El pasado 23 de febrero se celebró un acto para rememorar el 40.º aniversario del 23-F. El golpe de estado que no triunfó, pero que dejó un lastre que hoy en día todavía estamos sufriendo. Felipe VI, hijo de Joan Carles, el emérito, quiso reivindicar la firmeza y autoridad de su padre la noche de autos. Parecía que en este acto buscaba su propia legitimidad y la de la institución monárquica que ahora él encarna.

Pero Juan Carlos fue el verdadero protagonista de aquel acto y los que han venido después. Por un lado se ha intentado reivindicar su figura, pero el día siguiente, en el pleno del Congreso de Diputados se rehusó cualquier reforma de control de la institución monárquica, denegando anular la inviolabilidad del monarca y el aforo de la familia real.

No sé si ha sido idea suya, de sus abogados o asesores, pero que dos días después el emérito presentara una nueva regularización de impuestos a hacienda, nos ha cogido por sorpresa, mientras la fiscalía no se molesta a estudiar o perseguir unos presuntos delitos de los cuales la justicia Suiza se ocupa mucho más que la española. Y no se trataba de unos centenares de miles sino de casi 4,4 millones de euros.

No acabo de entender la expresión «conductas incívicas» hecho por Pedro Sánchez con relación al emérito Juan Carlos. El incivismo es otra cosa, esto es delito puro y duro. Dios nos libre si cualquier ciudadano se encontrara es esta misma situación. ¿Qué no habría hecho hacienda? Tengo la sospecha que no llegaremos nunca a saber todos los delitos que habrá llegado a cometer el rey emérito mientras la inviolabilidad le protegía.

Pedro Sánchez reconoce la trasparencia y el buen hacer del actual monarca al que dice darle todo su apoyo, si tan ejemplar es la actuación de Felipe VI me pregunto ¿para qué necesita la inviolabilidad?

La inviolabilidad, el aforo y cualquier medida que proteja a quienes la disfrutan, es una enfermedad crónica que la sufren los poderosos, es la pérdida del sentido de la realidad que los hace creer que a ellos todo les está permitido. Como bien dice el periodista Josep Ramoneda, la inviolabilidad será una vía directa al abuso porque otorga la condición de irresponsable a quien la disfruta.

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