lunes, 2agosto, 2021
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La estela de Bécquer

Francis López Guerrero
Profesor de lengua y literatura.
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análisis

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Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida no era el nombre apropiado para un joven idealista y soñador que las vicisitudes lo volvieron pragmático. El apellido Bécquer sonaba más artístico para forjarse un porvenir en Madrid como escritor. El retrato lastimero que nos han legado y la mitificación romántica de su imagen como bohemio pobretón y angelical y enamorado perdedor es obra póstuma de sus amigos más cercanos. Social y laboralmente fue un tipo corriente de su época, un periodista conservador al que no le fue mal. Sí es cierto que cuando con once años ya eres huérfano de padre y de madre el mundo te proporciona unos ojos a los que no les interesa mucho contemplar lo que hay fuera, se abisman hacia dentro. Y si además te gustan los libros, te puedes convertir irremediable o temerariamente en poeta que, por naturaleza, es un ser introspectivo porque lo de fuera está muy visto. La gente se confunde y piensa que la poesía tiene que ver con las palabras bonitas y eufónicas,  -las palabras son sólo un instrumento fácil de adquirir-, pero, en puridad, tiene que ver con la mirada y la forma de mirar. En general, andamos confundidos con todo, con la realidad, con la humanidad y con las cosas que pasan a nuestro alrededor y que pretendemos nombrarlas a todas. Ponerle nombre a todo. Intentamos explicarlo y consignarlo todo con palabras, pero en no pocas ocasiones el lenguaje no es suficiente – aunque intentemos disimularlo con jergas y neolenguas-. El poder del verbo no sirve para explicarlo y significarlo todo y al final corremos el riesgo de que nos deje desasistidos frente al misterio de la existencia, de la muerte y del amor, que no hay ciencia exacta que los contenga. Entonces solo caben una cuantas palabras-semillas verdaderas que tienen que ser depositadas urgentemente en el corazón que no hemos sabido confeccionarnos con paciencia para que nazca otra puerta ontológica de salida, otra percepción, otra mirada. Quedarse solo frente al espejo del misterio sin una palabra que llevarse a la boca es la primera dignidad de la poesía. La genialidad de Bécquer no radica en ser el padre de la poesía moderna española, ese es un dato académico entre muchos. Su genialidad reside en reconocer la insuficiencia del lenguaje, la pobreza de la expresión lingüística para abarcar y contener el mundo interior de una persona y la ciencia misteriosa de la poesía, código supremo que trasciende al propio lenguaje. El artista genuino siempre es humilde.

Treinta y cuatro años dan para muy poco y dan para mucho. Dan para sentir la vida, escribirla, amarla, repugnarla. Dan hasta para dilatarla al infinito, aunque el infinito sea pura literatura. El desencanto es necesario para entender mejor lo que somos, la apetencia de vida y la omnipresencia de la muerte. Estar demasiado descontento de uno mismo es una debilidad y estar demasiado contento, una tontería. La soledad, el desamparo existencial, la muerte, atraviesan la obra de Bécquer, pero por encima de todo tenía ansia de amor que es lo mismo que tener ansia de belleza. El filósofo Bertrand Russell afirmaba que el amor es sabio, el autor sevillano intentó serlo por todos los medios. Lo físico y lo espiritual se concilian en él para la eternidad. No es ninguna paradoja contraer una enfermedad tan mal vista y estigmatizadora a mediados del siglo XIX como la sífilis y decir con la ternura del amante: por una mirada un mundo, por una sonrisa, un cielo, por un beso… ¡yo no sé qué te diera por un beso! El hombre es un destino contradictorio y dual, un enemigo fácil para el fanatismo y los extremismos.

Un poeta no es un espectáculo, ni una promoción institucional, ni una puesta en escena; ni siquiera es un aniversario porque se queda atrapado por la inmortalidad. Un poeta es esencialmente una voz. Una voz solitaria, una voz a la contra, una voz que por momentos se ahoga en medio del ruido y de la mediocridad generalizados. Una voz perdida y ganada. Una voz sin alfabetos porque el poema aparece y se escribe cuando ya sobran las palabras.

A Bécquer lo atrapó la inmortalidad un 22 de diciembre de 1870 y su grandeza literaria no se sustenta solamente en la configuración de un tipo de poema breve, aparentemente sencillo pero profundo, intimista y musical, ese es un dato académico, otro más. Su grandeza, su influjo y su embrujo consisten en que después de haber sido leído, escuchado o sentido y cuando nos zarandean los temas y los hechos mayores de los seres humanos, nos palpita un Bécquer en los adentros y tenemos la tentación de ponerlo por escrito. Y alguna vez por pura necesidad lo hemos hecho con mayor o menor acierto. Incluso lo hemos publicado. Por eso, Bécquer, además de un poeta sublime y de un escritor universal, es ya un estado de ánimo, una toma de conciencia, una categoría cultural.

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