja ha comprendido que la “geometría variable” no solo funciona sino que es el único camino para que el país pueda salir de la crisis y lo que es aún más importante según sus intereses: para evitar el hundimiento total de Cs.

Seis meses después del estallido del coronavirus puede decirse que Sánchez ha superado la pandemia empleando tres manuales fundamentales: el de autoayuda personal para superar los momentos de bajón (su viejo Manual de resistencia); el científico-médico (las tesis doctorales de Fernando Simón para aplanar la curva epidemiológica); y el político (su tratado sobre geometría variable que ha ido construyendo sobre la marcha y que va camino de convertirse en un referente bibliográfico en todas las universidades). Con estas armas se ha defendido bien ante la sanguinaria e implacable oposición que le han planteado Pablo Casado y Santiago Abascal. Cuando las derechas trataban de acorralarlo con alguno de sus clásicos montajes y sórdidas conspiraciones, Sánchez sacaba la calculadora de la americana y extraía algún aliado imprevisto de la chistera, algún grupo minoritario que le daba oxígeno para seguir viviendo un día más, estropeando los maquiavélicos planes de PP y Vox para derrocarlo.

Sánchez El Pitagórico ha demostrado con hechos, cuando nadie daba un duro por él ni por su incipiente Gobierno, que la política es el arte de buscar consensos y llegar a acuerdos, tal como se decía en los tiempos de la Transición. Ayer mismo, sin ir más lejos, logró pactar con los demás partidos las conclusiones de la Comisión de Reconstrucción Social y Económica del país tras la pandemia del covid-19. Para cerrar el documento económico, Sánchez se ha apoyado en Ciudadanos (el partido naranja ha pasado de querer meter en la cárcel al presidente por sus negociaciones con Quim Torra a votárselo todo a favor); para concretar las políticas sociales, ha mirado de nuevo a ERC, que sabe que la negociación con Madrid le dará votos de cara a las elecciones catalanas; y a esta hora, a punto de concluir el plazo para clausurar la Comisión, el premier socialista tiene casi atado con el PP un pacto por la Sanidad pública y por la defensa de los intereses de España en la Unión Europea. Solo el PNV, que venía siendo uno de los andamios del Gobierno durante el estado de alarma, ha decidido marcar las distancias y votar en contra de los cuatro bloques de conclusiones. Demasiado compadreo con Madrid no es buen negocio en medio de la campaña a las elecciones vascas, aunque todo el mundo sabe que la alianza Sánchez/Urkullu se asienta sobre firmes cimientos. Finalmente, hasta los independentistas de Junts, más obsesionados con destruir que por construir un Estado, han aceptado algunas de las propuestas.

Las conclusiones de la Comisión de Reconstrucción del país serán presentadas mañana viernes para su debate y votación y llegarán al Pleno del Congreso de los Diputados en la segunda quincena de junio para su ratificación. Entonces será el momento de las enmiendas y transacciones y también la hora de analizar si el trabajo de los diferentes grupos ha dado sus frutos después de tantas semanas de debates y discusiones sobre cómo encarar la crisis histórica en la que nos encontramos. Ni siquiera el siempre optimista Patxi López, presidente de la Comisión, habría puesto la mano en el fuego por que la cosa llegara a buen puerto. Cuando aquel día Espinosa de los Monteros se levantó despechadamente de su asiento, cogiendo su maletín y abandonando la sala con arrogancia −mientras Pablo Iglesias le soltaba aquello de “cierre al salir, señoría”, una frase para los anales del parlamentarismo− parecía que la Comisión iba a saltar por los aires. Al final, la extrema derecha se ha automarginado del proceso de reconstrucción de España, colocándose ella misma el famoso cordón sanitario. Los patriotas han demostrado que no tienen ni idea de patriotismo y al final lo que queda es que ni los montajes judiciales de Casado ni las ruidosas caceroladas de Santi Abascal han podido con la geometría variable de Sánchez, un Newton de la política que nunca pierde de vista el inmenso poder que tienen los números.  

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