Hace tres días Nueva Zelanda recibía el reconocimiento internacional por su gestión de la pandemia de COVID-19, superando los 100 sin contagios comunitarios. Sin embargo, dos días después, ayer, se notificaba la aparición de un «misterioso» brote, como lo denomina The Guardian.

Este brote se identificó en una misma familia, y la primera ministra Jacinda Arden, señaló que había que responder a muchas preguntas sobre el origen. En una rueda de prensa Arden explicó que esta familia no había salido al extranjero, no trabajan cerca de las fronteras, y no tenían relación conocida con zonas de aislamiento.

Ante esta situación, la líder de la opisición, Judith Collins ha criticado al gobierno por la falta de transparencia sobre este brote en Auckland y planteó que las elecciones, previstas para el próximo 19 de septiembre, sean pospuestas al mes de noviembre o incluso al próximo año. Un planteamiento que se entiende, no sólo por las precauciones necesarias ante la pandemia, sino también por el contexto político: Arden arrasa en las encuestas, por lo que la oposición quiere ganar tiempo y esperar al desgaste de la primera ministra.

Arden acaba de anunciar medidas contundentes ante los 22 casos activos de Nueva Zelanda: cierre de escuelas y de negocios abiertos al público. La gente ha acudido a comprar masivamente a los supermercados y algunos han intentado salir del país.

La disolución del parlamento, en condiciones normales, sería mañana miércoles. Sin embargo, se ha decidido tomar una decisión el próximo lunes, después de que la comisión electoral llegue a una conclusión al respecto.

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