La editorial Visor lanza este mes Vecindad, el sexto poemario de Luis Muñoz, en el que vuelve a sus temas predilectos: la cotidianeidad y el apresamiento del momento vital. Ya en el primer poema del libro, titulado “Temporizador”, el lector puede observar ese afán de aproximación a lo cotidiano con un toque de realismo mágico que abre las posibles interpretaciones de la composición:

Voz de las bolsas de la compra

revoloteadas en el viento,

como una pequeña presa

entre las garras

con que jugar.

Los elementos fantásticos o sobrenaturales entremezclados con el momento diario, cuasi-vulgar, son una constante en la poesía de Muñoz, y abren la mente de quien lee a un mundo donde lo aparentemente anodino de la vida diaria implica libertad y transcendencia a partes iguales. Asimismo, Muñoz juega constantemente con las elipsis, invitando al lector a completar lo no dicho con su propia experiencia: la escritura de este autor no impone la vivencia propia, sino que resulta ser una invitación del lector a reconocerse en sus propios recuerdos y reinterpretarlos:

Un mapa sobreimpresionado dice.

Los recorridos dicen.

Y el amor a través dice sin máximos.

Quien se aproxime esta colección de versos ha de estar preparado para dejarse impresionar por esas omisiones tan particulares, que dotan de vida a sentimientos y pensamientos que de otra manera pasarían desapercibidos, a micro-percepciones de la existencia aparentemente anodina. Luis Muñoz pone la lente en lo ignorado de lo cotidiano y le da relevancia a través de su estilo particular, personificando los alimentos, los consumos diarios que realizamos sin apenas pensar, como en “Alimentando recuerdos”:

Resulta que su memoria había

depositado arena, algas,

palos, monedas,

comida para peces,

natural y en tarros

de color amarillo.

Los interrogantes que plantea la obra, dividida en tres partes diferenciadas, también sacuden al lector en su cómodo sillón de orejas y deforman su visión de lo cotidiano. En la primera parte, que consta de varios poemas diferenciados, se plantean directamente preguntas en los que las metáforas usadas por Muñoz muestran todo su brillo:

¿Entonces por qué extrañarse

de que intercambiara

[…]

ambiente dulce por cáustico?

La sequedad de la cuestión no resta relevancia a la amplitud de lo preguntado, puesto que Muñoz siempre parece jugar en pocas palabras a arrancar algo del lector.

Por último, en la segunda parte, constituida por extraños aforismos, y la tercera, un largo poema en la que se narra un día en una plaza cotidiana, continúa este uso de la metáfora que da un vuelco al mundo cotidiano del lector. Por ejemplo, en el segundo aforismo, se constata tan solo un Mar de esparadrapo, dolor variable, con intermitencias en el lado adhesivo. Este lado adhesivo podría referirse, literalmente, a la pegatina del esparadrapo, si bien al lector le queda claro que el dolor y el esparadrapo no representan tan solo una herida superficial. Sin duda alguna, el lector del sexto poemario de Luis Muñoz ha de estar preparado para la destemplanza que provoca que un autor sutil, formado en las lides del verso corto y la metáfora multiplicada, transforme su mirada y la detenga sobre los rápidos de –habitualmente silenciosa- cotidianidad.

 

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Licenciado en Filología Hispánica y ha sido lector en la University of Hull (Reino Unido). En el ámbito universitario ha realizado diversas investigaciones, una de las cuales puede consultarse en www.cuento hispanoamericano.com.

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