Qué cosa tan buena es la emoción. Es lo que mantiene al aficionado pegado a la pantalla, vuelta tras vuelta, predispuesto a la sorpresa. Eso es precisamente, la sorpresa, lo que nos ha quitado el 44 de Mercedes en esta temporada. A cambio, el aburrimiento y el «otra vez más de lo mismo». 

Este fin de semana casi hemos creído en la posibilidad de ver algo diferente. Hemos soñado en la sesión de clasificación, viendo a Verstappen achuchando a los Mercedes, sorprendidos (y contentos) por ver un Ferrari alcanzar la cuarta posición en la parrilla de salida y viendo a Bottas robarle la cartera al favorito. Hemos soñado, por unas horas, con una carrera distinta, pero la presión de estar en una posición a la que no está acostumbrado le ha ganado el pulso a Bottas, que se ha pasado de frenada en la diabólica curva uno del circuito. La fortuna, dicen, favorece a los audaces, y allí estaba él, el 44 de Mercedes, siempre al acecho, a la caza del hueco, del error, de la oportunidad, con el olfato indiscutible de quien es un estupendo piloto. Hoy ha visto cómo el error de su compañero le dejaba la puerta abierta, por la que no ha dudado en colarse, el 44, como un vendaval para ponerse el primero, para volver a la posición que le corresponde, a la de líder, a la que ya nos tiene acostumbrados.

Hoy sí ha logrado lo que no pudo conseguir en Sochi. Hoy sí, el gran Lewis Hamilton, el 44 de Mercedes, ha podido igualar al Kaiser en victorias. Hoy sí le han brillado los ojos cuando Mike Schumacher, el hijo del gran Michael, le obsequiaba con uno de los cascos que una vez llevó su padre. Bravo, Lewis. Felicidades. Aún te quedan muchas más victorias por sumar, una tras otra, carrera tras carrera, mientras la Fórmula 1 siga siendo igual de rígida y aburrida. 

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