sábado, 22enero, 2022
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La existencia precede a la esencia

Francis López Guerrero
Profesor de lengua y literatura.
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análisis

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La pérdida y la perdición son a la literatura y al cine lo que la muerte a las religiones, que es la pérdida suma, la suma pontífice de las pérdidas. Almudena Grandes llenó su obra literaria de perdedores tomados de la vida que es donde se pierde de verdad y para siempre. Igual que los pobres están colocados en el centro del Evangelio para que veamos cómo gravitan desorbitados por la Tierra antes de alcanzar los cielos. Del mismo modo que el mejor cine norteamericano se nutrió de la épica prosaica de los perdedores, los mismos que persiguió el senador Joseph McCarthy en su famosa caza de brujas, de brujas y brujos rojos. El rojo es un color llamativo porque se pone de pie en el espectro cromático y se parece a la sangre, a la pasión y a la tez morena de Miguel  Hernández; a la rabia contenida, a la herida que se sueña cicatriz. Hoy día queda más mono e inocentemente perverso como el color del día de los enamorados, o sea, de la mercadotecnia, que es la sangre del mundo al que le están desapareciendo las venas de lo humano.

Igual que el comunismo en la hora actual no se sabe muy bien qué es, una creencia, una ideología, una pose intelectual, una estética, un método, una esperanza mustia; una retórica legendaria perdida entre las páginas de un viejo libro de ficción en el que no aparecen los términos omnipresentes de consumidor y usuario. Puede que también sea unos cuantos nombres mayúsculos como el de Pablo Neruda y otros muchos minúsculos, como el de su hija Malva Marina, que no conocieron el compromiso y la solidaridad rojos. Thomas Mann escribió en La montaña mágica que el humanismo era en sí mismo política y la política no era más que humanismo.

Cuando era niño por las calles de mi pueblo se paseaba, sin rumbo ni concierto y a cualquier hora del día, una señora de pelo cano y corto y andar eléctrico. La llamaban la Pastora.Iba calle arriba y calle abajo con un vestido y bolso del año catapún, como del año catapún tienen muchos sus pensamientos. El año catapún es lo vivo-caduco, y por ende, lo indefinido y primitivo. Lo viviente-momia, pero coleando. La Pastora metida en su catapún indumentario, escupía y escupía, requeteescupía cuando andaba por la calle -nunca supimos si era un tic o una manía, o la hiel del corazón-.

La ropa fashion ya no importa si decidimos como credencial el ejercicio de escupir. La Pastora, áspera y hostil, escupía la existencia, su propia neura, el mundo y sus gentes, y seguidamente profería un “hijoputa” genérico y absoluto, atómico y devastador. No dejaba de escupir, y en la calle, como un acto público de repulsión a la vileza y cutredad de la vida.

Los niños, inocentes, la insultaban y se metían con ella: “está loca”. Cuando se hicieron mayores entendieron qué era eso de escupir la existencia y se volvieron secuaces de la Pastora en plan intelectual y de cualquier movida fashion de escupitajos y arcadas existenciales. Nos adherimos a la Pastora por la misma náusea que nos producía la bajeza moral y el sinsentido del mundo, que mata de hambre a los niños antes de que se hagan adultos escupientes de la necedad y la demencia.

La Pastora era como un filósofo existencialista, pero sin cátedra, al raso y en directo. Escupía la existencia y su alienación incurable sin teorías ni especulaciones reflexivas. Arrojaba el salivazo de la discordia interna y externa en la misma calle por la que paseaban los ciudadanos tranquilos e integrados; y se te quedaba mirando y retándote, como diciendo, ahí tienes eso. Aprende, “hijoputa”, puede que tú también lo hagas algún día en vivo y a las claras.

La existencia precede a la esencia y con una dotación suficiente de humanismo, la supera. Entre la filosofía y la vida media un abismo, el mismo por el que se despeñan los sueños.

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