Durante las últimas semanas hemos asistido a un agitado movimiento político en Italia que llevará, si todos los partidos con peso en el Parlamento están de acuerdo, a que un representante de la gente recta y seria –aquellos que verdaderamente saben de economía neoliberal– tomen el control de la política para, de esta forma, dar una clase magistral de gestión. No obstante, y para no pecar de excesiva ingenuidad (por ambas partes), hemos de reconocer que estos “artistas” de la economía llevaban décadas entre las bambalinas de los Estados y que, claramente, solo unos pocos eran incapaces de ver sus grandes zapatones de payaso por debajo de la cortina. Aun así, aparecen ante la opinión pública como exentos de responsabilidad ante cualquier crisis y, aunque no son los dueños directos del capital, sí que se les puede considerar como los más fieles representantes de sus intereses o, dicho de una forma mucho más heroica: ¡el último bastión de defensa neoliberal!

Algo raro debe estar pasando en Europa para que por las cabezas de los grandes hombres del establishment (aquellos que dicen no tomar decisiones) hayan apostado decididamente por colocar a uno de sus más dignos próceres al mando de un Estado. El hecho de que Mario Draghi sea el próximo presidente del gobierno italiano supondrá, al margen del “prestigioso” impacto internacional que acarrea tener bajo dicho cargo al expresidente del Banco Central Europeo (BCE), la escenificación de un más que posible fracaso del neoliberalismo (¿otra vez?) pero, ahora sí, sin la red de seguridad que le suponía excusar todos los males en la clase política dirigente.

Antes, cuando Mario Draghi y gente como él –dígase, por ejemplo, Rodrigo Rato que también podríamos llamarlo como el Draghi español o, por lo menos, a eso aspiraba– se encontraban al frente de instituciones privadas o públicas y tenía lugar una crisis, “aconsejaban” a los Estados (ellos no dicen imponer porque en política no resulta cortés) reformas económicas y legislativas centradas en austeridad y privatización. Tras la aplicación de esta clásica receta, que según los Draghis es vital para reactivar la economía y generar empleo en cualquier territorio, obtenía como resultado un incremento de la pobreza, del desempleo y precarización laboral, así como un descenso en la calidad y acceso a los servicios públicos. Ahora bien, cuando el impacto socioeconómico se agudizaba, eran lospropios Draghis quienes culpaban abiertamente a la clase política porque no había aplicado bien sus recetas o no se habían atrevido a profundizar sobre ellas.

Dicho esto, la pegunta es ¿por qué el capital se arriesga a exponer a uno de sus Draghis, que antes figuraba entre bambalinas, a las múltiples contradicciones que supone gestionar un gobierno? La respuesta a esta pregunta estaría fundamentada en la idea de que este sacrificio es, infinitamente menos doloroso y más controlable que el derivado de llevar las políticas económicas europeas hacia el espacio socioliberal (¡ya ves!). Para los creadores de la Unión Europea oír hablar de estado del bienestar, nacionalización, renta básica universal, reducción jornada de trabajo o (incluso) desarrollo sostenible, le supone retroceder casi 40 años. Y, desde luego, ésa no es la Europa con la soñaron aquellos aventureros del tratado de Roma, primero, y de Maastricht, después.

En ese sentido, y para hacer esta labor política, recurren a los Draghis porque no son, y esto es sumamente importante, simples técnicos aislados de ideologías carentes de ambiciones. De hecho, las medidas que siempre figuran en sus agendas son estrictamente políticas y, por supuesto, orientadas a la defensa del modelo socioeconómico capitalista. Por ello, Mario Draghi es igual que Giuseppe Conte o Joe Biden, pero, eso sí, los hombres como Mario hacen carrera política en las instituciones y entidades del sector financiero.

Sea como fuere, la experiencia de Mario Draghi en la presidencia del gobierno, exenta de crítica inicial por aquello de los cien primeros días, será el argumento perfecto para que otros Estados, que no tienen por qué ser del volumen y peso geopolítico de Italia, tomen el camino de la Draghización y frenen las medidas socioliberales, cualquier tentativa reformista o aprovechen, simplemente, el contexto para hacer caer en desgracia a determinados gobiernos.

En el Estado Español no tardarán en aparecer los Draghis de turno intentando demonizar e impedir cualquier movimiento del gobierno de coalición. Los propios barones del PSOE estarán ya pegando botes de alegría porque, más allá de los Pirineos, parece surgir un buen aliado que les recuerda a su pasado más neoliberal. Se cuestionará de nuevo la necesidad o no de tumbar ciertos aspectos de la última reforma laboral, de ampliar el ingreso mínimo vital, de incrementar el salario mínimo interprofesional, de la reforma del modelo de Estado o del poder judicial, etc… Se comenzará a hablar de los grandes estadistas (puede que salga hasta Churchill), y la necesidad de centrarnos en la implementación de la economía de mercado por encima de pensar y estructurar una economía con mercado.

En resumidas cuentas, con Mario Draghi al frente de Italia, la Europa neoliberal realiza un movimiento vital para profundizar (de nuevo) en las reformas basadas en el sufrimiento y la precariedad. Lo importante de este hecho radica en saber si los colectivos, organizaciones y partidos políticos, integrantes y representativos de la voluntad de la mayoría social, están realizando una lectura correcta del hecho en sí, es decir, de la más que próxima Draghización de la política europea y la necesaria articulación de respuesta.

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1 Comentario

  1. Habría que empezar a repensar una nueva sociedad que no estuviera basada en el capital y tuviera en cuenta como horizonte primordial el bienestar general basado en valores orientados hacia la evolución en todos los sentidos.

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