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La genuina grandeza de Almudena Grandes

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Hoy hablaremos bien del emérito, al César lo que es del César, hay que ser justo y reconocer una buena labor cuando la hay. Nos referimos, naturalmente, al arzobispo emérito sudafricano Desmond Tutú, recientemente fallecido. Este luchador incansable contra el apartheid, por la igualdad y los derechos de la mayoría negra de su país, una lucha a la que dedicó toda su vida y por la que recibió el premio Nobel de la paz en 1984, dejó muchas frases para la posteridad, entre ellas ésta: “permanecer neutral en situaciones de injusticia es ser cómplice de esa injusticia”.

Una frase que  bien podría aplicarse ahora a los muchos representantes del mundo de la cultura, rostros muy conocidos que habitualmente toman la palabra para señalar y denunciar situaciones de injusticia, de abuso y desamparo, y que, sin embargo, y sorprendentemente, han permanecido callados, envueltos en un clamoroso silencio, mirando vergonzosamente hacia otro lado, cuando Martínez Almeida, alcalde de Madrid primero denegó el nombramiento de hija predilecta de la ciudad de Madrid, un reconocimiento sobradamente merecido, a la recientemente fallecida escritora Almudena Grandes. Y después de denegárselo, se lo concedió, a pesar de que, según sus palabras, seguía creyendo que no lo merecía, a cambio de unos miserables votos que necesitaba para aprobar los presupuestos de este año, que es decir lo mismo que para mantener el cargo. Unos infames votos que le dieron tres ediles tránsfugas  “carmenistas”  escindidos de Más Madrid, el partido de Íñigo Errejón. Lo peor es que en todo este sucio y miserable asunto se ha visto envuelta una extraordinaria escritora que ya no puede defenderse, y que en modo alguno merecía aparecer en este trapicheo de trileros.

Este indecente regateo retrata muy bien al alcalde Almeida, que es capaz de hacer lo que sea, incluso de ir en contra de sus convicciones, de sus principios, con tal de sacar adelante sus presupuestos, todo sea, como decíamos antes, por mantenerse en el cargo. Y también retrata a la perfección a esos tres concejales supuestamente “de izquierdas” que en vez de dejar su cargo y dedicarse a otra cosa si no están de acuerdo con las directrices del partido al que pertenecen, y que les colocó en el puesto donde están, usan sus votos para apoyar a la derecha a cambio de algún beneficio personal, con alguna condición para lavar sus conciencias, como ésta de que se le otorgue el reconocimiento de hija predilecta a Almudena Grandes. 

Estas malas prácticas políticas, por decirlo fino, por desgracia no son nuevas, recordemos el escandaloso “Tamayazo” del que ahora se cumplen diez años, con Esperanza Aguirre como malvada bruja del bosque, experta en conjuros neoliberales, legendaria criadora de ranas y sapos al por mayor, ofreciendo a los “niños” Tamayo y Sáez sacos de chucherías a cambio de sus almas. Mucho nos tememos que este caso de los tránsfugas de Más Madrid no será el último, porque nunca faltarán poderosas brujas y brujos dispuestos a tentar, ni tampoco faltarán en las filas de la izquierda cargos dispuestos a dejarse tentar, seducir y cautivar por los encantos  del poderoso caballero Don Dinero.

Dice el escritor Benjamin Prado en un estupendo artículo  publicado hace poco en Infolibre y titulado “El pequeño Almeida y la gran Almudena Grandes”  entre otras cosas, que el actual alcalde de Madrid es “un producto cocinado en los hornos de la FAES”, algo de lo que no cabe duda alguna, y añade además refiriéndose a Almeida que  “es un ejemplo superlativo de cómo una parte de nuestra clase política no tiene clase, ni siquiera educación, y también de la forma en que confunden su puesto con ellos mismos”. Y también añade que “en el bonito discurso en el que dijo, lo que dicen siempre, que sería el alcalde de  todos, estaba tan vacío como una cáscara de gamba en el suelo de un bar”. También dice de Almeida que es “un verdadero radical, otro campechano que en lugar de asistir al entierro de la novelista, como era su obligación institucional, andaba dando saltitos de rana sobre un riachuelo, no resultaba simpático sino grotesco”. Cabría preguntarle a Benjamin Prado qué esperaba de un tipo como Almeida. Si esperaba algo de él, una visita al tanatorio, un gesto de condolencia, unas palabras de afecto a la familia, un reconocimiento a la gran obra que nos deja como legado la escritora. Si esperaba algo así de él es que no le conocía lo más mínimo.

Pero todo lo que ha pasado desde el fallecimiento de la escritora ha sido, en mi opinión, para bien. Porque ha puesto a cada uno en su sitio, ha aclarado muchas cosas y puesto de manifiesto sin ningún género de dudas el pelaje, la catadura, la calaña de algunos de los actuales dirigentes políticos del PP de Madrid, con el alcalde al frente.

