Más allá del tiempo homogéneo y vacío, la esperanza se inscribe en un tiempo pleno que no atiende a cronologías, a un pasado que no se elige “a la ligera”, sino un pasado que busca recuperarse, actualizarse ¿Pero de qué puede ser salvado algo que ya ha sido? Del estruendo y de la polvareda, de tanta ignorancia y de tanta mala fe que nos rodean cada día.

Todo parte de que en nuestras sociedades hay un problema básico que afecta al conjunto y que es la fractura de la confianza. Si no hay confianza, los procesos de transmisión tienen poquísima eficacia, a menudo incluso son contraproducentes. Y aquí hay una cuestión que tiene unas dimensiones enormes porque la fractura de la confianza quiere decir una fractura del vínculo social. Por tanto, vivimos en sociedades muy aisladas. Por ejemplo, se ha deshecho prácticamente totalmente la cuestión de la vecindad, que era una estructura que tenía una importancia grande. Entre la familia y el ámbito externo, ya sea escolar o político, había la vecindad que hacía de intermediario, y esto se ha derrumbado.

La falta de confianza, la desconfianza, es difícil de combatir al igual que la credulidad (nos molesta tanto que nos quiten la razón que todo lo que la afianza se acepta aún siendo falso). Se sospecha de las instituciones (con razón), de los medios de información, de los partidos… Estamos instalados en un tiempo provisional sin fin; cualquier atisbo de salida nos hace vulnerables a la demagogia más ruin.

La desconfianza es más solida, digámoslo así, que la confianza que no puede ser argumentada, que es una condición previa. Cuando se quiere argumentar, es que no hay confianza. Los seres humanos trabajamos con conceptos pero también con pre-conceptos, pre-juicios en el sentido original de la palabra: cosas que damos por descontadas. Los juicios son argumentados pero los prejuicios no, porque están en la base de lo que pensamos.

Ante la necesidad de recuperar una mínima confianza para el diálogo, lo importante es que para los receptores (los ciudadanos, los votantes) el relator (el que nos cuenta lo ocurrido) sea creíble y esto en todos los ámbitos de la vida. Esto obliga, para no perdernos en palabras que el relator sea un testigo. ¿Y quién es un testigo? Hace muchos años un gran filósofo, Stanislas Breton, definía testigo como “aquella persona que con la veracidad de su vida pone de manifiesto la verdad de lo que dice”. Me parece que no se necesitan muchas palabras más porque en el fondo ¿cuál es la crisis de este momento? Podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que es la fractura de lo que es creíble.

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