Mucho se ha hablado sobre la Violencia de Género en los últimos años, pero muy poco sobre la corresponsabilidad de la Iglesia católica en la Violencia de Género. Sólo hay que escuchar los testimonios de la generación anterior a la nuestra para darse cuenta, de que fueron copartícipes de esta violencia. Cada vez que una mujer iba en busca de la ayuda de su confesor, se encontraba con la recomendación de que volviera a su casa y que aguantase a su maltratador, que debía ser más dócil, paciente, y que debía cambiar su forma de ser o su manera de vestir para no molestar a su marido. 

Las hacían sentir culpables de su situación, cuando sólo eran las víctimas de un maltratador, por su intolerancia, faltas de respeto, desprecios, humillaciones y vejaciones en muchos de los casos por parte de sus maridos, los machos alfa a los que todo les estaba permitido.

La postura que debió tomar la Iglesia, tendría que haber sido la de recriminar al marido por su violencia gratuita contra ellas, hacerles ver que su conducta era indigna, intolerable y que no eran buenos católicos. Que ninguna mujer es propiedad de nadie y que ninguna persona merece un trato así. Haberles dejado claro, que con pedir perdón y confesarse no se arreglaba nada, que Dios sólo perdona a quien tiene un compromiso real de no comportarse así, que tres Padrenuestros y un Avemaría podía consolarles, pero no perdonarles.

Pero jamás actuaron así,  siempre pusieron paños calientes en los oídos de estos miserables, incluso algunos curas les “reían las fechorías” diciéndoles lo machotes que eran, justificándolas con la terrible frase: “ algo habrán hecho ellas».

Ya va siendo hora de que la Iglesia pida perdón a las víctimas, igual que le exigen a los terroristas que pidan perdón a las suyas. Ha llegado el momento de ser honestos, coherentes y de dar ejemplo en vez de seguir con “hacer lo que yo os digo y no lo que yo hago».

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2 Comentarios

  1. «Ya va siendo hora de que la Iglesia pida perdón a las víctimas, igual que le exigen a los terroristas que pidan perdón a las suyas.»

    Nadie tiene que pedir perdón en nombre de los antepasados. Los antepasado hacían lo que era común en los tiempos en que vivieron; tenían esclavos o eran esclavo. Los campesinos eran siervos o vasallos y las mujeres objetos o mercancías, y las trataban como tal. (Cuando Cortés llegó a Méjico los «olmecas» le regalaron a varias mujeres que tenían como esclavas)

    La iglesia en el pasado no hacía nada distinto a lo que era común en el resto de la sociedad; los Papas era corruptos y mujeriegos y los curas borracho. Los señores feudales, amos de las plantaciones, y los amos de las masías, utilizaban a las esclavas o a las sirvientas para su solaz.

    No es el caso de los terroristas nacionalistas de ETA que asesinaron hace cuatros días en plena democracia.

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