Si tanto el alcalde Almeida como la presidenta de la Comunidad de Madrid, ese inagotable filón de sandeces, falsedades y maldades llamado Isabel Díaz Ayuso, hubieran acudido al tanatorio y dedicado palabras de elogio a la fallecida, habría sido una señal de que Almudena Grandes no era tan grande como creíamos que era. El desplante de esta gente ha sido la prueba de que Almudena ha hecho muy bien su trabajo no solo como escritora, sino también como militante, como persona comprometida política e intelectualmente, como firme defensora de la verdad y la memoria en medio de tanta tergiversación, de tanta manipulación a cargo de la poderosa maquinaria mediática de la derecha. Almudena nunca ha callado ante la mentira o las medias verdades, que suelen ser mentiras enteras, nunca ha dejado de hablar de forma clara y precisa, sin pelos en la lengua, con su decir sencillo, cercano y directo lo que muy pocos se han atrevido a decir quizás por miedo a cerrarse puertas, a dejar de firmar suculentos contratos y cobrar cheques con cierta regularidad. Ella nunca se ha puesto el bozal de la peor censura que hay, que es la autocensura, porque vivía de su obra, de la fidelidad de sus incontables lectores y lectoras, y no necesitaba, como tantos del gremio de la pluma, filtrar lo que pensaba por miedo a desagradar, a hacerse malos quereres y exponerse a que alguien les pusiera la definitiva cruz sobre sus nombres, la proscripción que les dejaría abandonados a su suerte en el desolado desierto del ostracismo.

Aspiraba a ser, y lo consiguió, como su querido y admirado Benito Pérez Galdós, una persona libre e independiente, comprometida con la verdad y la memoria, una persona insobornable en su vida y en su obra. Como el inmenso escritor canario, Almudena nunca se postró ante ningún poder político, económico o eclesiástico. Y esto, en este país tan cortijero es algo que siempre pasa factura. A don Benito esta actitud le supuso, entre otras cosas, la pérdida del premio Nobel que tanto merecía. Las presiones del poder conservador de su época y de la Iglesia en forma de cientos, de miles de cartas de una destructiva virulencia e intolerancia, de una cerrazón mental marca España que todavía pervive de alguna manera a estas alturas de siglo, pidiendo que no le dieran el premio, dieron sus frutos y don Benito, como todo el mundo sabe, se quedó sin su premio. La  Academia sueca no aguantó la presión y se echó cobardemente para atrás negándole un galardón que en justicia le correspondía por su monumental obra. Pero eso, a mi forma de ver, le hizo más grande, porque podía haberse “trabajado” un poco tan importante premio, un premio que asegura la inmortalidad a quien lo recibe, dando alguna satisfacción, algún respiro a esos poderes, siendo un poco equidistante, suavizando, dulcificando un poco sus críticas, moderando su discurso, mirando para otro lado cuando convenía hacerlo. Pero no lo hizo y fue coherente y consecuente con sus ideas hasta el último día de su vida. Nunca fue neutral, y por lo tanto cómplice, en situaciones de flagrante injusticia, como decía Desmond Tutú.

Almudena Grandes tampoco lo fue, siempre llamó  a las cosas por su nombre, siempre denunció con sus palabras y sus obras la gran injusticia, la gran tragedia, el gran desastre que supuso la guerra civil y la posguerra para este país en sus brillantes “Episodios de una guerra interminable” y esa es su grandeza. Que peones como Almeida, Ayuso y demás no le hayan hecho aprecio alguno a pesar de que era una de las autoras más leídas de la literatura española contemporánea, que era madrileña y la  ciudad  de Madrid es el gran personaje que atraviesa toda su obra, es algo que los retrata a la perfección.

Dice el escritor Manuel Rivas, otro escritor comprometido con la justicia, la memoria y los valores de la izquierda, que el oficio más antiguo del mundo es mirar para otro lado. Almudena nunca miró para otro lado. Defendió a los perdedores, a los más débiles y vulnerables, a los perseguidos solo por pensar diferente, a la gente común a la que dio voz, una voz que gracias a su talento no perecerá nunca. Y eso en este país se paga caro.

No hace falta decir que dentro de unos pocos años nadie se acordará del alcalde Almeida, ni de la Ayuso y demás políticos mediocres, políticos de saldo a los que el tiempo borrará para siempre y diluirá en el más completo y absoluto olvido. En cambio la figura de Almudena Grandes, su  inconfundible voz que conmueve, que emociona y sobrecoge como pocas, seguirá viviendo y creciendo en sus cada vez más numerosos lectores. El tiempo siempre cumple con su cometido, nunca deja de hacer su trabajo de poner a cada uno en su sitio.

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