La fe constituye el recurso empleado para poder entender un aspecto de la realidad cuando la falta de información suficiente impide alcanzar un conocimiento sólido. Esta fe debe estar guiada y sustentada en la veracidad de lo ya conocido para poder llegar a conocer aquello que se estudia. Las creencias que uno tenga deberían ser corregidas conforme se obtenga información nueva: a partir de la Biología y la Astrofísica resulta verosímil creer que pueda existir vida en Marte; solo la información veraz al respecto podrá transformar la fe en certidumbre o en falsedad. En general, esta actitud comporta grandes beneficios a quien la aplique, pero no sin coste.

Aunque haya múltiples ejemplos en la historia de la ciencia, Copérnico, Darwin o Einstein, tomaron en cuenta la información veraz que se iba conociendo en sus respectivos campos para albergar una fe en un modelo distinto y más atinado de la realidad que acarreó beneficios y consecuencias casi inconmensurables para la humanidad. Esta actitud también se puede observar en el ámbito personal.

Cuando una persona toma en consideración información veraz y contrastada sobre la deslealtad o infidelidad en una relación, puede empezar a albergar una fe en que la realidad ya es otra. Así sucedería cuando en una pareja una de las partes oculta una relación amorosa con un tercero: la realidad empieza a cambiar para una de ellas sin su conocimiento inmediato. O en una relación comercial, donde un cliente cree que su entidad financiera busca beneficiar y rentabilizar sus inversiones: en cuanto empiece a conocer y contrastar datos veraces que contradigan esa creencia, fraguará una fe en el comportamiento desleal o traicionero de su entidad. Cuando en estos ejemplos la fe se transforma en certidumbre irrebatible, la persona afectada puede disfrutar de una acción consecuente: cambiar de pareja o de banco.

Esta actitud racional comporta un esfuerzo. La mayoría de las personas no están dispuestas a realizar ese esfuerzo. Bastante esfuerzo realizan ya la mayoría en sus actividades cotidianas como para añadir un trabajo extra. Además, a veces resulta incómodo, por muy justificado racionalmente que esté, poner en duda creencias muy asentadas no solo en la sociedad (recuérdese lo que sufrió Galileo por defender la realidad descubierta por Copérnico) o en un grupo (en el siglo XX llevó su tiempo a los militantes comunistas europeos asumir que J. Stalin cometió crímenes monstruosos) sino en uno mismo: muchas mujeres han tenido que ignorar las infidelidades o soportar el maltrato de sus maridos antes que sufrir las grandes desventajas de una separación consecuente pero costosísima si no en términos afectivos sí en económicos y sociales.

Otras veces, aferrarse a unas creencias cuando existe información suficiente para ponerla en duda es cuestión de vanidad: se prefiere persistir en una idea y no reconocer que podría resultar cuestionable antes que admitir públicamente la sospecha (la fe) de que la realidad es otra.

El concejal del distrito donde vivo y casi todos los represantes políticos en la oposición reiteran casi en cada pleno que no tienen fe en los órganos de participación ciudadana existentes y que todas las iniciativas deberían encauzarse a través de los partidos: aquí la fe sobra, rehúsan aceptar que las múltiples iniciativas que los vecinos en mi distrito hemos propuesto a la Junta Municipal y llevado a término han reportado un beneficio tal vez modesto pero incuestionable para la comunidad.

Mucho más conocido fue el caso del Ministro de Interior cuando se produjeron los atentados terroristas el 11 de marzo de 2004 en Madrid: aun cuando todas las pruebas apuntaban a una autoría islamista, él se aferraba, tal vez por vanidad y para evitar una derrota electoral inminente, a una idea que se iba haciendo más insostenible con el paso del tiempo.

Esa es también la actitud que subyace en aquellos ciudadanos donde el juicio hecho de algunos líderes políticos, sobre todo cuando defienden ideas o llevan un modo de vida distante al propio, resulta prácticamente inamovible por mucho que la información no respalde su opinión.

Esta concepción de la fe acarrea mucho escepticismo cuando se aplica a los principios dogmáticos de muchas religiones: tras un parto resulta imposible que una mujer sea virgen; este error mantenido por el dogma cristiano parece debido a que sus diversas Iglesias han ignorado no ya la imposibilidad biológica de la virginidad tras la maternidad sino el error que se cometió hace siglos al traducir el término hebreo ‘doncella’ o ‘mujer soltera’ al griego ‘virgen’. Convertir en dogma este error de traducción milenario no beneficia en nada ni a las religiones cristianas ni a sus creyentes, máxime cuando no resulta fundamental para sostener el resto de sus dogmas.

El riesgo de esa otra actitud más acomodaticia y menos racional de las personas ha dado lugar a múltiples abusos en la historia: hubo algunos dirigentes políticos de varios países que pidieron a sus ciudadanos que les creyeran antes de la Segunda Guerra del Golfo cuando afirmaban que en Irak había armas de destrucción masiva para que les respaldaran en su iniciativa bélica. De esa misma actitud acomodaticia era muy consciente J. Goebbles, ministro de Propaganda nazi cuando afirmó “si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”… cuando las personas no hacen el esfuerzo de contrastarla con la realidad.

La Iglesia católica ha llegado a acuñar en dos palabras la expresión máxima de esa actitud acomodaticia reacia a cuestionar lo dado a pesar de que la realidad la contradiga: fe ciega. El uso de la palabra ‘fe’ aquí asume la incompatibilidad con la razón y con toda realidad contraria al objeto de esa fe. Pide a sus creyentes que se lo crean todo, que no duden de nada proclamado por su Iglesia por muy inverosímil que parezca. A base de repetirla tanto, muchos cristianos la consideran ¡una virtud! cuando representa todo lo contrario: la ausencia de inteligencia.

Recuerdo un debate televisivo donde uno de los participantes, por asumir que la fe ciega era una virtud, pretendía defender su postura al afirmar: “a quien tiene fe, de muestra le basta un botón”. Falso. Cuanta más información se tenga y de fuentes más diversas, más robusta será una afirmación: no se debe tener fe ciega, la fe debe de estar guiada por la razón.

Esta defensa de la fe ciega por un Estado tan influyente como el Vaticano durante dos milenios ha debido de resultar catastrófica para la civilización. Otras corrientes religiosas también han hecho uso perverso de la fe ciega: la han utilizado para justificar la inferioridad de un sexo frente a otro, de una religión o cultura frente a otra (el Diccionario de la Real Academia Española recoge el significado despectivo de la palabra ‘marrano’ para referirse a un judío) y mantener una desigualdad en derechos e incluso para iniciar guerras por la fe: como ilustran las guerras “santas” del Islam y del Cristianismo.

Cuando a esta fe ciega se le suma la intolerancia o el afán por convertir al prójimo se llega a la ceguera del iluminado: tanta es la fe del iluminado que esa “luz” le ciega para apreciar la realidad hasta cometer atrocidades: en la primera mitad del siglo XX un número significativo de militantes socialistas, comunistas y anarquistas estaban tan convencidos de que sus ideales traerían el bien para la mayoría que no dudaron en imponerlos e incluso en suprimir a los disidentes. Desgraciadamente se pueden señalar muchísimos ejemplos: terroristas, inquisidores, campos de reeducación para disidentes…

Solo si la fe está guiada por la razón y por la información veraz resulta beneficiosa, si no, ciega.

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