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La especialización, una fortaleza y una debilidad

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A finales de los años ochenta del pasado siglo sucedió un hecho disruptivo que rápidamente se demostró como capital; en aquel momento cayó el Bloque del Este y se produjo un cambio radical, no sólo en lo que a las relaciones internacionales y geopolíticas se refiere, sino que también hubo una serie de cambios capitales en el campo de las relaciones económicas. Fue una época en la que parecía que las transformaciones que se estaban viviendo iban a llevar a un nuevo orden mundial en el cual las interrelaciones económicas entre los distintos países y sociedades iban a ser cada vez más estrechas, unas relaciones que iban a provocar que el nivel de vida en todo el Mundo se fuera homogeneizando dando como resultado una Sociedad Global; en pocas palabras, ya que la Política de bloques había pasado a mejor vida, el desarrollo de la Humanidad iba a ser imparable, al menos, así se percibía en aquel momento.

A modo de ejemplo, a principios de los noventa, el politólogo norteamericano Francis Fukuyama publicó un artículo llamado «el fin de la Historia» que provocó entonces una honda impresión; en él, «grosso modo«, venía a presentar las tesis que indicaba en el párrafo anterior y apuntaba al hecho de que se atisbaba la aparición de una Sociedad Global para un futuro próximo. El fenómeno de la Globalización, que quizá ya había empezado antes de la caída del Bloque del Este pero sólo en las sociedades con democracias liberales occidentales, empezó su auge debido a que en el momento de la caída del Muro desaparecieron muchas trabas al comercio y ello, sumado al descenso en la tensión mundial, hizo que se pudieran explorar nuevos mercados, mercados que en ese momento estaban por explotar casi en su totalidad. De esta manera, fue más fácil importar cereales de Ucrania o gas y petróleo de Rusia, igual que fue más fácil buscar lugares donde fuera más barato producir ciertos productos, básicamente porque los costes laborales fueran muy inferiores, o bien, la legislación local más laxa, como resultado, la Globalización llevó a la deslocalización de muchas industrias.

Y una de las consecuencias de la deslocalización es la especialización de ciertos territorios en la producción de ciertos productos, por ejemplo, muchas productos que antes se producían aquí llevan ahora el «made in China«. Actualmente, el mundo presenta zonas con alta especialización en ciertos productos y que actúan como proveedores de los mismos a otros territorios, y viceversa; a modo de ejemplo, Europa importa cereal desde Ucrania o Rusia y tecnología desde China y otros territorios, habiéndose especializado la misma Europa en los Servicios. Parecería que esta especialización a la que ha llevado la Globalización llevaría de manera incontestable a una armonización en el nivel de vida mundial ya que, en teoría, es más eficiente la división del trabajo que ir haciendo todo en el mismo sitio, si pasa en la industria, ¿por qué no iba a pasar lo mismo en el orden mundial?

Pues la verdad es que no ha sido precisamente así, el problema es que el trasvase de la producción a ciertas zonas sólo por el menor coste laboral, trabas administrativas o cualquier otra razón no ha llevado directamente a una mejora en el nivel de vida de los países donde se ha trasladado esta producción, sino que a lo que ha llevado es a ampliar la brecha entre los muy ricos y los muy pobres, ya que los productores muchas veces se han aprovechado del menor coste de producción para producir fuera pero para vender en su mercado tradicional, por lo que ello no se ha trasladado totalmente a los precios que paga el consumidor final occidental por el producto fabricado, por ejemplo, en China, mientras que el trabajador que ha producido el producto en el país asiático no ha visto incrementados sus ingresos; por otro lado, en el país de origen de la industria deslocalizada mucha mano de obra se ha visto en la tesitura de tener que cambiar de empleo o de reinventarse, cosa no siempre fácil.

Pero el gran problema de la Globalización estriba, sobre todo, en el hecho de que la especialización también lleva a una situación de dependencia de ciertas zonas respecto de otras; por ejemplo, Europa depende del grano ruso y ucraniano más que del estadounidense y, en la situación actual de guerra entre los dos países anteriores, se prevé en el medio plazo que haya o carestía de estos productos o, en el mejor de los casos, una subida de precio de los mismos si al final se tienen que importar desde otras zonas productoras, como EEUU. Del mismo modo, ya que Europa asumió un compromiso a medio plazo de descarbonización y desnuclearización en temas de energía, depende del suministro de gas desde zonas productoras, como Rusia, para poder generar la electricidad de respaldo necesaria cuando las fuentes internas de generación eléctrica, básicamente, renovables, no sirven para cubrir el cupo; ya se sabe, si no hace viento, no se genera energía eólica y si no hace sol, no se genera fotovoltaica, por lo que es necesario generar energía «de respaldo» para tales momentos, al menos, mientras no se invente algún sistema eficiente y barato de almacenaje de energía.

En una primera lectura, a situación energética europea podría parecer correcta; en un entorno donde aparentemente no hay enemigos, lo lógico es importar gas de donde se produce para producir energía eléctrica a cambio de suculentos euros, en teoría ganan todas las partes implicadas. Ahora bien, es aquí donde entra la geopolítica para poner las cosas en otro lugar, y es que la dependencia de una zona mundial, la que sea, de otra da a una de las partes un poder de influencia innegable, y la tentación de usar este poder en beneficio propio es muy difícil de evitar. Por lo tanto, la dependencia europea de ciertos productos que se importan desde ciertas zonas puede llegar a convertirse en una debilidad, y presentar debilidades nunca es adecuado. De momento, tenemos un nuevo orden mundial en ciernes en el que hay un «hegemón«, EEUU, una potencia emergente, China, y una potencia regional que quiere afianzar su zona de influencia, Rusia; en medio de todo esto queda Europa, dependiente del gas ruso para producir electricidad (sobre todo, en el caso de Alemania), o del cereal ruso y ucraniano, cuya producción se verá mermada por la guerra actual. Cierto es que Europa puede buscar nuevas vías para reconducir su dependencia energética, puede importar gas licuado mediante barcos metaneros, pero es caro, o invertir en nuevas infraestructuras, aunque ello no sea cosa de un día, o importar el cereal de EEUU, a precio más caro que el actual.

Por ello, si bien la Globalización también ha tenido innegables efectos positivos, también ha dado lugar a fuertes dependencias entre diferentes territorios, dependencias que no siempre se entenderán como estrictamente comerciales, sino también políticas, y ése es, en mi opinión, el gran defecto del la globalización. La consecuencia de todo lo que estamos viviendo es la aparición de un nuevo orden político y quién sabe si también una nueva polarización política a nivel mundial, y Europa debería estar preparada ante cualquier circunstancia que se pueda dar; se presentan fuertes retos para las democracias europeas en el futuro próximo y nadie sabe cómo evolucionará la situación en el largo plazo, pero de las amenazas también pueden aparecer oportunidades, ya se irá viendo.

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