Foto: Víctor Cobaleda.

Fede Durán se descubrió como novelista en 2012 con La mirada de Mónica Vitti, años después de presentar su primer libro de relatos, Guantes negros (2009). En La familia Berlín (Reservoir Books) nos presenta a una atípica familia residente en un pequeño pueblo enclavado a orillas del Atlántico entre acantilados y playas turquesas. En esta entrevista deja claro como el agua que ni Fede Durán tiene nada que ver con el protagonista Sansón Berlín ni Luna Creciente, el lugar donde transcurre la historia, es ni de lejos ningún enclave de la costa de su Cádiz natal. Esta fábula con tintes de realismo mágico cuestiona el precio a pagar cuando se decide regresar al punto de partida tras la odisea. El veredicto de la novela lo deja, claro está, en la mano del lector, “esa cabra montesa aislada en esta sociedad de Netflix, mancuernas y redes sociales”. Humor y algo más no le faltan, no.

 

Esta familia es, cuando menos, sui géneris. ¿No?

Toda familia lo es. Siempre hay un favorito, un patito feo, una tía aventurera, un primo sonado y una o varias queridas. Es la observación la que marca el alcance de las singularidades familiares, y en el caso de una novela es obvio que esta naturaleza poliédrica debe ser explotada en beneficio del lector. Cada familia es un puzle, cada pieza una historia. Los Berlín son andaluces, comen pestiños y viajan a Sicilia en vacaciones, aunque también guarden secretos, padezcan dramas y a veces se alejen para siempre.

 

En la presentación de los Berlín por la editorial, se asegura que son “herederos andalusíes” de Saul Bellow y Gabriel García Márquez, y primos de Wes Anderson, José Luis Cuerda y Los Planetas. ¿Lo que se suele conocer como una familia rara en toda regla, o más bien una estirpe alimentada por excelentes precedentes artísticos?

Los Berlín son fruto de la extraña unión entre una modista alegre y un contable triste. Ninguna razón empujaría a pensar que de ahí pueda salir algo bueno, y sin embargo toda familia es una continuación de la secuencia de la vida: hay abuelos y padres e hijos, y no necesariamente unos arrastrarán los pecados de los otros. Elsa, la madre, es una mujer creativa atrapada en la pequeña pecera de un pueblecito de provincias. Ángel, el padre, vive de los números y la estructura y sufre ante lo impredecible. Se trata, claro, de caracteres absolutamente incompatibles. Luego está el tío Abraham, que bien podría haber navegado junto a Barbarroja, y los hijos, Sansón y David, más de ella que de él. Los Berlín son un archipiélago interconectado, definición que agradaría a Ángel, y un guateque parisino, descripción que preferiría Elsa.

“Aunque el yo siempre está, ha de saber alejarse de sí mismo. Así funciona en mi opinión la literatura”

 

En tiempos de autoficción a troche y moche, Sansón Berlín remite sin contemplaciones al propio Fede Durán y su ecosistema narrativo llamado Luna Creciente a aquel Cádiz que lo vio nacer en 1977. ¿Qué hay de verdad y de autoficción en esta afirmación?

No creo en el concepto de autoficción porque toda ficción parte siempre de un yo. No importa el género: cuando Philip K. Dick escribe Los Tres Estigmas de Palmer Eldritch está trasladando al papel muchas de sus obsesiones, y hablamos de un género tan poco autobiográfico como la ciencia-ficción. Jon Juaristi me dijo en una ocasión que el escritor jamás cuenta sus secretos. Los míos están a salvo: ni la Familia Berlín es la mía ni la tierra que describo existe exactamente así. Esto nos lleva a una reflexión adicional y en apariencia antagónica: aunque el yo siempre está, ha de saber alejarse de sí mismo. Así funciona en mi opinión la literatura.

 

Curtido en mil batallas por medio mundo, Sansón Berlín, el protagonista de su novela, añora aquella idílica imagen de una infancia tan repleta de estrecheces como de realismo mágico. Aunque digan que no alimente, la literatura a veces hace milagros, ¿no cree?

La literatura es una forma de anclarse al mundo en la misma medida en que lo son la pintura, la astrofísica o los juegos malabares. Más que en descubrir nuestra vocación, el reto está en alimentarla con un pico y una pala, pues de lo contrario estaremos condenados a la perplejidad. Éste es un oficio durísimo, como tantos otros, y quizás peor pagado (cuando está pagado) que la inmensa mayoría. La convicción del escritor en un país que lee poco ha de ser monstruosa y suicida. Fíjese en la carrera de obstáculos que se dibuja en su horizonte: la idea, la constancia para desarrollarla, el olfato para enmendarla, la fortuna de colocarla y el milagro de venderla.

