Para la experiencia hay verdad, para la cultura hay valores. La convivencia pacífica entre verdades y valores se termina dejando en suspenso el valor de la verdad. Las verdades son devoradas por el vitalismo de las valoraciones. Entonces la verdad pasa a ser simplemente aquella ilusión en la que nos encontramos bien y que nos aprovecha.

El valer se da solamente cuando se ha convertido en hecho. Vale solamente lo que ha llegado a valer. Pero los valores pierden su antigua dignidad al reconocerse en la estela del “como sí”. Gracias al “como sí” los valores son designados como ficciones útiles. Se trata de meras invenciones, pero si ayudan en la solución teórica y práctica de las tareas de nuestra vida, entonces reciben una significación que nosotros calificamos de objetiva.

El “como sí” había que adornarlo a fin de que el todo tuviera aspecto de algo y valiera algo. También la política estaba enfocada hacia el valer: valía de España ante el mundo. Pues, el que vale algo, se ahorra el esfuerzo de tener que llegar a ser algo.

Los primeros años del siglo XXI estuvieron penetrados por este “como-si”. Hizo estragos el afán de lo inauténtico, lo ficticio. Se edificó “como si” toda la tierra fuera urbanizable. Se concedieron préstamos “como si” no fuera necesario devolverlos. Era impresionante lo que tenía aspecto de algo. Toda materia usada quería representar más de lo que era. Fue la época del truco del material: el mármol era madera pintada. El alabastro brillante era yeso; lo nuevo tenía que parecer antiguo, y así había columnas griegas en el portal de las casas.

Ni siquiera el Presidente era enteramente auténtico, su voluntad de poder era más voluntad que poder. El “como-si” necesita la escenificación, vive de ella. Es necesario poner los pies en la mesa “como si” el bufón tuviera lustre. La arrogancia, la soberbia del poder político en sus más altas instancias era “como si” ser vil fuera un valor democrático. Todo eso se compagina bien con una actitud hábil frente a la realidad. Y precisamente porque esta actitud era tan hábil, había que adornarla, embellecerla, a fin de que todo tuviera aspecto de algo y valiera algo.

Esta mezcla de habilidad ante la realidad y actitud “como si” preparó el camino del asalto a las instituciones por otro lado fáciles de asaltar. Es conocido que el pragmatismo defiende un desarme en el tema de la verdad. El criterio de la verdad está en el éxito práctico y sustituye a la teoría de la verdad como adecuación por la teoría de la eficiencia.

Ahora ya no es necesario tener ningún miedo al error del curriculum vitae, pues una vez que se ha derrumbado el criterio objetivo de la verdad, el error pierde su pecaminosidad filosófica. La verdad puede definirse ahora como un error provechoso y perdiendo así su venerable pasión.

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Licenciado en filosofía por la Universidad de Barcelona. Máster en Dirección de empresa por la escuela industrial de Madrid Impartido por una empresa externa CONSULTORES ESPAÑOLES. 520 horas.

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