La tensión entre consciencias, herencias y condiciones socioeconómicas intenta allanar la distancia entre el mundo de las nociones y el mundo de los fenómenos, no sólo mostrar la potencia de una deliberación moral sustentada en la percepción de la particularidad de cada persona y cada situación, sino poner a prueba la idea del sujeto liberal, la premisa de un individuo no determinado por los contextos sociales, regido libremente por su racionalidad y moralidad que intenta tratar a los otros no como medios para lograr fines egoístas sino como seres que pueden ser contemplados con empatía y relacionarse con ellos desinteresadamente.

La relación con el otro, un otro que es el principio de realidad del cual nace la consciencia, es la piedra de toque de nuestras más elementales nociones psicológicas, éticas y políticas, es la contraparte ineludible del sujeto. El encuentro traumático con otra persona cuya identidad está marcada por diferencias de género, culturales, sociales y raciales, exacerbadas por los regímenes políticos. Es un otro que irrumpe en nuestras vidas sacudiendo nuestras convicciones.

Puede que la crisis sanitaria, la crisis económica y a consecuencia de ellas la crisis social, nos proporcione una visión de que hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy; hemos hecho virtud de la búsqueda del beneficio material; de hecho, esta búsqueda es todo lo que queda de nuestro sentido de un propósito colectivo. Sabemos qué cuestan las cosas, pero no tenemos idea de lo que valen.

No podemos seguir viviendo así. El capitalismo no regulado es el peor enemigo de sí mismo: más pronto o más tarde está abocado a ser presa de sus propios excesos. Pero si todo lo que hacemos es recoger los pedazos y seguir como antes, nos aguardan crisis mayores durante los años venideros.

Sin embargo, parecemos incapaces de imaginar alternativas. Esto también es algo nuevo. Hasta hace muy poco, la vida pública en las sociedades liberales se desarrollaba a la sombra de un debate entre los defensores del capitalismo y sus críticos, normalmente identificados con una u otra forma de socialismo. La última vez que una multitud de jóvenes expresó una frustración comparable ante la vaciedad de sus vidas y la desalentadora falta de sentido de su mundo, fue en la década de 1920: no es casual que los historiadores hablen de la generación perdida.

Mirando hacia atrás desde nuestra ventajosa posición actual, uno ve con más claridad las virtudes de aquellos famélicos tiempos. Nadie celebraría su regreso. Pero la austeridad no era sólo una circunstancia económica: aspiraba a fomentar una ética pública. No sé si aun existe, en este país, pero necesitamos una  clase media moralmente seria y ligeramente austera. La seriedad moral en la vida pública es como la pornografía: aunque difícil de definir, sabes que lo es cuando la ves.

Al final, la vida, larga y sana pero aburrida, resultará insoportable. Por eso tomar drogas ayuda a llegar a la muerte. Un poco de veneno de vez en cuando para tener sueños agradables. Y mucho veneno al final, para tener una muerte placentera. Es una paradoja que la vida que tanto intentamos alargar a través de una rigurosa política de salud acabe prematuramente. Expiramos, perecemos a destiempo en lugar de morir.

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