La escasa respuesta, por no decir nula, que la ciudadanía está dando a la desintegración social propiciada por la crisis del Coronavirus o Covid19, que profundiza cada día más en la brecha de la pobreza y está alcanzando unos niveles alarmantes de precariedad en la convivencia/subsistencia cotidiana. Esta insensatez humana tiene mucho que ver con la renuncia a su responsabilidad de unos medios de comunicación arrodillados ante un poder que utiliza los mismos resortes, el de la  insensatez,  que usa contra el pueblo con el objetivo de asfixiar económicamente  a las empresas de comunicación libres, llegando, incluso, a denigrar la profesión periodística, convertida en la voz de su amo, cuando no para garantizar su complicidad en la transmisión de mensajes que inciden dolorosamente en la obligación de entender, comprender e incluso solidarizarse con un poder que, por momentos, nos ofrece falta de transparencia y valor democrático. Ahora, con las vacas famélicas y los plazos vencidos de la primera etapa, tal vez la última, de una pandemia cada día más convincente de su utilización por las dictaduras privadas nacionales e internacionales con el apoyo del cómplice silencio, o silencio inducido, que nos muestran las últimas decisiones de un gobierno progresista de izquierdas, más aún Podemos que, al menos por su contundente programa electoral de izquierda revolucionaria, debería utilizar la coherencia de la verdad y con ella ser capaz de elevar la voz para frenar posiciones neoliberales de sus socios, que por el camino que nos lleva Redondo, con sus cien asesores externos (transparencia, por favor, y publicar los nombres y apellidos de todos y todas) podríamos perder cientos de millones en “minutas”. Por otro lado, la ministra Calviño justificando, con exaltación incluida, la cumbre de la CEOE, en este caso como en el anterior lo normal en su ideología, tal como hubiese hecho su antecesor De Guindos, incluyendo la presencia  del Monarca en la clausura, un representante más de las élites capitalistas.

Es preciso sufrir hasta el estado de necesidad mientras unos cuantos continúan llenándose los bolsillos con el dinero de todos en un gabinete progresista y de izquierdas. Es necesario, señor vicepresidente 2º del Gobierno y presidente de Podemos, que esto ocurra mientras el desempleo, la marginación de los autónomos y autónomas, de las pequeñas y medianas empresas está llevando a muchos hogares españoles al abismo del hambre y la indigencia.

Y los medios de comunicación callan, “más pan y menos circo”. La libertad e independencia, que es signo distintivo e irrenunciable de los medios de comunicación, en otros tiempos el cuarto poder encargado de velar por la calidad y transparencia democrática, ha dado paso al entreguismo. En esos tiempos el “cuarto poder” no sería cómplice de la miseria, ahora se paga su cómplice silencio, de uno y otro lado.

  El pensamiento único se ha impuesto al espíritu crítico hasta domesticar la conciencia social colectiva a costa de nuestra dignidad. La ética ideológica y profesional no es sino un pataleo y una nostalgia amarga de que cualquier tiempo democrático pasado que si no fue mejor por lo menos fue más libre (ahora es cuando toca “matar al mensajero”, al que ya advirtió y pidió a la libertad que cantase a la libertad con dignidad).

La uniformidad, la tibieza, la falta de ideología no pueden crear una opinión publica plural y solo contribuyen a desactivar la voluntad popular y a la cesión de la soberanía, a la renuncia explícita del poder. La diversidad enriquece como enriquece el mestizaje. Si no existen voces discrepantes, opiniones divergentes, criterios dispares, jamás será posible progresar y la sociedad enfermara, sus mecanismos públicos fallarán y la política se convertirá en una herramienta defectuosa, inútil, incapaz de ser instrumento de transformación y cambio. El pueblo debe de encontrar en los medios de comunicación, al igual que en los políticos éticos, el espejo donde se refleje la moralidad de una sociedad que aspira a decidir su destino y a convivir en paz y libertad, buscando el bien común, la coherencia, la igualdad real y la garantía de derechos fundamentales. No se trata ya únicamente del respeto escrupuloso de la ley cuando la corrupción se infiltra en todos los resortes e instituciones sino de anteponer valores y principios a la dinámica de beneficio y rentabilidad impuesta por la codicia insaciable del poder, venga de donde venga. Si una vez creímos en la redistribución de la riqueza y en la grandeza y generosidad de la vocación publica, no podemos sucumbir a la dictadura del capital. Políticos, financieros, asesores, empresarios de la CEOE se podrán responsabilizar mutuamente del desastre, pero todos debemos asumir nuestra parte alícuota de culpa. ¡Pueblo no dejes en manos de nadie tu destino!, si lo haces desde tu cómplice silencio tendrás que asumir tu parte alícuota de culpa.

También la prensa y los medios de comunicación, tan complacientes con quienes desde el poder están desmantelando la estructura de la transparencia democrática del sistema, utilizando la Constitución tan usada como el propio sistema. La responsabilidad de lo que sucede es colectiva, aunque no olvidemos que deberíamos rendir cuentas de forma individual de nuestras acciones y sobre todo de nuestras omisiones. No vale mirar para otro lado. Los ciudadanos y las ciudadanas ya no quieren saber qué sucede sino quien ha hecho que suceda. Necesitan explicaciones, perspectivas y propuestas de futuro desde la verdad y la coherencia ideológica, Hasta hace muy poco, el ciudadano era capaz de identificarse con su prensa y con su ideología y hacia suyas determinadas cabeceras y siglas políticas. Pero el periodismo, al igual que la política, ya no es del pueblo sino de quien lo paga, y como sometida del sistema está tirando los precios en tiempos de crisis. 

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