 

¿Cómo es Luna Creciente, el escenario de su novela?

Luna Creciente es un pueblo de pescadores con una tasca, un mercado, varias playas atlánticas y algunas montañas alrededor. Es un lugar peculiar, pues allí conviven en armonía cristianos, judíos y musulmanes, ya que la España recreada en la novela parte de una fábula histórica: nunca hubo persecuciones, ejecuciones ni expulsiones, así que nos encontramos con un alcalde Levi y un camarero Useín. Luna Creciente es también un organismo vivo y vertebrador. Es imposible entender a los Berlín sin comprender los códigos del pueblo, que vive de la conversación y el aguardiente de Rute incluso en sus peores momentos, cuando el ladrillo eclipsa el paisaje y los turistas fagocitan las calles.

“No creo en el concepto de autoficción porque toda ficción parte siempre de un yo”

 

¿Y Sansón Berlín?

Aunque siempre haga gala de una pizca de maldad, Sansón es un idealista reconvertido. Sobre el papel, cumple todos sus sueños: ejerce como periodista, escribe las memorias del mejor jugador de dardos del planeta, es designado ministro de Cultura. Pero algo no encaja y él duda sobre el origen del fallo: ¿Es un agujero interior o es un elemento indescifrable que procede del exterior? Sus idas y venidas responden a la urgencia de entenderse, pero el entendimiento total de un individuo es complejísimo tanto en una novela como en la propia vida porque exige grandes dosis de autocrítica y cierta vejez espiritual.

 

Su escritura lleva aparejado en todo momento un toque de humor que le da a la narración cierto aire evocador, que a su vez complementa a la perfección la otra nota distintiva del libro: la magia que lo envuelve todo. ¿Satisfecho con el resultado final?

Jamás me atrevería a juzgar el resultado. El veredicto corresponde al lector, esa cabra montesa aislada en esta sociedad de Netflix, mancuernas y redes sociales. Siempre existe un premio que es el mero hecho de escribir. Después llega un segundo premio, la publicación en una hermosa editorial. Y al final del túnel queda la satisfacción más importante, que es el diálogo que se entabla con quien apuesta por ese libro y no por otro, con quien a pesar del yugo del mainstream se la juega con una lectura nueva (la aguja) embutida en el pajar de esas gigantescas mesas de novedades.

 

No sé si alguien se lo habrá dicho ya, pero a este que le pregunta le parece que su nueva novela guarda también muchos paralelismos con el estilo de un maestro de las letras paisano suyo, Felipe Benítez Reyes. El azar y viceversa, de 2016, por ejemplo. Como sucede con los vinos, ¿no cree que la tierra donde crecen los escritores moldea también su estilo y define temáticas?

Es inevitable que el entorno nos moldee, aunque curiosamente mis lecturas de juventud me empujaron hacia la escuela norteamericana, hacia los japoneses y los alemanes y los italianos. Un aprendiz tenderá a la imitación, todos lo hemos hecho, pero luego llega una suerte de madurez y entonces uno ya no piensa en un replicar éste o aquel estilo sino en darle un golpe fuerte a la piñata para que el argumento lo inunde todo y crezca a su ritmo y bajo sus condiciones. En un diálogo de hace unos años, Zadie Smith y Jeffrey Eugenides advertían de un fenómeno del que conviene ser conscientes: lo que lees cuando escribes afecta al proceso. Por eso Zadie Smith huye de Nabokov en sus momentos más efervescentes. Nabokov le sienta como un tiro a su prosa. Diría que hay partituras que nos empujan a continuar y otras que nos bloquean. Paulo Coelho me bloquearía una barbaridad.

 

¿Esta especie de fábula guarda algo parecido a una moraleja, o prefiere que el lector sepa sacar conclusiones propias sobre el daño que el desarraigo ocasiona por culpa de ambiciones varias y mucha impostura?

La literatura es maravillosa porque el impacto que produce en cada lector es diferente. No hay dos interpretaciones idénticas, ni dos maneras de imaginar al mismo personaje, ni un desenlace unitario incluso bajo la más unitaria de las apariencias.

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