La vida de jubilado del emérito Juan Carlos I transcurre entre escapadas a Galicia, plácidas regatas y algún que otro escándalo político. Atrás quedan aquellas salidas furtivas con la motocicleta, cuando oculto su rostro por un casco negro y dejando atrás a los sufridos escoltas, se lanzaba al asfalto por las carreteras y caminos de la Zarzuela, como el motero más empedernido. Los viajes al extranjero, agotadores e inseguros, se han restringido notablemente, de modo que cuando Juan Carlos quiere proyectar alguna excursión lo hace por la geografía nacional. Ya se deja caer con menor frecuencia por el Palacio de Marivent, residencia estival de los reyes de España, sobre todo después de que Felipe VI y Letizia, tras los últimos escándalos, hayan decidido que la Familia Real la forma exclusivamente el núcleo duro, es decir, los actuales monarcas y sus hijas: Leonor como princesa de Asturias y la infanta Sofía. Las hermanas del rey, las infantas Elena y Cristina, prácticamente han desaparecido de la foto oficial. A Elena todavía la llaman para cubrir algún que otro bolo real, como el funeral de la Duquesa de Alba, pero Cristina se ha convertido en la oveja negra de la familia tras la sentencia del Caso Nóos que terminó con los huesos de su marido, Iñaki Urdangarin, en la cárcel.

Con todo ese lío familiar a su alrededor, no es de extrañar que Juan Carlos haya decidido poner tierra de por medio y últimamente prefiera, antes que la turística Mallorca, otros parajes más tranquilos para solazarse, como Galicia, que ha convertido en su Benidorm particular, su lugar preferido para perderse, quizá por aquello de que el paraíso gallego lo tiene todo: un mar saludable, buena gastronomía y gente acogedora. Además, en el puerto de Sanxenxo (Pontevedra), improvisada Corte Real, están amarrados los dos Bribones de la categoría 6M con los que Juan Carlos I sale a regatear por el Cantábrico: el adquirido por José Cusí en 2015 y el más moderno botado por el empresario venezolano José Álvarez. Y allí, surcando las solitarias aguas cantábricas, entre acantilados boscosos, el emérito ha conseguido escabullirse de los molestos paparazzi, de las últimas polémicas y escándalos que le persiguen (de vez en cuando le sale alguna novia del pasado o del presente) de los malos rollos familiares y de los recuerdos amargos de su proceloso reinado. “El mar es libertad”, asegura en un reportaje mientras sujeta con fuerza el timón. Precisamente fue en tierras gallegas donde le sorprendieron los fatales atentados terroristas de Barcelona y Cambrils, por lo que en señal de duelo decidió cancelar su participación en la regata Islas Atlánticas. Según publica el diario local El Faro de Vigo, a Juan Carlos se le ha podido ver paseando por la conocida Ronda Don Bosco de esta ciudad gallega, de noche y en compañía de unos amigos, e incluso ha sido fotografiado junto a una mujer y tres hombres. A menudo sale a cenar con su amigo Pedro Campos, que preside el Club Náutico, y frecuenta las tascas típicas gallegas, ya que es adicto a los excelentes chipirones encebollados de la Taberna y a los antológicos percebes y mariscos de La Mejillonería. A la que ya se conoce como “la Corte de los gallegos” va por lo menos uno o dos fines de semana al mes, de modo que se ha convertido en parte del paisanaje. De hecho, suele detenerse para saludar a los vecinos y hasta se deja posar en algún que otro selfie con ellos. “Si cobrara un euro por foto sería millonario”, se le ha escuchado decir con su retranca y campechanía habitual.

De cuando en cuando, para no perder del todo el músculo político, asiste a una reunión del Real Patronato del Museo Naval o a la entrega de alguna medalla de honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Entonces quizá coincida con la reina Sofía con la que, rota ya la relación sentimental, aún participa en algunos actos públicos en común, aunque solo sea por aquello de mantener las apariencias (todo sea por el bien de España). Desde que Juan Carlos delegó el peso de la corona en su hijo Felipe, ver juntos a la pareja real no resulta nada fácil y cuando quedan, siempre por razones de agenda de Estado, la cosa puede terminar como el rosario de la aurora, tal como ocurrió hace dos años durante el cumpleaños de Carlos Gustavo de Suecia, cuando el emérito dio plantón a Sofía, que regresó sola del evento mientras él se largaba a Dinamarca para comer salmón con unos amigos.

Poco queda ya de aquellos años de juventud, los gloriosos tiempos de la Transición, cuando los reyes de España, codo con codo, salían al balcón o se paseaban en el coche oficial y eran aclamados masivamente por el pueblo como los artífices de la democracia. Hoy aplaudir a los reyes parece que está mal visto, ya que el panorama político en España ha cambiado radicalmente, nunca mejor dicho. Partidos con importante representación parlamentaria como Podemos reclaman un referéndum para que los españoles puedan decidir si quieren una monarquía o una república y no pocos historiadores creen que España atraviesa por una Segunda Transición. No en vano, algunas encuestas que confirman el devaluado tirón de la institución monárquica han provocado inquietud en Felipe VI, ya que la mitad de los españoles serían partidarios hoy de esa consulta, algo impensable hace solo diez años.

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