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La crispación de las derechas lleva al país a una tensión inédita en cuarenta años de democracia

El abandono de Vox de la Comisión para la Reconstrucción supone un paso más en su escalada hacia el cuanto peor mejor

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La Comisión para la Reconstrucción del país está transcurriendo tal como se esperaba, un sainetillo o entremés entre insultos, descalificaciones y mucha puesta en escena del que saldrán pocas soluciones para superar la crisis. Si el espectáculo de la sesión de control al Gobierno del martes fue bochornoso, el de ayer en esa comisión que tiene por supuesta finalidad sacar al país del fango de la epidemia y la ruina económica no defraudó. La imagen de la España de hoy quedó perfectamente retratada en ese momento sublime en el que Pablo Iglesias aseguró que a Vox “le gustaría dar un golpe de Estado pero no se atreve”, a lo que Espinosa de los Monteros, haciéndose el ofendido, respondió levantándose de la silla, cerrando su maletín de un golpe seco y saliendo de la sala con paso marcial, como un despechado y decadente duelista del siglo pasado después de recibir un pañuelazo en la mejilla. Solo le faltó soltar aquello de “tendrá noticia de mis padrinos”, que decían los exaltados del Romanticismo antes de batirse a pistolas.

Mientras tanto, el presidente de la comisión, el socialista Patxi López, un hombre habitualmente comedido y en su sitio, también aportaba su granito de arena a la gresca al asegurar que “algunos tienen la piel muy fina”. Minutos después, y dándose cuenta del error que había cometido, pidió disculpas: “No he estado a la altura de lo que es y de lo que significa esta comisión”, puntualizó el exlehendakari antes de darle la palabra a la vicepresidenta tercera del Gobierno, Nadia Calviño.

La escena fue propia de una opereta o vodevil, cuando no de una secuencia de película de los Hermanos Marx. Todo se antoja tan esperpéntico, tan de otra época, tan exageradamente decimonónico, que resulta difícil creer que gente a la que se supone preparada y leída sea capaz de caer en semejante función barriobajera y denigrante. Pero así está la política española y así está el país. El comentario de Iglesias sobre el carácter golpista de Vox fue extemporáneo, no porque le falte razón sobre el partido neofalangista, que la tiene toda, sino porque no era el momento ni el lugar más indicado para volver a traer el tema del guerracivilismo que tanto daño ha hecho a este país. En teoría, una comisión parlamentaria debería servir para aportar ideas y para intentar que todas las fuerzas políticas trabajen, si no unidas porque eso es imposible en un Parlamento tan diverso y polarizado, sí al menos coordinadas con el objetivo de levantar el país. La única justificación que cabe para las palabras de Iglesias es que el hombre venía caliente de la sesión del día anterior, en la que Cayetana Álvarez de Toledo le había acusado de ser “el hijo de un terrorista”. Se comprende, desde todo punto de vista humano, que alguien que ha recibido un insulto tan duro y amargo de tragar pueda llegar a esa comisión con los dientes y puños apretados y un cierto ánimo de revancha. Pero en cualquier caso, a un hombre de su inteligencia que ostenta un cargo de tan alta responsabilidad como es una Vicepresidencia Segunda del Gobierno de España se le debe exigir que mantenga un perfil institucional cuando la ocasión lo merece. Con la Nissan sacando sus fábricas de Barcelona para llevárselas a China, con medio país sufriendo todavía el azote de la epidemia y con las colas del hambre repletas de gente desesperada sosteniendo bolsas de arroz y lentejas, un miembro del Gobierno debe saber estar a la altura de lo que espera el pueblo y guardarse su desquite dialéctico (totalmente justificado por otra parte) para otra ocasión. Siempre habrá un momento para decirle a Vox lo que es: un partido preconstitucional que lleva fascistas en sus filas, que apoya el franquismo y que mantiene (en una perversa tergiversación de la historia) que el levantamiento del 36 no fue un golpe de Estado, sino una reacción legítima ante la revolución comunista que se avecinaba.

En todo caso, y sea como fuere, el vicepresidente cayó de lleno en la trampa tendida por Vox. Cuando Espinosa de los Monteros vio que el vicepresidente había pisado el cepo, esbozó una sonrisa de satisfacción para luego ponerse en el papel de hombre digno y cabal. Con esas trazas de dandi crepuscular y esas barbas de duquesito de los tercios de Flandes, el elegido era perfecto para encarnar el personaje de caballero herido en su orgullo propio. El plan que Cayetana Álvarez de Toledo había puesto en marcha el día anterior, y que consistía en picar el toro rojo para que embistiera ciegamente, había dado resultado. Las trincheras siempre se cavan a paladas de injurias y provocación. Ya solo quedaba consumar la comedia de que Vox no podía participar en la Comisión de Reconstrucción porque había sido seriamente insultado por un ministro del Gobierno. La excusa perfecta. En realidad, la extrema derecha tiene claro que jamás participará en nada que suponga un pacto con la izquierda por el bien del país porque solo trabaja para desestabilizar, destruir y reventar. Así que una vez más, el montaje y la vieja técnica de la crispación (que está llevando al país a un estado de tensión inédito en cuarenta años de democracia) habían funcionado a las mil maravillas. Los bots que tan bien controla el partido ultraderechista echaban humo en las redes sociales, como ese tuit de un tal Andrés (¿no será también un robot?) que rezaba: “Hay que arrasar con ellos Abascal. Pégale dos tiros a Iglesias en el Congreso, coño”. La pólvora está bien esparcida por todo el país y solo falta que algo o alguien prenda la mecha.

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2 Comentarios

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  2. Lo dramático es que tienen gente que les vota. No es de extrañar, la conformación ideológica de las clases medias se realiza en escuelas concertadas que están en manos de una organización colaboradora del nazismo y de todo fascismo que existe y existió; la iglesia católica o el Estado Vaticano, que es decir lo mismo. Lo trágico es que ningún gobierno de los autodenominados progresistas se atrevió a denunciar el Tratado de Sumisión con la monarquía sacerdotal, con lo que ellos denominan Concordato. Sin dignidad nada se construye

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